Archivo

40 palabras bellas

40 palabras bellas

Camino como sonámbulo. El desenlace no ha podido ser peor. Tenía la esperanza de que fuera diferente, de que al general tras el inconmensurable esfuerzo realizado se le hubiera olvidado, como a nosotros, el por qué estábamos allí. El alba anunciaba un nuevo día y tras él llegó la aurora. Efímero momento de paz. Todo lo demás era superfluo, ojalá durase más esta sensación. Quizá suene a entelequia pero del otro lado de la montaña nos llegaban señales confusas, puede que por temor a mostrarse débiles. Todos queríamos lo mismo, el inefable sentimiento del fin tras un mes que se me antoja infinito.

El sempiterno dolor que habíamos causado lastraba mi alma, que aunque siendo un peón siempre pensé que podría haberme negado, pero no tuve el valor, no era esa mi misión. Mi resiliencia me ha permitido sobrevivir una vez más, aunque no sé si por mucho tiempo ya. En otra época puede que siguiera en la lucha, fuerte, hábil, pero olvido que todo lo vivido deja huella y pesa. Recuerdo con nostalgia tiempo atrás cuando mi mayor preocupación era controlar la efervescencia de mi juventud. Recuerdo a María, aquella preciosa muchacha de larga melena morena e intensa luminiscencia en el rostro cuando tímida me sonreía. Yo al menos la veía así y ahora en la soledad de mi trinchera no puedo sino añorar el melifluo sonido de su voz cuando al despedirse me dio un ósculo como esperando que sirviera de amuleto y protección.

Triste de mí, la melancolía se adueña de mi ser y lloro. Busco en mis bolsillos un pañuelo con algo de consuelo y sale entre mis dedos su colgante de libélula lapislázuli por serendipia. No puede ser sino compasión de los dioses, en los que a estas alturas ya no creo, pero una epifanía como ahora me obliga a dudar.

 

Nota: 40 de las más bellas palabras del castellano
Elvira

Elvira

Me llamo Elvira. Siempre he pensado que hay dos tipos de admiradores: los que saben la dificultad de lo que otros hacen porque se han puesto en sus zapatos y los que ni en sueños serán capaces tan siquiera de acercarse a aquello que les fascina.

El segundo caso es el mío, sin duda. Tengo dos pies izquierdos para el baile y hasta diría que uno es más largo que otro. Mi madre, viendo que su pequeña de 6 años daba saltitos por la casa intentando ir de puntillas, me apuntó en ballet. Fue horrible. Ana, la profesora envejeció por mí varios años en tan sólo tres meses, pero no fue hasta la fiesta de navidad cuando ensayando la grupal lo vi claro: no cuadraba un paso en tiempo y me tropezaba con el resto. Creo que Ana rió y aplaudió durante días cuando colgué las zapatillas. Pero no queda ahí la cosa.

Vista la falta de aptitud para el baile, años más tarde, lo intenté en una coral. Eso fue aún peor. Un gato atropellado por un camión de 18 ruedas tiene más tono y armonía que mi voz. En el coro me dieron un triángulo para que lo tocara tres veces, pero me adelantaba unos segundos y lo golpeaba sin ritmo. De la coral fui a un otorrino por si era cuestión de sordera. Mi madre se preocupó porque había observado que me hablaba y yo no me enteraba; pero sencillamente estaba en mi mundo y coloreando cualquier cosa.

Hace poco asistí, de público por supuesto, a un ballet que comienza la danza al son de un coro a capella. Sencillamente espectacular. Tanto orden, tanta armonía en las voces y en los movimientos… fue maravilloso. Luego empezó la orquesta. Me emociono aún al recordarlo y los ojos se me vuelven a empañar.

Con el tiempo y varias decepciones más descubrí que lo mío era pintar. Dame un pincel o unos lápices y crearé un mundo para ti. A eso me dedico ahora en cuerpo y alma. Soy feliz y nadie sufre, así que todos contentos. Estoy en plena faena y si no te importa te dejo que quiero acabar pronto este trabajo.

