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Yo te quiero

Yo te quiero

En mis paseos perrunos encontré una nota en el suelo que empezaba con «yo te quiero…»

Una declaración de amor perdida, pensé. Imaginé al torpe amante que tras una noche en vela había logrado plasmar sus sentimientos en aquella nota. Lo imaginé guardando su tesoro en el bolsillo del pantalón, y que en aquella mañana de domingo, por fin declararía su amor. Sí, lo sé, en el fondo soy una romántica.

Tanto esfuerzo para que por un despiste la nota cayera al suelo y nadie reparara en ello a tiempo de advertir al desdichado amante. Y él, cuando con manos sudorosas por los nervios del momento fuera a rescatar la nota y a sus manos solo el vacío acudiera… ¡Qué eternidad de angustia, qué segundos sin suelo bajo los pies! Yo te quiero, era lo único que le venía a la mente el resto eran borbotones de palabras, todas las que fue descartando y las que eligió pero le venían sin orden. Qué hago, qué hago, ni siquiera tengo copia.

Ella mientras tanto lo miraría con cara de, qué mosca le habrá picado, al tiempo que disimula mirando por la ventana y bebe un sorbo de café.

Habían quedado en su cafetería preferida, la que está al doblar la esquina en la manzana donde ella vive. Cada mañana de domingo el desayuno se había convertido en ritual allí. Nada podía salir mal, de eso estaba convencido.

Tras el vacío le quedaban pocas opciones así que…

Espera, que la nota sigue «…con limón y sal…» ¡Es una canción! ¡Qué decepción la mía! Los hacía ya dándose el sí quiero, mirando a la vida de frente, juntos y solo es la letra de una canción.

Tengo que atar más corta a mi imaginación. Vamos Nuala, sigamos que no es nada. Y canturreando me alejé.

 

Yo te quiero
 
El último

El último

Me llamo Teo. Siempre he sido muy competitivo, supongo que por ganar siempre corría como alma que lleva el diablo cuando en un recreo competíamos por llegar primero. Disfrutaba mucho al ser el primero, porque casi siempre ganaba. Lo que nunca fui el último. Cuando corríamos siempre se oía una voz que gritaba aquello de ‘mariquita el último’.

El curso siguiente vino a mi clase una niña, Andrea. ¡Qué velocidad! Me costaba seguirla y tuve que esforzarme más para poder seguir ganando. No fue fácil, aunque nunca el último. Llegó un momento en el que no quise huir de ella sino mirarla a escondidas y robarle una sonrisa.

Otros seguían dejándose la vida por no ser último. Andrea, igual que vino se fue al año siguiente. No volví a verla ni llegó carta alguna a pesar de prometerme que escribiría. Cosas de niños, supongo. Yo volví a mis carreras en el patio, el gimnasio o la calle. Que otros siguieran mi estela…

Pasaron los años y yo seguí corriendo. Me entrenaba para mejorar la técnica, para ser más rápido, más ligero, fuerte física y mentalmente. Nunca el último. Encontré por aquellos años al que sería mi compañero en la carrera, mi amigo al cabo del tiempo, el mejor que jamás tuve. Hugo.

Era una mañana de sábado de un caluroso verano. Habíamos quedado temprano para ir a dar vueltas por el parque antes de que el sol derritiera las calles. Iban a dar las 9 cuando acabamos. Fue entonces cuando tonto de mí dije: venga, a ver quién llega antes al árbol, mariquita el último…

Eché a correr dejando a Hugo atrás. Tardé unos segundos en girar la cabeza y ver cómo se quedaba clavado en el sitio. Me paré y mientras iba hacia él, su expresión furiosa me sorprendió. “Yo soy el último”, me escupió a la cara. No caí hasta ese momento de lo ofensivas que eran aquellas tres palabras.

Esa fue la última vez que lo grité.

