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De la A a la Z

De la ‘A’ a la ‘Z’

Después de décadas de disputas entre la familia y el pequeño ayuntamiento, el viejo edificio que una vez albergó la primera escuela será demolido. La profesora artífice de que esa pequeña aula fuera mucho más, la señorita Amparo, se ganó el respeto y el cariño de todo el pueblo, y al año de fallecer levantaron una discreta estatua en la plaza junto a su obra. Era menuda, con su pelo recogido en un moño y las gafas colgando al cuello harta de perderlas en cualquier parte. En su mano izquierda, un libro titulado De la ‘A’ a la ‘Z’. Era lectura obligada para todo el que pasaba por su clase. En la derecha un alumno, el primero que tuvo, su hijo.

Ahora que han decidido demolerlo permitieron entrar a verlo. El espacio estaba sucio después de tanto tiempo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad un escalofrío me recorrió la espalda. Todos los pupitres estaban allí, esperando a ser ocupados. En la pizarra aún se adivinaban algunas sumas y restas pendientes de solución. En un rincón el esqueleto con un brazo y la mandíbula en el suelo, cansado de esperar, supongo.

Solo un juguete antiguo medio roto permanecía encima de un pupitre aguardando que su dueño volviera a jugar con él. Era uno de esos cochecitos metálicos: todo un camión de bomberos con su campana, que aún sonaba tras limpiarla un poco, y su escalera. Por debajo, raspado, se leía el nombre de Miguel. Cuánta molestia se había tomado en ponerle su nombre para luego dejarlo allí, pensé. El juguete quedó olvidado aquel día. El día de la excursión. El día en que todo acabó para ellos. El fatídico día que el pueblo enmudeció para luego explotar en llanto. Nadie habla de eso, pero todos se lo ven en los ojos de quiénes lo vivieron.

El autobús que salió pero nunca volvió. Un vuelco en la cuneta y adiós para siempre.

Imagen de una caja blanca vacía

La caja

Me acabo de quedar vacía, sin pasado, muerta por un rato. No he podido ni articular palabra por horas.

Atesoro en una caja blanca unos folios escritos desde la adolescencia. Lo primero que encontrabas al abrirla era una nota escrita en rojo pidiendo por favor que no siguieras. Rezumaba pudor en cada trazo. Esa la quité cuando ya vivía sola; no tenía sentido.

En esa caja no hay ningún novel de literatura pero sí mucho de mí, de cómo empecé a escribir, de por qué lo hacía. Llevaba una libreta encima y en mis ratos muertos, escribía. Muchas historias nacieron en la línea 30 de vuelta a casa. Contaba un sentimiento por un corazón roto, por el egocentrismo de algunos, por el sol que se ponía, por la vida, la oscuridad… La guardaba escondida con la esperanza de un futuro en el que tuviese el valor de mostrarla. Pero ese día no llegaba, cada vez lo veía más lejos, cada vez con menos ilusión.

Eran folios sueltos, páginas arrancadas de mis cuadernos de clase y de aquellas libretas que hacían también las veces de agenda. Incluso había algún dibujo. Mucho de adolescente, pero yo al fin y al cabo. Son cosas que guardas y relees cada mil años y eres capaz de ir a ese momento, de sentirte como entonces y decir, ¡cómo cambian las cosas! Para mí, un tesoro. Me gusta el paso del tiempo y lo que va dejando y lo que cambia.

Pues esa caja no está, desapareció.

Llegó lo que no tuvo que suceder. Me deshice de aquellas palabras, de todas y cada una de ellas. En algún momento debí vaciarla, no sé qué se me pasó por la cabeza. Las releí y las tiré. Solo recuerdo retazos ahora que busco un recuerdo de ese día. No debí hacerlo. Sé que la vida son nuestros recuerdos, no objetos. Es lo que nos trae aquí ahora, pero hay cosas irreemplazables que sí necesitamos. Siento una gran pena. Me arrepiento por haber tirado esas páginas.

Pero la vida sigue. Los días pasan y lo voy asimilando sin dejar aún de preguntarme por qué lo hice. Guardé entonces una caja vacía que me recordara que el miedo no lleva a ningún sitio, que hay al menos que intentarlo y entonces empecé con nuevas palabras.

Ahora tengo un blog.

En la orilla

En la orilla

Sus pies casi tocaban el agua. El día amaneció frío y ni con la llegada del mediodía calentó. Llegó la tarde y allí estaba, en la orilla. Lanzó una piedra al mar. Le lanzó una piedra al sol para que se escondiera ya, pero no le hizo caso. Aún le quedaba un rato antes de irse.

Sabía que el fuego era la única salida. Todo debía arder. No podía quedar nada, ni un mínimo rastro de su presencia. No tenía fuerzas para estar allí, no estaba preparado. Llevaba días intentando entrar pero se quedaba al otro lado de la valla. Hace poco vio a alguien rondando por su cabaña, con la oreja pegada a la puerta y no contento con eso intentó forzar la entrada. Gritó y el intruso huyó.

Lo que fue ya pasó, no iba a volver. El recuerdo impregnado en aquellas paredes, duele. Al fin decidido entró y recogió lo que quedaba. Fotos, libros y alcohol… Lo apiló en la barbacoa de la casa, allí donde compartieron tantas puestas de sol sobre el mar y le prendió fuego. Se quedó hasta verlo reducido a cenizas.

Aquel había sido su refugio, su lugar para esconderse juntos, para respirar su peso. Algo le había hecho volver, aún anda averiguando qué. Sabía por qué se fue, se quebró su vida e incapaz de tomar las riendas se dejó llevar por el viento. Se embarcó y a cambio de duro trabajo a bordo, lo llevaban dando tumbos por los puertos. Se hizo a la mar. Se hizo a no tener tierra bajo sus pies más de lo necesario hasta el siguiente embarque. La soledad fue su mejor amiga, la única en realidad. Apreciaba su silencio, su presencia a su ruego.

Las cenizas volaban al viento sobre el mar. Escapaban los fantasmas a través de sus lágrimas. Me alegro de verte de vuelta le susurró ella por la espalda, ¿me has perdonado ya?