Agradecimiento a Mina Ortiz por permitirme ilustrar este relato con su trabajo.

Elvira

El cuadro

Nada más empezar el año dije con convicción y en alto: “Este lo hago… El cuadro irá por fin a su lugar”. Todo tiene su historia, al menos ese cuadro, sí.

Ya de pequeño apuntaba maneras. Malas maneras. Mi madre quiso llamarme Eduardo porque el manos tijeras la conmovió. Hasta ahí llega mi habilidad y cualquier parecido a su arte con las manos. Soy consciente de mis limitaciones y mi falta de maña, pero aún así me he propuesto colgar un cuadro que compré hace ya dos años. No puede ser tan complicado, es solo cuestión de algo de lectura y visualización de tutoriales, ¿no? Ya me conocen en la tienda de bricolaje y cuando me ven me preguntan qué duda nueva me ha surgido. Son muy amables conmigo, creo que yo soy su propósito para el año.

Mi casa es en cuanto a decoración minimalista, pero más por necesidad que por gusto. Soy asiduo visitante de exposiciones y algunas obras enamoran mi corazón pero luego pienso que no seré capaz de colgarlas y desisto. Suspiro frente a ellas y sigo con la mirada ya perdida por el resto de la sala. Aún así, con esta marina no pude hacerlo.

Siempre me ha gustado cómo mi amiga Mortiz pinta el mar. La luz y la fuerza que escoge para cada una es tan emocionante que sin que lo supiera compré un gran cuadro suyo. Lleva desde entonces detrás del sofá, pero eso se acaba este año. Se acaba hoy. Ya tengo el taladro, la medida, brocas, martillo, alcayatas de varios tamaños, de todo. Nada puede fallar.

Así que aquí estoy, descubriendo que la pared es de pladur. ¡A quién se le ocurre hacer estas paredes huecas y no poner una etiqueta con las instrucciones de uso! Casi me cabe el puño y poco ha faltado para salir por el otro lado. Supongo que la tubería agujereada lo ha impedido. El agua ya me cubre los talones. Por lo menos no estoy a oscuras. ¡Ouch! Vaya… Linterna, de eso no tengo.

Nota: La imagen que ilustra el relato es una obra de Mortiz. ¡Gracias! 

 

 

En la orilla

En la orilla

Sus pies casi tocaban el agua. El día amaneció frío y ni con la llegada del mediodía calentó. Llegó la tarde y allí estaba, en la orilla. Lanzó una piedra al mar. Le lanzó una piedra al sol para que se escondiera ya, pero no le hizo caso. Aún le quedaba un rato antes de irse.

Sabía que el fuego era la única salida. Todo debía arder. No podía quedar nada, ni un mínimo rastro de su presencia. No tenía fuerzas para estar allí, no estaba preparado. Llevaba días intentando entrar pero se quedaba al otro lado de la valla. Hace poco vio a alguien rondando por su cabaña, con la oreja pegada a la puerta y no contento con eso intentó forzar la entrada. Gritó y el intruso huyó.

Lo que fue ya pasó, no iba a volver. El recuerdo impregnado en aquellas paredes, duele. Al fin decidido entró y recogió lo que quedaba. Fotos, libros y alcohol… Lo apiló en la barbacoa de la casa, allí donde compartieron tantas puestas de sol sobre el mar y le prendió fuego. Se quedó hasta verlo reducido a cenizas.

Aquel había sido su refugio, su lugar para esconderse juntos, para respirar su peso. Algo le había hecho volver, aún anda averiguando qué. Sabía por qué se fue, se quebró su vida e incapaz de tomar las riendas se dejó llevar por el viento. Se embarcó y a cambio de duro trabajo a bordo, lo llevaban dando tumbos por los puertos. Se hizo a la mar. Se hizo a no tener tierra bajo sus pies más de lo necesario hasta el siguiente embarque. La soledad fue su mejor amiga, la única en realidad. Apreciaba su silencio, su presencia a su ruego.