2019

2019

Y llegó la Navidad, las fiestas, el balance de cómo nos ha ido y 2019 en puertas. El año nuevo suelo plantearlo como un comienzo cada vez. A mí me gusta verlo así. Esta ocasión y con la curiosidad que me caracteriza busqué qué se conmemora según la Organización de Naciones Unidas en el próximo año y encuentro que está compartido entre tres. Tenemos pues que 2019 es el año internacional de:

Por un lado tenemos la Moderación. Me la imagino como una señora de mediana edad que viste de forma conjuntada en unos tonos coral en concordancia con el color del año según Pantone. Todo va de la mano. La mujer con las joyas justas y sobre unos tacones moderadamente sanos pero con dos centímetros más por la coquetería que compensa su moderada altura. Le cuesta ser comedida en eso.

Pide que comamos y bebamos en honor a ella aunque guiña un ojo sabiendo que un homenaje también cabe. Espera en el fondo que llevemos su medida pero que nos la saltemos en colaboración y amor a los otros. Es generosa y ahí no tiene límites. Insiste, con razón, en su presencia contra el extremismo en la sociedad. Está al tanto de cómo vamos y ha decidido irrumpir en nuestras vidas en un intento de fomentar la paz y la seguridad. Bienvenida sea pues esta amable señora.

Por otro lado, la química estará presente. Era una de mis asignaturas favoritas. Formular era tan entretenido como los crucigramas. Se le dedica el año a la Tabla Periódica de los Elementos Químicos por varias razones, que se resumirían diciendo: ¡qué buenos 150 años llevamos y seguimos en el camino para aportar soluciones para el Desarrollo Sostenible! Un olé para esos químicos del futuro.

Nuestro tercer compañero para 2019 son las Lenguas Indígenas. Su conservación y revitalización estarán también presentes. Sirva como dato que de las 7.000 lenguas existentes, el 96% de ellas las utilizan solo el 3% de la población mundial. Hay mucho trabajo por delante.

Así que seamos moderados y sea cual sea la lengua empleada tengamos la mirada puesta en el planeta y su sostenibilidad.

Permítanme el punto friki, por favor. Blade Runner, la mítica película de 1982, transcurre en noviembre de 2019. Ya lo verán en las noticias y dirán: eso lo he oído antes.

Te deseo que las fiestas sean dulces y entrañables. Que brindes desde el corazón y agradezcas lo bueno vivido. Di al menos un te quiero que no sea habitual y abraza estrujando a esa persona. «Todo lo que no es dado es perdido.» (Proverbio indio)

Feliz 2019 y gracias por estar ahí.

Devoluciones

Devoluciones

No diré que el año se me ha ido en un abrir y cerrar de ojos porque mentiría. Recuerdo la llegada de la primavera y el verano más sofocante de los vividos, la arena bajo mis pies y mi cuerpo entrando despacio en el mar. Atesoro amaneceres vibrantes, mucho cielo azul y varias centenas de abrazos devueltos. El año ha tenido lo suyo y no todo ha sido bueno, así que aprovechando este buzón que me dio un pellizco al corazón, quiero hacer algunas devoluciones.

Le devuelvo los abrazos vacíos, los enfados sin motivos y las lágrimas derramadas por rabia; las de tristeza bien justificadas las tengo. Esas me las quedo. Le hago entrega de las palabras que cayeron en saco roto, de los consejos en el aire que no encontraron oídos que quisieran escuchar. Devuelvo también la decepción originada en un error, el dolor impreso en palabras mal entendidas por mal dichas y nunca corregidas.

Mención aparte para el dúo de estrés y ansiedad. Esos se los devuelvo envueltos en papel de regalo y si es preciso, atados y bien atados con un gran lazo de doble nudo, no vaya a ser que se escapen. Se los puede quedar y por favor no los envíen más. Aquí no los queremos. Nadie los quiere. Búsquese una incineradora potente.

Me dan para que le devuelva: las esperanzas creadas en vano, los amaneceres desvelados, la vehemencia de la sinrazón. Los fantasmas que se esconden en los rincones de la soledad, en la oscuridad de la mente y en la desesperación, en una caja con grilletes me los hacen llegar.

Adjunto los castillos en el aire con cimientos de barro que se desmoronan antes de terminar de dibujarlos. El viento que sopló y la lluvia que no cayó. Las lunas me las quedo todas.

