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El viaje

Dicen que la vida es un viaje. Uno maravilloso. Comenzamos naciendo, luego crecemos y finalmente, morimos. Lamento el spoiler, aunque creo que no pillaré a nadie por sorpresa. Creo que de todo eso lo más fácil es nacer. Te viene dado. Pasas 9 meses flotando, bien cobijado y a cambio solo tienes que dar unas pataditas indicando que estás ahí. Llega un momento en que se te queda pequeño el hueco y quieres salir. Se abre el túnel y ves la luz. El mundo es frío y seco, ya no flotas. Entonces descubres otros placeres. Eres un niño y eres feliz.

Pero creces.

Entonces todo es cuesta arriba y cada vez que crees alcanzar la cima, se alza ante ti otra montaña a escalar, un nuevo reto. Casi sin saber por qué, te lanzas a por ello. Miras a tu alrededor y todos van como tú, así que sigues, una y otra vez.

Y envejeces.

Tienes la suerte de envejecer pero enfermas, aunque sea de edad o porque te alcanza algún mal. Lo cierto es que toca morir, es el final del viaje. Morir es lo más difícil. No nos enseñan, no nos preparan, vivimos de espalda a lo que tarde o temprano sucede.

Dicen que volvemos a ver la luz, que todo se desvanece y somos felices. Quizá estamos en un útero grande preparados para nacer en otro mundo, en otra dimensión. Sea como fuere no debería ser obligatorio prolongar el dolor y la angustia de saberse a las puertas pero no poder hacer más que esperar, porque eso no es vida.

Siempre, desde que era joven, he defendido el derecho a decidir sobre el final del viaje vital cuando la muerte espera tras la puerta. Ahora, con algunos años más, opino con más fuerza aún que debería permitirse acabar con el sufrimiento de la persona que lo desee. Al igual que cuando nos toca nacer, y no salimos, hay cesáreas, debería existir un protocolo que permita decir hasta aquí.

Solo cambia la fecha del certificado de defunción, porque quizá hacía tiempo que ya no eras tú o deseabas con todo tu ser dejar de serlo… pero te obligan a seguir vivo. Considero absurdo prolongar una vida para no llegar a ningún sitio, para retrasar lo inevitable, para solo sentir y regar dolor.

Al fin, mueres. Fin del viaje.

Tu sufrimiento acabó. A tu alrededor el dolor se disipa y el alivio invade las almas. Alguien se lleva tus zapatos en una bolsa. Tus pies no volverán a pisar el suelo.

El último

El último

Me llamo Teo. Siempre he sido muy competitivo, supongo que por ganar siempre corría como alma que lleva el diablo cuando en un recreo competíamos por llegar primero. Disfrutaba mucho al ser el primero, porque casi siempre ganaba. Lo que nunca fui el último. Cuando corríamos siempre se oía una voz que gritaba aquello de ‘mariquita el último’.

El curso siguiente vino a mi clase una niña, Andrea. ¡Qué velocidad! Me costaba seguirla y tuve que esforzarme más para poder seguir ganando. No fue fácil, aunque nunca el último. Llegó un momento en el que no quise huir de ella sino mirarla a escondidas y robarle una sonrisa.

Otros seguían dejándose la vida por no ser último. Andrea, igual que vino se fue al año siguiente. No volví a verla ni llegó carta alguna a pesar de prometerme que escribiría. Cosas de niños, supongo. Yo volví a mis carreras en el patio, el gimnasio o la calle. Que otros siguieran mi estela…

Pasaron los años y yo seguí corriendo. Me entrenaba para mejorar la técnica, para ser más rápido, más ligero, fuerte física y mentalmente. Nunca el último. Encontré por aquellos años al que sería mi compañero en la carrera, mi amigo al cabo del tiempo, el mejor que jamás tuve. Hugo.

Era una mañana de sábado de un caluroso verano. Habíamos quedado temprano para ir a dar vueltas por el parque antes de que el sol derritiera las calles. Iban a dar las 9 cuando acabamos. Fue entonces cuando tonto de mí dije: venga, a ver quién llega antes al árbol, mariquita el último…

Eché a correr dejando a Hugo atrás. Tardé unos segundos en girar la cabeza y ver cómo se quedaba clavado en el sitio. Me paré y mientras iba hacia él, su expresión furiosa me sorprendió. “Yo soy el último”, me escupió a la cara. No caí hasta ese momento de lo ofensivas que eran aquellas tres palabras.

