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árbol de navidad

El árbol de navidad

Cuentan de la navidad que viene con luces y adornos para el árbol de navidad. Para mí no es así. Me conformo con los titilantes reflejos que espío cuando otros encienden sus luces. Algunos colocan su árbol cerca de la ventana y yo embobada paro hipnotizada a verlos.

Mi primer recuerdo de un árbol de navidad me lleva a urgencias. Papá Noel me trajo una considerable alergia a los ácaros que hizo de mis navidades momentos tristes. Mi padre furioso lo tiró a la basura. Nunca más un árbol entró en casa. Fui el Grinch que robó la navidad a mis hermanos.

Me quedaba el consuelo del belén. Unas figuras grandes a mis pequeñas manos. No sé si fue antes o después del incidente con el árbol; se me confunde la línea temporal de recuerdos. Mi padre con toda la paciencia que pudo pintó aquellas piezas de escayola blanca dándoles vida. La cuna formaba parte de la sagrada familia, pero estaba vacía porque la virgen sonriente lleva en brazos a su pequeño. A eso había que ponerle remedio, pensé yo. La solución más sencilla era poner un niño en la cuna. Así que en mi casa la virgen tuvo un parto múltiple. Al fin y al cabo, los gemelos para mí eran lo normal porque mi madre los tuvo, y antes que ella mi abuela. Los raros eran los otros que no los tenían. La ocurrencia hizo gracia y siempre ha seguido así.

Los años pasan. Las alergias también se hacen mayores y tienen menos ganas de batalla. La niña que un día lloró al ver salir el árbol de navidad camino de la basura, volvió a hacerlo cuando un metro ochenta verde se alzaba ante ella en su casa dándole la bienvenida. Luces titilando la saludan en persona. La navidad había vuelto.

Copa de un árbol viejo

Federico, el árbol de las preguntas

Un longevo árbol en el fondo de un barranco vivía. No porque se mudara sino porque nació allí y los árboles donde nacen, morirán. Toda la vida con las mismas vistas, aunque aquellos que crezcan alto podrán ver un poco más lejos cada vez.

Este árbol al que llamaban Federico está solo en tierra de nadie. Aprendí que por la forma de sus ramas, que ya no señalan al cielo sino que se abren a los lados, es un árbol viejo. La tierra le llama. Lo de Federico es porque según cuentan los mayores, una vez un hombre así llamado fue hasta el árbol y allí murió. A partir de ese día, se fue quedando tan desgarbado como él. Algunos decían ver su cara en la corteza. A mí me daba miedo esa historia, pero dicen que quien a él acude porque tiene un quebradero de cabeza vuelve con preguntas sobre su vida que al responderlas le permiten avanzar. Mi abuela decía que era el árbol de las respuestas, porque para ella te respondía en forma de preguntas como Federico, que era de madre gallega.

A mi abuela, la historia se la contó su abuelo; hace muchos años que la gente va. Yo aún no he ido hasta él. Me he acercado a hurtadillas cuando alguien lo visita, pero no he visto nada más que un árbol. Quizá porque no tengo nada de qué hablar. Federico es más grande de lo que parece. Harían falta varios hombres para rodearlo con sus brazos. De lejos no parece tanto.

El otro día vi a tío Tomás. Se sentó entre sus raíces y apoyó su espalda en el tronco tapando su cara con las manos, como si llorara. Me sentí mal por espiarlo y como la noche se acercaba ya, volví a casa. El lucero me acompañaba mientras mis pensamientos divagaban en cómo iba un árbol a decir nada. Cosas de mayores, concluí.