Devuelvo también la coraza de una amiga que decide que ya está bien y el muro tras el que se refugió. No sé si todo esto cabe, pero promete que no lo necesita y yo la creo. Nunca más se esconderá. Abraza la libertad de sentir, de hablar, de vivir. Devuelvo su miedo, ese que nunca debió sufrir y del que por fin puede hablar. Libre queda. Todo se envía sin remitente para que no pueda volver.

¡Qué ligera me siento! ¡Qué ligeros todos!

viaje a ninguna parte

El viaje a ninguna parte

El poder de las luces de colores, de la música alta. El olor a nubes de algodón de azúcar y palomitas dulces. Das tu vida por esa moneda que hará girar el jeep de Spiderman que acabas de ver pero ya es tu sueño desde que tienes memoria. El viaje a ninguna parte parece que no va a empezar nunca. Otros niños corren por la atracción hasta su montura elegida cuando suenan ya sirenas y campanas, como si el mundo llegara a su fin. Las luces parpadean al punto de la epilepsia y comienza la diversión. El mundo es un lugar maravilloso aquí y ahora.

De todos los cochecitos el tuyo luce como el más grande, el más luminoso, con más color. Tu voz suena por encima de todo aquel ruido. Sonoras risas alternadas con un ‘mírame’ mientras agitas tu manita saludando a todo aquel que mire.

Aún lo recuerdo como si fuera yo quien diera las vueltas. Mi favorito era el tiovivo, aquellos caballitos de lustrosa melena que subían y bajaban al ritmo de la música de un acordeón. Luces de todos los colores, brillos y espejos que multiplican el efecto de tanto bombillo. Vueltas y más vueltas, pocas para lo que hubiera querido. Mi caballo siempre se llamaba Orión, como el caballero que custodiaba mi sueño todas las noches de invierno. Ojalá las matemáticas se que me dieran tan bien como recordar su historia.

– ¿Me queda otra moneda?

Su pregunta me sacó del recuerdo. Asentí y ella sonrió. Había visto una ballena gigante y quería zambullirse junto a Blue en un viaje esta vez bajo el mar. Luego, ya de vuelta me contaba las historias que se imaginaba en sus viajes o por qué llamó así a la ballena. Donde yo veía vueltas ella nadaba entre sirenas y peces de colores o se enfundaba las mallas para ser la mujer araña.

Cuando perdemos la fantasía, perdemos la niñez y no lo recordamos. Es como esos sueños que te asaltan durante la noche y solo un segundo después de despertar nos abandonan para siempre, dejando solo una sensación.

El viaje terminó y tocaba volver a casa. Solo era el primer día de feria.

Tormenta

Tormenta

Al principio pensé que sería casualidad. Ahora ya no sé qué pensar. Estoy hecho un lío. Necesito hablar con mi amigo Hugo, por saber qué opina. Nos conocemos desde pequeños y hay cosas que no he tenido que decirle para que las sepa. Estar con Hugo es aún más cómodo que si hablara conmigo mismo. Adoro a ese hombre; no sé cómo me las arreglaría sin su punto de vista. Siempre tuerce mi mundo para luego dejarlo todo en su lugar. Me conoce mejor que nadie.

Estaba ansioso por saber qué opinaba y quería contárselo en persona. Solo le envié un mensaje diciendo: “Por fin nuevo frente tormentoso a la vista. A las 8 en el bar.” Siempre le habían gustado los fenómenos atmosféricos, y aunque quiso estudiar meteorología al final se quedó en algo más mundano como las finanzas, pero el tiempo siempre estaba presente en su vida. Una vez me dijo: si viene tormenta nos vemos aquí. Tú pagas.

Le hablé del misterioso hombre de aspecto cansado y sin afeitar que me tropezaba cada vez con más frecuencia. De sus pequeños ojos escondidos tras unas grandes gafas de pasta negra. De la sonrisa casi imperceptible que empezó a mostrar en sus finos labios y de cómo hoy escuché su voz en un delicado y tembloroso, “buenos días”.

Hugo se rió diciendo que parecía un torpe adolescente, preguntándome, ¿cuándo dejarás de esconderte? Apuró su copa y se marchó, dejándome aún colorado y balbuceante.