Esa fue la última vez que lo grité.

monstruos

Monstruos

De noche todo son monstruos. Algunos nuevos surgen de las sombras. Otros, los habituales, que escondíamos debajo de la cama y por supuesto los que prefieren el cobijo del armario. Nada he visto tan paciente como ellos. Aguardan el momento de pillar a su víctima desprevenida, con la guardia baja, en un día sin energía. Es entonces cuando se lanzan. Ni los ves venir. Te asaltan quitándote el aire y la luz. Nunca van solos. Juntos se saben más fuertes, más grandes.

De noche todo son monstruos. Y el tiempo es cómplice. Se ralentiza, a veces hasta se detiene como si tras las agujas del reloj aguardasen y necesitaran su adormilamiento para salir.

Todos los monstruos aguardan esa noche de desvelo. Esperan por un mal día, una mala semana. Es entonces cuando el sueño no llega en hora y, ¡zas! Caen sobre ti todos los miedos, todo lo que no has logrado, lo perdido, lo que dejaste de hacer, lo que no puedes conseguir, lo que necesitas y no llegas. Te falta el aire.

Por fin, cuando duermes te das cuenta que ya sueñas y que se han colado. Te sacudes y no despiertas, gritas y no te sale la voz. Corres pero tus pies están anclados al suelo. Algo te toca, ‘no no’, farfullas… Una mano de zarandea, te asustas, sientes el sudor cayendo por la cara y cuando vas a romper en un grito reconoces una voz familiar que te dice: ‘ya está, ya pasó, es una pesadilla’… al menos en parte.

Abres los ojos y todo se disipa. Aún tiemblan tus músculos y ahogas el llanto angustioso. Una lágrima escapa por tu lagrimal. Respiras, coges aire y lo sueltas entrecortado, aún tienes miedo. Es entonces cuando piensas: me hago mayor para ver películas de miedo y mandas a los monstruos de paseo. La próxima una comedia, por favor.

40 palabras bellas

40 palabras bellas

Camino como sonámbulo. El desenlace no ha podido ser peor. Tenía la esperanza de que fuera diferente, de que al general tras el inconmensurable esfuerzo realizado se le hubiera olvidado, como a nosotros, el por qué estábamos allí. El alba anunciaba un nuevo día y tras él llegó la aurora. Efímero momento de paz. Todo lo demás era superfluo, ojalá durase más esta sensación. Quizá suene a entelequia pero del otro lado de la montaña nos llegaban señales confusas, puede que por temor a mostrarse débiles. Todos queríamos lo mismo, el inefable sentimiento del fin tras un mes que se me antoja infinito.

El sempiterno dolor que habíamos causado lastraba mi alma, que aunque siendo un peón siempre pensé que podría haberme negado, pero no tuve el valor, no era esa mi misión. Mi resiliencia me ha permitido sobrevivir una vez más, aunque no sé si por mucho tiempo ya. En otra época puede que siguiera en la lucha, fuerte, hábil, pero olvido que todo lo vivido deja huella y pesa. Recuerdo con nostalgia tiempo atrás cuando mi mayor preocupación era controlar la efervescencia de mi juventud. Recuerdo a María, aquella preciosa muchacha de larga melena morena e intensa luminiscencia en el rostro cuando tímida me sonreía. Yo al menos la veía así y ahora en la soledad de mi trinchera no puedo sino añorar el melifluo sonido de su voz cuando al despedirse me dio un ósculo como esperando que sirviera de amuleto y protección.

Triste de mí, la melancolía se adueña de mi ser y lloro. Busco en mis bolsillos un pañuelo con algo de consuelo y sale entre mis dedos su colgante de libélula lapislázuli por serendipia. No puede ser sino compasión de los dioses, en los que a estas alturas ya no creo, pero una epifanía como ahora me obliga a dudar.

 

Nota: 40 de las más bellas palabras del castellano
Elvira

Elvira

Me llamo Elvira. Siempre he pensado que hay dos tipos de admiradores: los que saben la dificultad de lo que otros hacen porque se han puesto en sus zapatos y los que ni en sueños serán capaces tan siquiera de acercarse a aquello que les fascina.

