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Devoluciones

Devoluciones

No diré que el año se me ha ido en un abrir y cerrar de ojos porque mentiría. Recuerdo la llegada de la primavera y el verano más sofocante de los vividos, la arena bajo mis pies y mi cuerpo entrando despacio en el mar. Atesoro amaneceres vibrantes, mucho cielo azul y varias centenas de abrazos devueltos. El año ha tenido lo suyo y no todo ha sido bueno, así que aprovechando este buzón que me dio un pellizco al corazón, quiero hacer algunas devoluciones.

Le devuelvo los abrazos vacíos, los enfados sin motivos y las lágrimas derramadas por rabia; las de tristeza bien justificadas las tengo. Esas me las quedo. Le hago entrega de las palabras que cayeron en saco roto, de los consejos en el aire que no encontraron oídos que quisieran escuchar. Devuelvo también la decepción originada en un error, el dolor impreso en palabras mal entendidas por mal dichas y nunca corregidas.

Mención aparte para el dúo de estrés y ansiedad. Esos se los devuelvo envueltos en papel de regalo y si es preciso, atados y bien atados con un gran lazo de doble nudo, no vaya a ser que se escapen. Se los puede quedar y por favor no los envíen más. Aquí no los queremos. Nadie los quiere. Búsquese una incineradora potente.

Me dan para que le devuelva: las esperanzas creadas en vano, los amaneceres desvelados, la vehemencia de la sinrazón. Los fantasmas que se esconden en los rincones de la soledad, en la oscuridad de la mente y en la desesperación, en una caja con grilletes me los hacen llegar.

Adjunto los castillos en el aire con cimientos de barro que se desmoronan antes de terminar de dibujarlos. El viento que sopló y la lluvia que no cayó. Las lunas me las quedo todas.

Devuelvo también la coraza de una amiga que decide que ya está bien y el muro tras el que se refugió. No sé si todo esto cabe, pero promete que no lo necesita y yo la creo. Nunca más se esconderá. Abraza la libertad de sentir, de hablar, de vivir. Devuelvo su miedo, ese que nunca debió sufrir y del que por fin puede hablar. Libre queda. Todo se envía sin remitente para que no pueda volver.

¡Qué ligera me siento! ¡Qué ligeros todos!

22 de octubre

22 de octubre

Recuerdo muy bien aquel día: 22 de octubre de 1969, miércoles. Por fin iba a ejercer como maestro. Había dormido poco y estaba nervioso. Me enfrentaba por primera vez a los que iban a ser mis alumnos hasta junio. Reemplazaba a una profesora muy querida que se jubilaba. Así que allí estaba yo, aún solo en el aula; haciéndome con el lugar antes de que llegaran. Hablé en alto y simulé mandar a callar a un grupo de alborotadores. Respiré hondo y tomé un trago de agua que me secó la boca aún más.

Abrí la puerta a la hora en punto y ya tenía a mi primera alumna ansiosa por aprender. La vi entrar en la clase con su uniforme impecable, una pequeña mochila en la mano y dos coletas con los lazos en azul a juego con su jersey. Dándose la vuelta me preguntó si podía elegir dónde sentarse. En un segundo calculé la mejor respuesta así que asentí. De esa forma no tendría que improvisar un sistema de colocación. Ella lo agradeció con una amplia sonrisa y corrió a la tercera fila. Tras Alba, que así se llamaba, llegaron por incesante goteo el resto de los 40 niños. Eran otros tiempos y sí, un solo profesor estaba al frente de tan numeroso grupo. Ahora no se podría, ya no son como entonces.

Eso queda atrás en mi memoria, la de un maestro de la vieja escuela. Hoy me jubilo. Cuatro décadas enseñando, año tras año, a los más variados cursos, con todo tipo de padres. Alumnos maravillosos que llegarían donde quisieran. Grandes dibujantes algunos y buenos redactores otros. Algunos los recuerdo con cariño porque fueron especiales, como Alba.

Hace unos años volvió a entrar la primera en un aula, mochila a la espalda, pero ahora como profesora. Me confesó sus nervios por enfrentarse a un grupo de 20 y le hablé de ese 22 de octubre. Ella sonrió como entonces.

Todo volvía a empezar. Alba me sustituía.

2017

2017

Sí, 2017 agota sus días. No se despedirá al igual que no saludó al llegar. Solo está ahí para poner orden en nuestros días. Somos nosotros los que le damos sentido a todo esto.