Al día siguiente, era poco más de medio día, me senté en un banco frente al supermercado, decidido a cruzar algo más que un saludo. Mi corazón latía con más fuerza que nunca, estoy seguro que se veía tras mi camisa blanca. No vas a robar un banco, tranquilo. Respira, me dije.

Entonces lo vi venir por el paso de peatones. Mirada distraída, manos jugueteando con la bolsa vacía y andar sereno. Me levanté y me vio. Ese instante sé que el mundo se paró, que sólo estábamos él y yo. Di un paso y vino hacia mí. Su boca dibujaba una sonrisa enorme y preciosa. Extendió su mano y dijo:

̶ Hola, soy Berto, encantado de conocerte.
̶ Hola, me llamo Andrés y hoy soy libre.

Imagen de una caja blanca vacía

La caja

Me acabo de quedar vacía, sin pasado, muerta por un rato. No he podido ni articular palabra por horas.

Atesoro en una caja blanca unos folios escritos desde la adolescencia. Lo primero que encontrabas al abrirla era una nota escrita en rojo pidiendo por favor que no siguieras. Rezumaba pudor en cada trazo. Esa la quité cuando ya vivía sola; no tenía sentido.

En esa caja no hay ningún novel de literatura pero sí mucho de mí, de cómo empecé a escribir, de por qué lo hacía. Llevaba una libreta encima y en mis ratos muertos, escribía. Muchas historias nacieron en la línea 30 de vuelta a casa. Contaba un sentimiento por un corazón roto, por el egocentrismo de algunos, por el sol que se ponía, por la vida, la oscuridad… La guardaba escondida con la esperanza de un futuro en el que tuviese el valor de mostrarla. Pero ese día no llegaba, cada vez lo veía más lejos, cada vez con menos ilusión.

Eran folios sueltos, páginas arrancadas de mis cuadernos de clase y de aquellas libretas que hacían también las veces de agenda. Incluso había algún dibujo. Mucho de adolescente, pero yo al fin y al cabo. Son cosas que guardas y relees cada mil años y eres capaz de ir a ese momento, de sentirte como entonces y decir, ¡cómo cambian las cosas! Para mí, un tesoro. Me gusta el paso del tiempo y lo que va dejando y lo que cambia.

Pues esa caja no está, desapareció.

Llegó lo que no tuvo que suceder. Me deshice de aquellas palabras, de todas y cada una de ellas. En algún momento debí vaciarla, no sé qué se me pasó por la cabeza. Las releí y las tiré. Solo recuerdo retazos ahora que busco un recuerdo de ese día. No debí hacerlo. Sé que la vida son nuestros recuerdos, no objetos. Es lo que nos trae aquí ahora, pero hay cosas irreemplazables que sí necesitamos. Siento una gran pena. Me arrepiento por haber tirado esas páginas.

Pero la vida sigue. Los días pasan y lo voy asimilando sin dejar aún de preguntarme por qué lo hice. Guardé entonces una caja vacía que me recordara que el miedo no lleva a ningún sitio, que hay al menos que intentarlo y entonces empecé con nuevas palabras.

Ahora tengo un blog.

El cuadro

Nada más empezar el año dije con convicción y en alto: «Este lo hago… El cuadro irá por fin a su lugar». Todo tiene su historia, al menos ese cuadro, sí.

Ya de pequeño apuntaba maneras. Malas maneras. Mi madre quiso llamarme Eduardo porque el manos tijeras la conmovió. Hasta ahí llega mi habilidad y cualquier parecido a su arte con las manos. Soy consciente de mis limitaciones y mi falta de maña, pero aún así me he propuesto colgar un cuadro que compré hace ya dos años. No puede ser tan complicado, es solo cuestión de algo de lectura y visualización de tutoriales, ¿no? Ya me conocen en la tienda de bricolaje y cuando me ven me preguntan qué duda nueva me ha surgido. Son muy amables conmigo, creo que yo soy su propósito para el año.

