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Ojalá 2024

Ojalá 2024

A ti que me lees hoy. Esto no es un relato es una excusa para escribir unas palabras. Sé que llevo tiempo sin acompañarte con una historia para un café, pero soy mal escritora y no busco el relato si no quiere salir. La vida a veces viene con curvas y hay que aferrarse o incluso esconderse para poder seguir más adelante.

Sin embargo, a pesar de eso, el tiempo sigue pasando y ahora estamos en Navidad. Adoro la Navidad. Sigo sonriendo al ver las luces, al sentir el sol de invierno en la cara o cuando veo a los demás afanados en compras.

Así que mi felicitación este año lleva un deseo para 2024.

Ojalá 2024 no deje secuelas.
Ojalá cure todas las heridas.
A 2024 solo le pido un ojalá.

Brindo por vivir días plenos, por lo simple, por lo puro.  Brindo por la salud, por los reencuentros, por lo efímera que llega a ser la distancia cuando se quiere. Brindo porque el peso se aligere, por dejar atrás esas pesadas cargas que nos lastran como las bolas de los presos. Brindo por la amistad, la familia, por las puestas de sol y los amaneceres. Brindo por la vida.

Felices fiestas y disfruta de la Navidad que elijas.

2020 Navidad

366 días. Un año largo

Cuando vemos las campanadas que dan paso a un año nuevo, una sonrisa ilumina nuestra cara por lo que vendrá. Muchos pensamos en lo que nos gustaría para esos 365 días que vienen. Sin embargo, este año 2020 más que traer se lleva.

En marzo se llevó la libertad de movimiento, el trabajo de muchos, la vida de otros. Nos deja temor, separación y las manos bañadas en gel hidroalcohólico. Los meses se suceden y perdemos más y más. El año sigue poniéndonos a prueba.

Ahora el 2020 ha escondido la sonrisa, la sorpresa o el asombro tras una mascarilla. Hay quien queda incomunicado en un mundo sonoro que no es el suyo.  Ahora todo queda en los ojos. ¡Cuánta responsabilidad y qué difícil de interpretar! Nos queda la palabra, cauta y breve, pronunciada dos tonos más alta para entendernos.

Llegó septiembre y yo voy más allá. Yo pienso en Navidad

Nadie se imagina una nochebuena frente a la pantalla del pc brindando con la familia sin compartir más allá que unas palabras. En cada mesa un plato, un entrante, un vino y un postre que nada tiene en común con los otros. No habrá cenas especiales, ni menús acordados, ni copas chocando de lado a lado de la mesa. Chocarán con las pantallas.

Nada de apartar sillones para que los 15 comensales tengan su sitio en el comedor improvisado junto al árbol de cada año.

Lo peor es para los solteros, los viudos y los solitarios hartos de recomponerse, que no dejan ni por Navidad la cena en soledad. Una noche más, ¡qué importa!, mascullarán mientras por dentro sienten un pellizco en el corazón.

2020

Nadie se lo imaginó así, pero vamos camino de una Nochebuena que no será ni de lejos lo que debiera, aunque algunos se alegrarán de no tener que aguantar al cuñado de turno. Y eso para los que aún tengamos la suerte de contarlo.

¿Y ahora, vas a mantener la distancia? Por favor, yo quiero mi Navidad.

corredor

El corredor en la pandemia

Tengo perro, una adorable labradora chocolate como posiblemente sepas ya. Cuando todos eran obligados a permanecer en casa nosotras salíamos a dar un mini paseo. Al principio era raro salir. El mantra de no toques nada, no te toques la cara, lo repetía mientras daba los primeros pasos fuera de casa.

Lo cierto es que en ocasiones no me tropezaba con nadie, no circulaban coches y el silencio se había hecho dueño de la calle. La sensación era una mezcla de miedo por esa soledad, por saber que un virus que mataba tan fácil estaba por ahí suelto. A veces oía hasta el eco de mis pasos. Pero la sensación cambió a culpabilidad porque yo podía salir con Nuala y mi familia con la que hablaba tres veces en semana seguía recluida, o por mis amigos que en pisos de 60 metros cuadrados pasaban los largos días.

Y el sentimiento cambió: no era culpa mía.

Por una vez tener perro era un privilegio que manejado con cuidado nos brindaba oxígeno. Así que salir se convirtió en un gran disfrute. El silencio era un regalo. Las calles limpias un lujo. Ver el sol ponerse tras la montaña disfrutando de sus rayos ahogados por las sinuosas formas todo un placer. Echaba de menos el mar, soy isleña y lo añoro, pero tenía el cielo sobre mi cabeza, pájaros más cerca que de costumbre, tranquilidad absoluta y el regalo del aire limpio. Eran unos pocos minutos, pero estaban llenos de paz.