Haciendo mi resumen del año revisé las fotos que he hecho. Mi primer pensamiento al verlas ha sido, Cris revisa y borra más. Lo siguiente fue un sentimiento de alegría al ver algunas de ellas. Te aseguro que son un montón. En enero me hicieron un regalo, el objeto más grande que podían poner en mis manos: una cámara de fotos. Aún me emociono al recordar cuando abrí el paquete. Menuda ilusión. Ahí empezó una vida más feliz. He recopilado algunas imágenes que podrás ver en el apartado Edana Captura, con 2017 como nombre de la selección. Mirar el mundo con mi cámara es de lo que más feliz me hace, así que intento premiarme con muchos momentos felices.

Me verás con mi fiel compañera, Nuala, cada día a mi lado, siempre esperando y siempre dando cariño o un momento parar reír. Es mi modelo favorita aunque no siempre colabore, lo que me obliga a ser más rápida que ella. Le agradezco que a su modo me ayude a mejorar. Dispuesta a jugar en cualquier momento aunque sea cogiendo piedras para después soltarlas. Con el agua tiene una relación de amor odio que no acaba de decidir, aunque yo creo que le encanta.

También he mirado mucho al cielo. Cada día. Muchas salidas y puestas de sol, lo confieso, pero todas son tan bonitas y reconfortantes que me resulta imposible no admirarlas. Su luz tan cálida merece de unos minutos para deleitarse en ella. He visto la lluvia, la luna, las nubes y el sol a través de mi cámara. Hasta un pequeño eclipse solar que señala la mano de quien tanto apoyo me da. Vi cómo llegaba el otoño, seco. Solo han caído las hojas de los árboles, porque la lluvia se ha vuelto tímida.

En el camino descubrí un gran secreto: Papá Noel, cuando acaba con su ajetreada navidad se dedica a vigilar un huerto. La agricultura es su otra gran pasión. Todos tenemos proyectos, hobbies o pasiones que nos mueven y hacen días felices.

Pero todo 2017 no fue feliz. Se me encogió el alma cuando vi una gran columna de humo y luego el fuego que arrasó algunas zonas de mi pequeña isla. Aún no he querido ir a verlo, no quiero porque sé que dolerá y de eso he tenido bastante. Lo que no volverá.

Entró en mi cocina una máquina maravillosa que me ayuda a conseguir mejores mezclas y masas con menos esfuerzo. Así que la repostería es ahora más atractiva de preparar y creo que se ha notado con tanto dulce últimamente. Retornaré a la vida salada, prometido.

El año se acaba. Gracias queridos lectores por la compañía en el trayecto, por hacer recetas, reír o llorar con lo que cuento y a veces vivo. Confío en poder seguir con ustedes en 2018. ¡Feliz año nuevo!

Mira aquí un resumen en imágenes.

Una agenda es más que un objeto

Una agenda es más que un objeto

Este 2017 se va a llevar algo más aún. Cuando acabe, se cerrará la última página de mi agenda.

He tenido muchas agendas en mi vida. No soy capaz de recordarme sin ellas. Comencé siendo una niña con aquella que regalaba unos grandes almacenes. Era pequeña y tenía un mes por página, pero me bastaba para apuntar lo que necesitaba. Con el tiempo se quedó corta y empecé a usar una que como si comiera del pastelito de Alicia, creció y creció, para con los años optimizarse en algo más manejable.

Mi agenda, mi confidente, mi memoria en papel. Exámenes, citas y por supuesto los cumpleaños. Todavía hay quien se sorprende porque me acuerdo, pero es mi aliada la que hace que te llegue puntualmente un abrazo por completar una nueva vuelta al sol. Algunos es verdad que recuerdo, pero ella siempre estuvo ahí apuntalando mi memoria.

Estos últimos años se ha vestido de colores y diseños fantásticos de la mano de mi amiga Mina. Cada día una tortuguita o unas flores merodeaban por mi mesa… pero pasaban los días y la ignoraba. Mi agenda, ese cuaderno que en otro tiempo acababa el año exhausta está aún en noviembre como joven adolescente. La tecnología también se hace con mis días. La comodidad vence a su frialdad, pero es tan práctica que no puedo dejarla a un lado.

Sé que no todo lo de antes era mejor, que las cosas cambian y hay que adaptarse pero también sé que echaré de menos despedirme del año en ella. Sé que añoraré saludar al entrante entre sus hojas y que no podré hacer mi resumen de sus 365 días en apenas una cuartilla. Esa soy yo.

Hay cosas que se van, que un día se acaban. Con el 31 de diciembre este año desaparecerá mi agenda y creo merecido el homenaje a su discreción, a su saber estar, a su omnipresencia.