Mi casa es en cuanto a decoración minimalista, pero más por necesidad que por gusto. Soy asiduo visitante de exposiciones y algunas obras enamoran mi corazón pero luego pienso que no seré capaz de colgarlas y desisto. Suspiro frente a ellas y sigo con la mirada ya perdida por el resto de la sala. Aún así, con esta marina no pude hacerlo.

Siempre me ha gustado cómo mi amiga Mortiz pinta el mar. La luz y la fuerza que escoge para cada una es tan emocionante que sin que lo supiera compré un gran cuadro suyo. Lleva desde entonces detrás del sofá, pero eso se acaba este año. Se acaba hoy. Ya tengo el taladro, la medida, brocas, martillo, alcayatas de varios tamaños, de todo. Nada puede fallar.

Así que aquí estoy, descubriendo que la pared es de pladur. ¡A quién se le ocurre hacer estas paredes huecas y no poner una etiqueta con las instrucciones de uso! Casi me cabe el puño y poco ha faltado para salir por el otro lado. Supongo que la tubería agujereada lo ha impedido. El agua ya me cubre los talones. Por lo menos no estoy a oscuras. ¡Ouch! Vaya… Linterna, de eso no tengo.

Nota: La imagen que ilustra el relato es una obra de Mortiz. ¡Gracias! 

 

 

22 de octubre

22 de octubre

Recuerdo muy bien aquel día: 22 de octubre de 1969, miércoles. Por fin iba a ejercer como maestro. Había dormido poco y estaba nervioso. Me enfrentaba por primera vez a los que iban a ser mis alumnos hasta junio. Reemplazaba a una profesora muy querida que se jubilaba. Así que allí estaba yo, aún solo en el aula; haciéndome con el lugar antes de que llegaran. Hablé en alto y simulé mandar a callar a un grupo de alborotadores. Respiré hondo y tomé un trago de agua que me secó la boca aún más.

Abrí la puerta a la hora en punto y ya tenía a mi primera alumna ansiosa por aprender. La vi entrar en la clase con su uniforme impecable, una pequeña mochila en la mano y dos coletas con los lazos en azul a juego con su jersey. Dándose la vuelta me preguntó si podía elegir dónde sentarse. En un segundo calculé la mejor respuesta así que asentí. De esa forma no tendría que improvisar un sistema de colocación. Ella lo agradeció con una amplia sonrisa y corrió a la tercera fila. Tras Alba, que así se llamaba, llegaron por incesante goteo el resto de los 40 niños. Eran otros tiempos y sí, un solo profesor estaba al frente de tan numeroso grupo. Ahora no se podría, ya no son como entonces.

Eso queda atrás en mi memoria, la de un maestro de la vieja escuela. Hoy me jubilo. Cuatro décadas enseñando, año tras año, a los más variados cursos, con todo tipo de padres. Alumnos maravillosos que llegarían donde quisieran. Grandes dibujantes algunos y buenos redactores otros. Algunos los recuerdo con cariño porque fueron especiales, como Alba.

Hace unos años volvió a entrar la primera en un aula, mochila a la espalda, pero ahora como profesora. Me confesó sus nervios por enfrentarse a un grupo de 20 y le hablé de ese 22 de octubre. Ella sonrió como entonces.

Todo volvía a empezar. Alba me sustituía.

A por el 2018

A por el 2018

Llegó el momento de la felicitación navideña. Para mí es algo más que enviarte buenos deseos. Es dedicarle tiempo a pensarla, redactarla y animarla. Lo hago porque me entusiasman estas fechas. ¡Yo voy a por el 2018!

Se acaba el año y hacemos balance recordando lo vivido. Si tuviera que resumir el año con una palabra sería adiós. Mi padre falleció. No diré que nos dejó porque luchó para no hacerlo mientras tuvo aliento. No, no nos dejó por todo lo que nos dio. Mis recuerdos y momentos con él son míos para siempre.

Un año más vieja o con más experiencia, como quieras verlo, pero un año viva, un año nuevo por delante y más cosas por hacer.

En la felicitación tú verás una bola de nieve en lo que para mí es una muestra de amistad y cariño.

Espero que te guste.

A por el 2018

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