Y volvió a cambiar. La burbuja en la que se habían convertido las salidas a calle se rompió.

De repente todos eran corredores, ciclistas, zombies que recorrían las calles y nosotras los esquivábamos como en un juego de Super Mario, pero aquí no estaban en juego unas monedas, no, aquí nos jugamos lo más preciado: la salud, incluso la vida. Tocaba un continuo bajar de la acera, cruzar la calle, subir… Así que cambiamos las horas de paseo. Lo más curioso es que, antes de esto, había un corredor habitual y de lejos sus veloces pasos anunciaban su presencia. Nosotras nos hacíamos a un lado por cortesía para no interrumpir su marcha. Es al único que no hemos visto correr.

Las calles vuelven a estar sucias y a la basura habitual sumamos guantes y mascarillas. No, no saldremos siendo mejores de esta. Solo saldremos menos.

La ola

La ola

Como quien está de pie en la orilla del mar y ve una ola, pero piensa: cuando llegue a mí, apenas me rozará los pies, quedándose allí mirando. A pesar de que la ola crecía a medida que se acercaba a él, optó por no moverse firme en su convicción. No creía lo que sus ojos le mostraban.

Y la ola llegó. Por supuesto fue un tsunami que arrasó con todo. Aún se preguntaba cómo había sido posible. El mundo entonces se paró. Solo había agua, mirara por donde mirara.

¿Te suena? Vimos desde nuestros televisores cómo China enfermaba. Día a día el goteo de datos, de contagios, de muertos. Pero era China y eso está lejos. Ilusos. Fue saltando por el mundo y la vecina Italia se sumió en el virus… se hundió como se hunden los pies cuando la ola te alcanza arrastrando toda la arena hasta hacerte perder el equilibrio.

Por supuesto no somos inmunes y los españoles caímos. No sé qué contarán cuando dentro de veinte años algún periodista pregunte aquello de, ¿dónde estabas en marzo de 2020 cuando se decretó el primer estado de alarma de la historia de la democracia? Yo contaría que primero el mundo enloqueció y llenó despensas y lo que no son despensas con cantidades insultantes de comida y de papel higiénico. Luego se escondió en casa; fue obediente a desgana, pero obedeció. Contaría que yo, a veces, encendía una vela, como tantas veces vi hacer a mi madre. No rezo ni la ofrezco a dios alguno, la enciendo porque acompaña. La enciendo porque me acuerdo de los que no están, de los que están dejando de estar llevados por el virus y por los que luchan por quedarse.

Esto pasará, pero no olvidaremos. Lo que no sé es si aprenderemos y aplicaremos de verdad algo útil.

Adiós. Con las alas rotas también se puede volar

Alas rotas

Nunca hasta ahora había pensado que un adiós pudiera ser el comienzo de algo. Acababa de marcharme sin mirar atrás, sin la mínima duda, sin un titubeo en mis pasos. Apenas me llevo lo puesto, lo demás solo son cosas que prefiero dejar. Menos carga, menos recuerdos. No quiero nada que me lo recuerde. Me basta con saber que no volveré a repetirlo.

Tras ese adiós veo nuevos caminos, todo un mundo por descubrir. No diré que estaba ciega porque sabía que, hacía ya demasiado, cerré los ojos. Los cerré porque no quería ver el camino que había emprendido, todo un descenso al infierno y lo que le permitía. Llegué hasta perder la noción del tiempo más allá de dormir y servir. Me aisló, me apartó de todos, me hizo dejar fuera todo lo que no fuese él. Al principio fue sutil y lo justificaba diciendo que era porque me quería, porque me cuidaba. Era tan convincente que hasta lo justificaba.

Sé que eso es maltrato y que podría haber llamado pidiendo ayuda, pero cuesta tanto descolgar un teléfono cuando no te salen las palabras por miedo a que sea verdad que estás sola…

Y entonces se equivocó.

Me preguntó, dándome opción a cuestionarme si llevaba una vida feliz. Respondí, para mis adentros, que no. A él le asentí. En ese momento abrí los ojos. Fue como darle al interruptor de la luz. A partir de ese instante comencé a pensar y no sé cómo salí de mi hipnosis. Poco tiempo después recogí lo poco que necesitaba. Ni siquiera cerré la puerta dejando que el viento reinante desordenase sus papeles.