Gracias por los servicios prestados.

Primera vuelta al sol

Primera vuelta al sol

Llevo un año en la luz. Hoy se completa mi primera vuelta al sol como Edana Cuenta. Soy feliz. Me queda mucho por hacer y me gustaría que estuvieras ahí para verlo.

Este año te presenté a mis padres por sus cumpleaños. Pocas veces regalos tan personales han sido públicos y sin embargo me alegro de haberlo hecho. Sé que mi padre lo leyó mil veces y que cada palabra era una tirita que le aliviaba su maltrecho cuerpo. Soy tan feliz de haberlo escrito que la emoción me puede. Gracias por no sufrir más, ‘pa’.

Sé que mi madre se reconoció en cada palabra escrita y a su modo me lo agradeció. Una mujer que puede estar orgullosa de las cuatro joyas que sacó adelante. Gracias, ‘ma’.

Juntos hemos viajado por el abecedario y visto otros países en bicicleta. Hemos recogido los trozos de corazones rotos viendo cómo el sol se oculta, y hasta hemos muerto. Vimos por otros ojos que pintaban hermosos lienzos o cosían barcos y faros. Soñamos con que nos sacaran del estanque con un beso, yendo felices con un sombrero rojo a chapotear tras la lluvia con nuestras botas de agua.

Nadamos, volamos y hasta fuimos astronautas. Todo en Edana Cuenta. Relatos que alimentan la mente porque al cuerpo bien que te gusta darle dulce. Sí, me confieso también culpable. Pero ahora con las fechas que llegan será difícil no seguir con él, aunque eso sí, cada vez con menos azúcar. También tengo salado y muy rico.

Además has visto a Nuala, el tercer miembro de mi pequeña familia. Una adorable y mimosa labradora. Adoro a ese animal y aún hoy, más de 4 años con ella, digo eso de, ¡quién me ha visto…!

Pero las fotos no han sido solo a ella. El cielo y la naturaleza han posado para mí. Voy por la calle viendo fotos por hacer en todos lados, temas en los que centrarme y que poco a poco voy fotografiando. Es un vicio que me cautiva. Cojo la cámara y me olvido del mundo. Es maravilloso.

Gracias a quien comparte su vida conmigo cada día y pasa de puntillas cuando estoy con mis fotos, o parando sin rechistar cuando necesito captar ese momento durante un paseo. Gracias por ser mi conejillo de indias con mis recetas, por decirme lo bueno y lo malo. Por ser, por estar, por amar.

Todo un año que ha dado para mucho. ¿Vamos a por otro año más?

Cruces

Cruces

La familia Ferrol era rica. Una fortuna amasada con trabajo, salud y suerte. Una gran propiedad albergaba su lujosa mansión asentada en medio de cuidados jardines. Tenía además una hermosa capilla y junto a ella un cementerio. Todos los miembros de la familia habían sido enterrados allí. Labradas cruces de hierro, en honor al tatarabuelo que hizo fortuna con su herrería, nombraban al miembro que yacía en el lugar marcado. Hermosas cruces réplicas de la que otrora forjara el propio Vicente Ferrol para su querido padre. Eran otros tiempos y pasó de ‘Vicente, el herrero’ a ‘Don Vicente, el terrateniente’; dueño, no solo, de buenos cultivos, sino de espléndidas propiedades, y por supuesto, la herrería. Tuvo el oficio apropiado en el momento justo y supo prosperar.

Además de las propias, los Ferrol fabricaron y cedieron varias decenas de cruces para aquellos que murieron sin nombre, o sin nadie que les llorara cuando expiraron. Eran unas cruces sencillas pero para quien muere pobre, eran más de lo que en vida pudieron pagarse. Así al menos tenían la suerte de que, en las afueras de la ciudad donde se les daba sepultura, alguien se ocupara de colocarles una cruz prestada para que dios no se olvide de ellos también muertos, y por lo menos los dejen descansar en paz.

Pero el tiempo pasó y no trajo nada bueno para los Ferrol. La fortuna se fue desvaneciendo en manos de los descendientes. Fueron perdiendo sus riquezas y el dinero hasta que al final todo fue vendido. Hasta los muertos junto a la capilla fueron desalojados. Solo les quedaba el cementerio de los sin nombre y allí los llevaron. Las cruces oxidadas por el salitre se amontonan contra la pared tras varias reformas. Ahora todos juntos en una gran fosa continúan su sueño eterno.

ochenta años

Ochenta años

Mi madre, una mujer que cumple ya ochenta años. Hija en plena guerra, educada para ser mujer de la casa: coser, cocinar, parir, criar… Una vida para otros, por otros, poco para sí.