Las cenizas volaban al viento sobre el mar. Escapaban los fantasmas a través de sus lágrimas. Me alegro de verte de vuelta le susurró ella por la espalda, ¿me has perdonado ya?

el arte de quemar el agua

El arte de quemar el agua

Tras años intentando cocinar una receta perfecta, tiró la toalla ante un nuevo fracaso. Estaba claro que esta habilidad no se transmitía genéticamente. No entendía cómo su abuela tenía el arte de poner en un plato cualquier cosa sin que le costase esfuerzo o quebradero alguno de cabeza. Era como si estuviese imbuida de toda la sabiduría del mundo culinario.

Su padre también era así. Podías darle los ingredientes o pedirle algo y buscaba la manera para que tu paladar quedara encantado. Su plato favorito eran los pimientos rellenos de bacalao. Aún siendo laboriosos podía prepararlos en cualquier momento para satisfacer su capricho.

Así que ahora estaba él. Se había criado entre fogones, siempre observando y admirando a sus mayores. Preguntando y metiendo la nariz en calderos, fascinado ante la magia que cada día tenía lugar ante sus ojos. Era capaz de identificar todo lo que llevara el plato con solo olerlo. Sin embargo no era capaz ni tan siquiera de replicar una receta. Su madre le decía que tenía el arte de quemar el agua.

Descontento, decidió estudiar y descubrir los entresijos. Escuelas de cocina variadas y reconocidos cocineros que conocían y admiraban a su abuela, le abrieron sus cocinas para que él aprendiera y fuera capaz de ofrecer un estilo propio. Se sentía como un espía intentando averiguar el secreto, pero estaba al descubierto ya que todos querían enseñarle con gratitud al nieto de quien tanto les enseñó. Pensaban incluso que sería un reto más años después de haber salido de su cocina. Con ella todo podía ser, por lo que colaboraban con gusto.

Con el tiempo, no mucho, descubrían el poco talento del muchacho. Cada vez le asignaban más tareas apartado de los fogones y pasó a sala.

Ya resignado y pensando qué hacer fuera del restaurante, le pidieron ayuda para ir a la bodega. Su tío se cuidaba de que respetaran ese espacio y solo en contadas ocasiones permitía el acceso a alguien. Así que con curiosidad y respeto, entró en silencio en aquel sagrado lugar. Al entrar sintió un escalofrío. Era un lugar fresco, de luz suave, lleno de botellas en perfecto orden que le fascinó. Su nariz emocionada se estremecía. Abrieron una botella que estalló en decenas de fragancias y puso una palabra a cada una para describirla. Lloró. Su tío le dio copia de la llave sonriendo, había encontrado su lugar.

Algo se había roto

Algo se había roto

Se durmió la noche anterior con los ojos anegados de lágrimas. Habían discutido como tantas otras veces los dos últimos días, pero ahora habían llegado un poco más lejos en sus palabras. Algo se había roto. Algo irrecuperable. Al final el cansancio la venció y durmió hasta el amanecer. No sabía si él se acostó a su lado o no. Lentamente se giró y comprobó que dormía profundo acurrucado de la cama, en el filo mismo del colchón.

No lo pensó más y salió con cuidado de la habitación. Su estómago no admitía comida pero al menos necesitaba un café. No sabía qué pasaría a lo largo del día, ni siquiera qué quería vivir. Su corazón estaba dividido aunque veía venir su futuro inmediato y no estaba segura de tener fuerzas para pasarlo. Por un lado deseaba romper con todo quedando libre del desamor, y por otro, le pesaban los años juntos lastrándola a continuar con él, a no tirar por la borda tanto vivido…

Era sábado y tenían toda la ropa sucia de la semana amontonada junto a la lavadora, así que se decidió a lavarla. Él se levantó una hora después. La tensión se podía cortar al tiempo que se miraban furtivamente para comprobar si el otro diría una palabra amable o si continuaría la guerra.