El segundo caso es el mío, sin duda. Tengo dos pies izquierdos para el baile y hasta diría que uno es más largo que otro. Mi madre, viendo que su pequeña de 6 años daba saltitos por la casa intentando ir de puntillas, me apuntó en ballet. Fue horrible. Ana, la profesora envejeció por mí varios años en tan sólo tres meses, pero no fue hasta la fiesta de navidad cuando ensayando la grupal lo vi claro: no cuadraba un paso en tiempo y me tropezaba con el resto. Creo que Ana rió y aplaudió durante días cuando colgué las zapatillas. Pero no queda ahí la cosa.

Vista la falta de aptitud para el baile, años más tarde, lo intenté en una coral. Eso fue aún peor. Un gato atropellado por un camión de 18 ruedas tiene más tono y armonía que mi voz. En el coro me dieron un triángulo para que lo tocara tres veces, pero me adelantaba unos segundos y lo golpeaba sin ritmo. De la coral fui a un otorrino por si era cuestión de sordera. Mi madre se preocupó porque había observado que me hablaba y yo no me enteraba; pero sencillamente estaba en mi mundo y coloreando cualquier cosa.

Hace poco asistí, de público por supuesto, a un ballet que comienza la danza al son de un coro a capella. Sencillamente espectacular. Tanto orden, tanta armonía en las voces y en los movimientos… fue maravilloso. Luego empezó la orquesta. Me emociono aún al recordarlo y los ojos se me vuelven a empañar.

Con el tiempo y varias decepciones más descubrí que lo mío era pintar. Dame un pincel o unos lápices y crearé un mundo para ti. A eso me dedico ahora en cuerpo y alma. Soy feliz y nadie sufre, así que todos contentos. Estoy en plena faena y si no te importa te dejo que quiero acabar pronto este trabajo.

Agradecimiento a Mina Ortiz por permitirme ilustrar este relato con su trabajo.

Elvira

El cuadro

Nada más empezar el año dije con convicción y en alto: “Este lo hago… El cuadro irá por fin a su lugar”. Todo tiene su historia, al menos ese cuadro, sí.

Ya de pequeño apuntaba maneras. Malas maneras. Mi madre quiso llamarme Eduardo porque el manos tijeras la conmovió. Hasta ahí llega mi habilidad y cualquier parecido a su arte con las manos. Soy consciente de mis limitaciones y mi falta de maña, pero aún así me he propuesto colgar un cuadro que compré hace ya dos años. No puede ser tan complicado, es solo cuestión de algo de lectura y visualización de tutoriales, ¿no? Ya me conocen en la tienda de bricolaje y cuando me ven me preguntan qué duda nueva me ha surgido. Son muy amables conmigo, creo que yo soy su propósito para el año.

Mi casa es en cuanto a decoración minimalista, pero más por necesidad que por gusto. Soy asiduo visitante de exposiciones y algunas obras enamoran mi corazón pero luego pienso que no seré capaz de colgarlas y desisto. Suspiro frente a ellas y sigo con la mirada ya perdida por el resto de la sala. Aún así, con esta marina no pude hacerlo.

Siempre me ha gustado cómo mi amiga Mortiz pinta el mar. La luz y la fuerza que escoge para cada una es tan emocionante que sin que lo supiera compré un gran cuadro suyo. Lleva desde entonces detrás del sofá, pero eso se acaba este año. Se acaba hoy. Ya tengo el taladro, la medida, brocas, martillo, alcayatas de varios tamaños, de todo. Nada puede fallar.

Así que aquí estoy, descubriendo que la pared es de pladur. ¡A quién se le ocurre hacer estas paredes huecas y no poner una etiqueta con las instrucciones de uso! Casi me cabe el puño y poco ha faltado para salir por el otro lado. Supongo que la tubería agujereada lo ha impedido. El agua ya me cubre los talones. Por lo menos no estoy a oscuras. ¡Ouch! Vaya… Linterna, de eso no tengo.

Nota: La imagen que ilustra el relato es una obra de Mortiz. ¡Gracias! 

 

 

En la orilla

En la orilla

Sus pies casi tocaban el agua. El día amaneció frío y ni con la llegada del mediodía calentó. Llegó la tarde y allí estaba, en la orilla. Lanzó una piedra al mar. Le lanzó una piedra al sol para que se escondiera ya, pero no le hizo caso. Aún le quedaba un rato antes de irse.