Sin embargo y a pesar de su breves conocimientos de esos que se aprenden en la escuela, me enseñó muchas cosas, posiblemente sin saberlo. Mi madre me enseñó a comer sano y de todo. Me hizo un hueco en su cocina como pinche cuando hacía postres. Me encantaba ayudarla porque al final podía rebañar el bol donde hacía el queque o aquellas tartas de crema y piña con las que todos hemos crecido. Las tartas de manzana me las dejaba decorar porque yo las hacía más bonitas. Aprendí que cualquiera puede enseñarte algo, que de todo se aprende. Siempre la admiré por cómo conocía las piezas de carne; sabía más que nadie.

Aprendí que ser madre es una opción para la mujer, no una obligación. Todo un regalo, sin duda. Es algo que se puede elegir sin que eso merme lo que eres, y aunque ella hubiera sido feliz con algunos nietos más, su frase para todo siempre ha sido: si eres feliz, eso es lo que me importa. Después que tuvo hijos solo vive para ellos, por ellos y si pudiera en lugar de ellos para evitarles sufrimiento.

Descubrí que no hay que poner la otra mejilla, que no hay por qué creer en la Iglesia, que a dios se le puede seguir de varias maneras, o de ninguna. Que el respeto a los otros es importante y la imagen que damos de nosotros es nuestra carta de presentación en todos los campos. Siempre me llevó de punta en blanco, incluso con ropa que hacía para mí con los patrones del ‘Burda‘. De ellos salieron muchas prendas, pero recuerdo un vestido de fiesta, con el cuerpo rojo y la falda larga de fondo oscuro con unas florecillas blancas y rojas alineadas que me encantaba. Tejía por la noche, cuando tenía un hueco, a una o dos agujas. Aún hoy lo hace, y alguna manta y patucos para calentarme los pies en invierno atesoro en mis cajones.

Ahora es ella la que se sorprende por lo que cocino, por lo que intento hacer y logro. Se alegra por lo que he vivido, por la vida que decidí llevar para ser feliz. Entonces sonríe por entender que después de todo no lo hizo nada mal.

Felicidades por esos ochenta años, mamá.

Algo se había roto

Algo se había roto

Se durmió la noche anterior con los ojos anegados de lágrimas. Habían discutido como tantas otras veces los dos últimos días, pero ahora habían llegado un poco más lejos en sus palabras. Algo se había roto. Algo irrecuperable. Al final el cansancio la venció y durmió hasta el amanecer. No sabía si él se acostó a su lado o no. Lentamente se giró y comprobó que dormía profundo acurrucado de la cama, en el filo mismo del colchón.

No lo pensó más y salió con cuidado de la habitación. Su estómago no admitía comida pero al menos necesitaba un café. No sabía qué pasaría a lo largo del día, ni siquiera qué quería vivir. Su corazón estaba dividido aunque veía venir su futuro inmediato y no estaba segura de tener fuerzas para pasarlo. Por un lado deseaba romper con todo quedando libre del desamor, y por otro, le pesaban los años juntos lastrándola a continuar con él, a no tirar por la borda tanto vivido…

Era sábado y tenían toda la ropa sucia de la semana amontonada junto a la lavadora, así que se decidió a lavarla. Él se levantó una hora después. La tensión se podía cortar al tiempo que se miraban furtivamente para comprobar si el otro diría una palabra amable o si continuaría la guerra.

Jugueteaba con su taza de café vacía sin saber cómo romper el hielo entre ellos y entonces ella preguntó si comería hoy en casa. Los sábados solía quedar con sus amigos para jugar al pádel y luego se quedaban entre cervezas, aceitunas y pinchos de tortilla. Ella aprovechaba para mimarse con masajes y la manicura después de su entrenamiento, acabando a veces con alguna amiga para la hora del almuerzo.

Solo un ‘no’ salió de sus labios mientras salía de la habitación. Ella, lavó y secó la ropa mientras decidía. Ordenar cajones siempre la ayudó a pensar. Dejó la cocina en perfecto orden y al final era más interesante un futuro incierto que un pasado roto. Hay cosas que no se pueden recuperar.

Él jugó peor que nunca y se marchó nada más terminar el partido. No sabía que pasaría al llegar a casa. Estuvo ante la puerta llave en mano unos minutos antes de entrar. La casa estaba en silencio. Faltaban sus plantas en la entrada. En su lugar una nota con unas flores marchitas: mañana me llevo el resto.