Jugueteaba con su taza de café vacía sin saber cómo romper el hielo entre ellos y entonces ella preguntó si comería hoy en casa. Los sábados solía quedar con sus amigos para jugar al pádel y luego se quedaban entre cervezas, aceitunas y pinchos de tortilla. Ella aprovechaba para mimarse con masajes y la manicura después de su entrenamiento, acabando a veces con alguna amiga para la hora del almuerzo.

Solo un ‘no’ salió de sus labios mientras salía de la habitación. Ella, lavó y secó la ropa mientras decidía. Ordenar cajones siempre la ayudó a pensar. Dejó la cocina en perfecto orden y al final era más interesante un futuro incierto que un pasado roto. Hay cosas que no se pueden recuperar.

Él jugó peor que nunca y se marchó nada más terminar el partido. No sabía que pasaría al llegar a casa. Estuvo ante la puerta llave en mano unos minutos antes de entrar. La casa estaba en silencio. Faltaban sus plantas en la entrada. En su lugar una nota con unas flores marchitas: mañana me llevo el resto.

La botella siempre medio llena

La botella siempre medio llena

Vivir con dolor, con una sombra que acecha a cada paso. Cuando abres los ojos y tomas conciencia de tu cuerpo temiendo la punzada que marcará el día, pero te levantas cogiendo aire fuerte e incorporas tu molido cuerpo. Agradeces la voluntad, la fuerza y la ilusión por todo lo que tienes, por ser feliz. La limitación no debe ser el freno sino la base para ver el mundo desde ella y saber lo que sí puedes hacer. La botella siempre medio llena. No es fácil, no, no lo es, pero es la mejor forma de respirar y que el aire que llena los pulmones no duela, o que cada latido no sea una prolongación de una condena.

Pasas el día con la consigna de hacer todo lo que te indiquen para que poco a poco mejores y ves comprensión y apoyo en sus ojos. No tiene precio sentirse arropado. Incluso cuando no puedes más y callas, haces por ellos, por no defraudar, por mostrar agradecimiento, por no dejarte vencer que en el fondo es lo fácil. El mundo es de los luchadores. Eres constante y tienes más fuerza de voluntad que otros muchos juntos; no hay otra forma, no necesitas reconocimiento, nadie gana más que tú. Solo tú recibes el premio: el alivio.

Cuando llega la noche nuevamente temes. Primero no poder dormir. Luego despertarte por dolor durante la noche o simplemente que los fantasmas perturben tu descanso. Giras en la cama como la lavadora al centrifugar, solo que tú no sacas nada en claro como ella. Lo mejor es levantarse. Piensas que no durará siempre y te convences. Buscas un pensamiento agradable, un lugar al que evadirte o un momento que te dé paz. Los tuyos vuelven a tu cabeza y por fin sonríes. Una vez más te han salvado sin saberlo.

Vivir con dolor sabe lo que es quien lo ha vivido. Aprendes a ver con otros ojos, a vivir de otra manera, a sentir el sol en la piel con más gratitud. Miras a los demás y te preguntas cuáles serán sus fantasmas. Sabes que con tiempo, los tuyos se disiparán. Otros no tienen esa suerte.

Ortografía

Ortografía

El otro día se me coló una j donde iba g. No podía creerlo. Pasé el resto de la tarde meditando sobre ello. Siempre me ha gustado la ortografía… sé lo que estás pensando, ¡qué rara! Pues sí, y orgullosa de ello; del gusto por la ortografía, no de rara, ¡eh! He tenido la letra muy fea toda la vida pero al menos escribía correctamente. Y más que fea, casi ilegible.

Ahora y cada vez con más frecuencia, dudo y consulto el diccionario. Junto con las linternas, los diccionarios son esos objetos que llamaban mi atención de pequeña y siempre quería tener uno cerca. Recuerdo pasar largos ratos leyendo palabras y sus definiciones. ¡Cuánto se aprende! Pero eso es otra historia.