Sabía que el fuego era la única salida. Todo debía arder. No podía quedar nada, ni un mínimo rastro de su presencia. No tenía fuerzas para estar allí, no estaba preparado. Llevaba días intentando entrar pero se quedaba al otro lado de la valla. Hace poco vio a alguien rondando por su cabaña, con la oreja pegada a la puerta y no contento con eso intentó forzar la entrada. Gritó y el intruso huyó.

Lo que fue ya pasó, no iba a volver. El recuerdo impregnado en aquellas paredes, duele. Al fin decidido entró y recogió lo que quedaba. Fotos, libros y alcohol… Lo apiló en la barbacoa de la casa, allí donde compartieron tantas puestas de sol sobre el mar y le prendió fuego. Se quedó hasta verlo reducido a cenizas.

Aquel había sido su refugio, su lugar para esconderse juntos, para respirar su peso. Algo le había hecho volver, aún anda averiguando qué. Sabía por qué se fue, se quebró su vida e incapaz de tomar las riendas se dejó llevar por el viento. Se embarcó y a cambio de duro trabajo a bordo, lo llevaban dando tumbos por los puertos. Se hizo a la mar. Se hizo a no tener tierra bajo sus pies más de lo necesario hasta el siguiente embarque. La soledad fue su mejor amiga, la única en realidad. Apreciaba su silencio, su presencia a su ruego.

Las cenizas volaban al viento sobre el mar. Escapaban los fantasmas a través de sus lágrimas. Me alegro de verte de vuelta le susurró ella por la espalda, ¿me has perdonado ya?

el arte de quemar el agua

El arte de quemar el agua

Tras años intentando cocinar una receta perfecta, tiró la toalla ante un nuevo fracaso. Estaba claro que esta habilidad no se transmitía genéticamente. No entendía cómo su abuela tenía el arte de poner en un plato cualquier cosa sin que le costase esfuerzo o quebradero alguno de cabeza. Era como si estuviese imbuida de toda la sabiduría del mundo culinario.

Su padre también era así. Podías darle los ingredientes o pedirle algo y buscaba la manera para que tu paladar quedara encantado. Su plato favorito eran los pimientos rellenos de bacalao. Aún siendo laboriosos podía prepararlos en cualquier momento para satisfacer su capricho.

Así que ahora estaba él. Se había criado entre fogones, siempre observando y admirando a sus mayores. Preguntando y metiendo la nariz en calderos, fascinado ante la magia que cada día tenía lugar ante sus ojos. Era capaz de identificar todo lo que llevara el plato con solo olerlo. Sin embargo no era capaz ni tan siquiera de replicar una receta. Su madre le decía que tenía el arte de quemar el agua.

Descontento, decidió estudiar y descubrir los entresijos. Escuelas de cocina variadas y reconocidos cocineros que conocían y admiraban a su abuela, le abrieron sus cocinas para que él aprendiera y fuera capaz de ofrecer un estilo propio. Se sentía como un espía intentando averiguar el secreto, pero estaba al descubierto ya que todos querían enseñarle con gratitud al nieto de quien tanto les enseñó. Pensaban incluso que sería un reto más años después de haber salido de su cocina. Con ella todo podía ser, por lo que colaboraban con gusto.

Con el tiempo, no mucho, descubrían el poco talento del muchacho. Cada vez le asignaban más tareas apartado de los fogones y pasó a sala.

Ya resignado y pensando qué hacer fuera del restaurante, le pidieron ayuda para ir a la bodega. Su tío se cuidaba de que respetaran ese espacio y solo en contadas ocasiones permitía el acceso a alguien. Así que con curiosidad y respeto, entró en silencio en aquel sagrado lugar. Al entrar sintió un escalofrío. Era un lugar fresco, de luz suave, lleno de botellas en perfecto orden que le fascinó. Su nariz emocionada se estremecía. Abrieron una botella que estalló en decenas de fragancias y puso una palabra a cada una para describirla. Lloró. Su tío le dio copia de la llave sonriendo, había encontrado su lugar.