Me eché a andar, levantando la mirada del suelo, mirando sin vergüenza, sin temor a que me preguntara qué miraba. Fue entonces cuando la vi y pensé: si tú con las alas rotas aún eres capaz de volar, yo también podré volver a hacerlo.

Nunca olvidé

Nunca olvidé

Apenas te tenías en pie cuando pasó. Nunca olvidé ese día, todas sus horas desde el amanecer hasta que tu luz se apagó. El cementerio era pequeño pero había hueco para tu cuerpecito. El carpintero del pueblo montó la que sería tu última cuna sin decir una palabra, sin pedir una moneda a cambio, pero no fue capaz de tallar tu nombre. Siempre le agradecí el gesto y cuando pude le encargué una mesa para reunir a la familia a comer… ahora tienes dos hermanas. Las dos saben de ti pero se fueron del pueblo. Aquí me quedé yo.

Es posible que creas que te olvidé. Que me cansé de traerte flores. Que se me secaron los ojos y ya no te lloraba. Es probable que pienses que el tiempo me distanció de ti y ya no quise arreglar más tu tumba. Es posible pero no pasó. Solo pasó que yo también morí.

Felices fiestas

2020

Completamos otra vuelta al sol y en unos días estrenamos año, el 2020. Así que sí, estamos en Navidad, otra vez. Con lo bueno y lo malo, según se mire. El ajetreo de las cenas con esos menús que no terminan de definirse, y que unos quieren innovar y otros mantener. Yo sigo siendo la encargada del postre. Este año haré una tarta con un sabor que nada tiene que ver con la Navidad, pero me lo han pedido y lo debo: limón.

Las calles llenas de gente desfilando de tienda en tienda buscando un regalo que no aparece, una idea con chispa, ilusión envuelta en papel de regalo. Buscamos esa cara de sorpresa seguida de una sonrisa, con palabras de alegría o mejor aún, sin palabras.

Hay muchos a los que no les gusta, ni por una cosa ni por otra, pero sobre todo están los que huyen por las sillas vacías. ¿Y qué pasa con las llenas? Quien se fue no se puede llevar también la compañía de los que están. Los que seguimos nos reunimos porque juntos hacemos nuevos recuerdos o recuperamos algunos viejos, pero juntos.

Para mí estas fechas son familia y la mía se vuelca. Los años pasan, los niños crecen. Por un lado la mesa crece y por la otra mengua, es la vida. Los abrazos, los regresos, los regalos, la ilusión, las comidas con largas sobremesas, adornar la casa, hacer adornos, cocinar y, sobre todo, la emoción a flor de piel, también vienen en el paquete. Bienvenidos sean.

Yo soy Navidad y este año me engalano con esta manualidad que ilustra esta entrada en el blog, que su trabajo me ha costado. Gracias a quien ha soportado que la casa estuviera patas arriba sin rechistar. Solo le pido que el año que viene no me deje volver a meterme en otra igual o peor, que soy capaz. Gracias desde aquí a todos aquellos que buscaron y me dieron los tubos sin tener claro qué quería hacer, pero aún así colaboraron.¿No es eso también Navidad?

Felices fiestas y que el 2020 sea abundante en lo bueno.

Yo te quiero

Yo te quiero

En mis paseos perrunos encontré una nota en el suelo que empezaba con «yo te quiero…»

Una declaración de amor perdida, pensé. Imaginé al torpe amante que tras una noche en vela había logrado plasmar sus sentimientos en aquella nota. Lo imaginé guardando su tesoro en el bolsillo del pantalón, y que en aquella mañana de domingo, por fin declararía su amor. Sí, lo sé, en el fondo soy una romántica.

Tanto esfuerzo para que por un despiste la nota cayera al suelo y nadie reparara en ello a tiempo de advertir al desdichado amante. Y él, cuando con manos sudorosas por los nervios del momento fuera a rescatar la nota y a sus manos solo el vacío acudiera… ¡Qué eternidad de angustia, qué segundos sin suelo bajo los pies! Yo te quiero, era lo único que le venía a la mente el resto eran borbotones de palabras, todas las que fue descartando y las que eligió pero le venían sin orden. Qué hago, qué hago, ni siquiera tengo copia.

Ella mientras tanto lo miraría con cara de, qué mosca le habrá picado, al tiempo que disimula mirando por la ventana y bebe un sorbo de café.