Así que aquí me veo pensando y caigo en la cuenta de que estamos bombardeados en las redes sociales y servicios de comunicación inmediata por errores sangrantes. Ya no es que se puntúe mal, es que ni se hace. No es que se coman letras, es que se transforman tanto las palabras que a veces hay que leerlas tres o cuatro veces para adivinar qué es. Cada vez estoy más por la labor de dejar de leer cuando veo esos despropósitos lingüísticos. Me hacen daño a los ojos y a mi ortografía. No estoy dispuesta ni a lo uno ni a lo otro. Entiendo un desliz, un descuido; somos humanos. Pero no un adiós a las comas, a los puntos, a las b por v, a las h que aunque frustradas y mudas tienen un lugar como ya sabemos. Me niego a todo eso.

Sacaría un rotulador rojo e iría corrigiendo por ahí todas las faltas que me tropiezo, pero sé que no tendría horas el día para semejante labor.

Ya he puesto en marcha no leer, no dar un me gusta o compartir una publicación garrafalmente escrita. No sé si lo hacen por pereza, porque son gandules o por falta de conocimiento e interés. Y peor aún, no tengo claro qué prefiero pensar, pero al menos no difundiré su escabechina.

Lo siento por los ofendidos, aunque ellos no sientan pena por mis ojos.

Nota en un tablón con una reflexión sobre aquel mono que bajó

Aquel mono que bajó

A veces me planteo si no hubiera sido mejor que aquel mono que bajó del árbol y comenzó a caminar erguido, se hubiera partido una pierna en el intento y hubiera subido al árbol de donde bajó, porque quizá aquel mono no era el animal más racional para evolucionar, o quizá aquel no fuera el momento.

26 de enero 1993

Hace 24 años que ya dudaba de la idoneidad del hombre como especie y aún no había visto ni la mitad. Ahora ya no me lo planteo. Lo sé.

 

nadar

Nadar

Cuántas veces habré oído eso de que nadar es sano, la natación es un deporte completo y cosas similares. Los hay incluso que tratan de convencerte y animarte a que lo practiques hablando de sus beneficios casi inmediatos. Yo arrastrado accedí una vez y aún me dura el olor a cloro en la piel. Por supuesto no volví.

Que la gente, voluntariamente se sumerja en ese líquido con ese olor a químico tan espantoso es algo inexplicable. Ya no es por el ridículo gorro que comprime la cabeza y que hace ese efecto condón sobre nosotros o las gafas. ¡Ay las gafas!, esas que más que ayudarte a ver se empañan y tienen fisuras para ahogar tus ojos. Y a eso suma ese aspecto mosca que te dan. No, eso al final con apretarlas más consigues ganar esa batalla, pero esa bañera gigante de agua química tirando a fría para casi matarte, no, eso es demasiado. De hecho creo que si alguien se disfraza de bacteria y entra seguro que muere.

Pero hay más.

Hay que estirar. Eso dicen los que ves haciendo extraños movimientos retorciendo sus brazos en posturas totalmente antinaturales. Ridículo. Yo creo que lo hacen porque el agua encoge y con el rato que pasan dentro, de no estirar llegará el día que implosionarán consumidos por el cloro que con el tiempo sus células han absorbido.

Y no están esos solos, no, no. Están los que nadan en el mar. Eso es necesidad. El mar como todos sabemos es agua salada, sí, muy bien, pero tiene la particularidad de estar siempre helada. Venga no se hagan los valientes y reconózcanlo. Ya sé que soy de los pocos que entro despacito y arrepintiéndome de la decisión. Los demás vienen al agua y en la primera ola ya están empapados y yo sigo con el agua por las rodillas, como debe ser, poco a poco.

El mar llenito de sal, con esas olas. Si has intentado nadar en él habrás notado que cuando te toca sacar la cabeza para respirar, por esa manía que tenemos, una ola frustra el intento y te llena la boca con sal. Estupendo. Abortar, abortar, y haces el cristo, así te dejas mecer sin esfuerzo, que al fin y al cabo es lo más cómodo en este medio.

No, nadar no es para mí, así que por favor no se ahoguen que ahora trabajo como socorrista y me da una pereza tremenda.