Algo se había roto

Algo se había roto

Se durmió la noche anterior con los ojos anegados de lágrimas. Habían discutido como tantas otras veces los dos últimos días, pero ahora habían llegado un poco más lejos en sus palabras. Algo se había roto. Algo irrecuperable. Al final el cansancio la venció y durmió hasta el amanecer. No sabía si él se acostó a su lado o no. Lentamente se giró y comprobó que dormía profundo acurrucado en la cama, en el filo mismo del colchón.

No lo pensó más y salió con cuidado de la habitación. Su estómago no admitía comida pero al menos necesitaba un café. No sabía qué pasaría a lo largo del día, ni siquiera qué quería vivir. Su corazón estaba dividido aunque veía venir su futuro inmediato y no estaba segura de tener fuerzas para pasarlo. Por un lado deseaba romper con todo quedando libre del desamor, y por otro, le pesaban los años juntos lastrándola a continuar con él, a no tirar por la borda tanto vivido…

Era sábado y tenían toda la ropa sucia de la semana amontonada junto a la lavadora, así que se decidió a lavarla. Él se levantó una hora después. La tensión se podía cortar al tiempo que se miraban furtivamente para comprobar si el otro diría una palabra amable o si continuaría la guerra.

Jugueteaba con su taza de café vacía sin saber cómo romper el hielo entre ellos y entonces ella preguntó si comería hoy en casa. Los sábados solía quedar con sus amigos para jugar al pádel y luego se quedaban entre cervezas, aceitunas y pinchos de tortilla. Ella aprovechaba para mimarse con masajes y la manicura después de su entrenamiento, acabando a veces con alguna amiga para la hora del almuerzo.

Solo un ‘no’ salió de sus labios mientras salía de la habitación. Ella, lavó y secó la ropa mientras decidía. Ordenar cajones siempre la ayudó a pensar. Dejó la cocina en perfecto orden y al final era más interesante un futuro incierto que un pasado roto. Hay cosas que no se pueden recuperar.

Él jugó peor que nunca y se marchó nada más terminar el partido. No sabía que pasaría al llegar a casa. Estuvo ante la puerta llave en mano unos minutos antes de entrar. La casa estaba en silencio. Faltaban sus plantas en la entrada. En su lugar una nota con unas flores marchitas: mañana me llevo el resto.

La botella siempre medio llena

La botella siempre medio llena

Vivir con dolor, con una sombra que acecha a cada paso. Cuando abres los ojos y tomas conciencia de tu cuerpo temiendo la punzada que marcará el día, pero te levantas cogiendo aire fuerte e incorporas tu molido cuerpo. Agradeces la voluntad, la fuerza y la ilusión por todo lo que tienes, por ser feliz. La limitación no debe ser el freno sino la base para ver el mundo desde ella y saber lo que sí puedes hacer. La botella siempre medio llena. No es fácil, no, no lo es, pero es la mejor forma de respirar y que el aire que llena los pulmones no duela, o que cada latido no sea una prolongación de una condena.

Pasas el día con la consigna de hacer todo lo que te indiquen para que poco a poco mejores y ves comprensión y apoyo en sus ojos. No tiene precio sentirse arropado. Incluso cuando no puedes más y callas, haces por ellos, por no defraudar, por mostrar agradecimiento, por no dejarte vencer que en el fondo es lo fácil. El mundo es de los luchadores. Eres constante y tienes más fuerza de voluntad que otros muchos juntos; no hay otra forma, no necesitas reconocimiento, nadie gana más que tú. Solo tú recibes el premio: el alivio.

Cuando llega la noche nuevamente temes. Primero no poder dormir. Luego despertarte por dolor durante la noche o simplemente que los fantasmas perturben tu descanso. Giras en la cama como la lavadora al centrifugar, solo que tú no sacas nada en claro como ella. Lo mejor es levantarse. Piensas que no durará siempre y te convences. Buscas un pensamiento agradable, un lugar al que evadirte o un momento que te dé paz. Los tuyos vuelven a tu cabeza y por fin sonríes. Una vez más te han salvado sin saberlo.

Vivir con dolor sabe lo que es quien lo ha vivido. Aprendes a ver con otros ojos, a vivir de otra manera, a sentir el sol en la piel con más gratitud. Miras a los demás y te preguntas cuáles serán sus fantasmas. Sabes que con tiempo, los tuyos se disiparán. Otros no tienen esa suerte.