Habían quedado en su cafetería preferida, la que está al doblar la esquina en la manzana donde ella vive. Cada mañana de domingo el desayuno se había convertido en ritual allí. Nada podía salir mal, de eso estaba convencido.

Tras el vacío le quedaban pocas opciones así que…

Espera, que la nota sigue «…con limón y sal…» ¡Es una canción! ¡Qué decepción la mía! Los hacía ya dándose el sí quiero, mirando a la vida de frente, juntos y solo es la letra de una canción.

Tengo que atar más corta a mi imaginación. Vamos Nuala, sigamos que no es nada. Y canturreando me alejé.

 

Yo te quiero
 
El último

El último

Me llamo Teo. Siempre he sido muy competitivo, supongo que por ganar siempre corría como alma que lleva el diablo cuando en un recreo competíamos por llegar primero. Disfrutaba mucho al ser el primero, porque casi siempre ganaba. Lo que nunca fui el último. Cuando corríamos siempre se oía una voz que gritaba aquello de ‘mariquita el último’.

El curso siguiente vino a mi clase una niña, Andrea. ¡Qué velocidad! Me costaba seguirla y tuve que esforzarme más para poder seguir ganando. No fue fácil, aunque nunca el último. Llegó un momento en el que no quise huir de ella sino mirarla a escondidas y robarle una sonrisa.

Otros seguían dejándose la vida por no ser último. Andrea, igual que vino se fue al año siguiente. No volví a verla ni llegó carta alguna a pesar de prometerme que escribiría. Cosas de niños, supongo. Yo volví a mis carreras en el patio, el gimnasio o la calle. Que otros siguieran mi estela…

Pasaron los años y yo seguí corriendo. Me entrenaba para mejorar la técnica, para ser más rápido, más ligero, fuerte física y mentalmente. Nunca el último. Encontré por aquellos años al que sería mi compañero en la carrera, mi amigo al cabo del tiempo, el mejor que jamás tuve. Hugo.

Era una mañana de sábado de un caluroso verano. Habíamos quedado temprano para ir a dar vueltas por el parque antes de que el sol derritiera las calles. Iban a dar las 9 cuando acabamos. Fue entonces cuando tonto de mí dije: venga, a ver quién llega antes al árbol, mariquita el último…

Eché a correr dejando a Hugo atrás. Tardé unos segundos en girar la cabeza y ver cómo se quedaba clavado en el sitio. Me paré y mientras iba hacia él, su expresión furiosa me sorprendió. “Yo soy el último”, me escupió a la cara. No caí hasta ese momento de lo ofensivas que eran aquellas tres palabras.

Esa fue la última vez que lo grité.

monstruos

Monstruos

De noche todo son monstruos. Algunos nuevos surgen de las sombras. Otros, los habituales, que escondíamos debajo de la cama y por supuesto los que prefieren el cobijo del armario. Nada he visto tan paciente como ellos. Aguardan el momento de pillar a su víctima desprevenida, con la guardia baja, en un día sin energía. Es entonces cuando se lanzan. Ni los ves venir. Te asaltan quitándote el aire y la luz. Nunca van solos. Juntos se saben más fuertes, más grandes.

De noche todo son monstruos. Y el tiempo es cómplice. Se ralentiza, a veces hasta se detiene como si tras las agujas del reloj aguardasen y necesitaran su adormilamiento para salir.

Todos los monstruos aguardan esa noche de desvelo. Esperan por un mal día, una mala semana. Es entonces cuando el sueño no llega en hora y, ¡zas! Caen sobre ti todos los miedos, todo lo que no has logrado, lo perdido, lo que dejaste de hacer, lo que no puedes conseguir, lo que necesitas y no llegas. Te falta el aire.

Por fin, cuando duermes te das cuenta que ya sueñas y que se han colado. Te sacudes y no despiertas, gritas y no te sale la voz. Corres pero tus pies están anclados al suelo. Algo te toca, ‘no no’, farfullas… Una mano de zarandea, te asustas, sientes el sudor cayendo por la cara y cuando vas a romper en un grito reconoces una voz familiar que te dice: ‘ya está, ya pasó, es una pesadilla’… al menos en parte.

Abres los ojos y todo se disipa. Aún tiemblan tus músculos y ahogas el llanto angustioso. Una lágrima escapa por tu lagrimal. Respiras, coges aire y lo sueltas entrecortado, aún tienes miedo. Es entonces cuando piensas: me hago mayor para ver películas de miedo y mandas a los monstruos de paseo. La próxima una comedia, por favor.