No lo recuerdo

No lo recuerdo

Perdona, es posible que cada vez que te vea pregunte tu nombre por lo menos dos veces, pero no lo recuerdo. Tampoco sé que hago aquí ni cómo llegué. La memoria me es esquiva y caprichosa. Sé que ayer tomé pastel, pero también que puede que no fuera ayer sino hace días o semanas. Es difícil concentrarse cuando todo lo que viene a tu mente flota difuso en la línea temporal. Es difícil vivir cuando no sabes si lo que precisas estará ahí en el momento adecuado porque no lo recordarás. Por eso preguntaré tu nombre mientras intente hacerme con esta mente descontrolada.

Posiblemente cuando ya no me importe dejaré de hacerlo. Quizá no recuerde que debería saberlo, o al menos intentarlo. Entonces ya no creo que vuelva más a ser yo y te miraré sin saber quién eres ni qué quieres de mi. Dicen que recuerdas tu infancia con más claridad que el ahora, cosas sueltas que acuden por la presencia de un olor o un sonido muy anclado en la memoria. Los olores tienen ese poder. Siempre que hacía magdalenas su olor me transportaba a la cocina de mi abuela. Una mujer grande a pesar de todos los años que llevaba encima, de tantos hijos paridos, de tantos hijos perdidos. Siempre con una sonrisa cuando preparaba aquellas deliciosas magdalenas. Era como si a ella ese olor la llevara a un momento feliz y se ausentara de su dolor.

Ahora llevo una nota arrugada en el bolsillo con mi nombre y dirección, el número del móvil de mi hija y un aviso de alergia a los antibióticos. Ya me he perdido varias veces y me han tenido que ayudar a volver. No recuerdo quiénes fueron, pero se lo agradezco. En el colegio llevaba una etiqueta cosida en el jersey azul del uniforme. Mi madre se acostumbró a poner etiquetas en mis cosas. Vuelvo a ser un niño.

Por la noche, ya en la cama, cuando elijo un pensamiento para dormir pienso que quizá por la mañana no recuerde que debo despertar y así todo termine. No sé si hoy lo hice o si ya voy de camino a ese más allá que nos prometieron a los que quisimos creerlo.

  • Perdone, no recuerdo su nombre.
  • Es que no nos conocemos, pero sé que me esperaba.
  • Gracias por venir.
Se alquila

Se alquila

Rigoberto es un caracol que ha decidido dejar de serlo. Se cansó de ir con la casa a cuestas. La dejó en un ancho muro, cerca de un árbol para cobijarse en los días de calor. Ahora la alquila. No entiende por qué tiene que continuar con la casa a cuestas. Es una pesada carga sobre sus hombros que pesa más cuando no la quieres. Casa para arriba y casa para abajo. Así cada día durante toda su vida.

‘Rigo’ alquila su casa. Es pequeña, sí, pero tiene todo lo necesario y sobretodo unas vistas fantásticas. La casa es estable, bonita e impermeable. Quiere viajar más ligero de equipaje, igual que quien no factura y solo lleva consigo una pequeña mochila para salir pronto a su aventura. Así que se ha hecho un hatillo clásico con tela de cuadros blancos y rojos con algún que otro parche. Con él al hombro se siente imparable.

Siempre ha visto el mundo como su parcela. Ha trepado a los árboles para elegir su camino del siguiente día. Ha cruzado ríos sobre una rama que aburrida de ser una más se soltó de su árbol, precipitándose aprovechando que el río llevaba un buen caudal porque también quería vivir más. Hicieron buenas migas en el viaje, pero al final él siguió su camino y ella encontró a otras en la orilla con las que compartir recuerdos. Siempre les quedará el río o un ave que las escoja para su nido y vuelta a empezar.

Sin mirar atrás prosiguió su viaje. Lejos queda su casa de la que ya no se acuerda sino cuando llueve y añora sus secos rincones, aunque pensándolo bien la dejó con una gotera. Se la hizo una mañana que se despertó tras una mala noche y no recordaba dónde se había quedado. Cayó y rodó dándose un golpe con una diminuta piedra, de esas que te molestan en el zapato y con zarandear el pie te dejan en paz. Para un caracol puede ser un tropiezo mortal. Entonces no le dio importancia hasta que llegó la lluvia. Ese fue el día en el que se hartó. No era un manitas, precisamente, y enfrentarse a una gotera le superó.

Rigoberto alquila su casa, si sabes de goteras quizá sea una oportunidad para ti… si eres caracol.