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viaje a ninguna parte

El viaje a ninguna parte

El poder de las luces de colores, de la música alta. El olor a nubes de algodón de azúcar y palomitas dulces. Das tu vida por esa moneda que hará girar el jeep de Spiderman que acabas de ver pero ya es tu sueño desde que tienes memoria. El viaje a ninguna parte parece que no va a empezar nunca. Otros niños corren por la atracción hasta su montura elegida cuando suenan ya sirenas y campanas, como si el mundo llegara a su fin. Las luces parpadean al punto de la epilepsia y comienza la diversión. El mundo es un lugar maravilloso aquí y ahora.

De todos los cochecitos el tuyo luce como el más grande, el más luminoso, con más color. Tu voz suena por encima de todo aquel ruido. Sonoras risas alternadas con un ‘mírame’ mientras agitas tu manita saludando a todo aquel que mire.

Aún lo recuerdo como si fuera yo quien diera las vueltas. Mi favorito era el tiovivo, aquellos caballitos de lustrosa melena que subían y bajaban al ritmo de la música de un acordeón. Luces de todos los colores, brillos y espejos que multiplican el efecto de tanto bombillo. Vueltas y más vueltas, pocas para lo que hubiera querido. Mi caballo siempre se llamaba Orión, como el caballero que custodiaba mi sueño todas las noches de invierno. Ojalá las matemáticas se que me dieran tan bien como recordar su historia.

– ¿Me queda otra moneda?

Su pregunta me sacó del recuerdo. Asentí y ella sonrió. Había visto una ballena gigante y quería zambullirse junto a Blue en un viaje esta vez bajo el mar. Luego, ya de vuelta me contaba las historias que se imaginaba en sus viajes o por qué llamó así a la ballena. Donde yo veía vueltas ella nadaba entre sirenas y peces de colores o se enfundaba las mallas para ser la mujer araña.

Cuando perdemos la fantasía, perdemos la niñez y no lo recordamos. Es como esos sueños que te asaltan durante la noche y solo un segundo después de despertar nos abandonan para siempre, dejando solo una sensación.

El viaje terminó y tocaba volver a casa. Solo era el primer día de feria.

40 palabras bellas

40 palabras bellas

Camino como sonámbulo. El desenlace no ha podido ser peor. Tenía la esperanza de que fuera diferente, de que al general tras el inconmensurable esfuerzo realizado se le hubiera olvidado, como a nosotros, el por qué estábamos allí. El alba anunciaba un nuevo día y tras él llegó la aurora. Efímero momento de paz. Todo lo demás era superfluo, ojalá durase más esta sensación. Quizá suene a entelequia pero del otro lado de la montaña nos llegaban señales confusas, puede que por temor a mostrarse débiles. Todos queríamos lo mismo, el inefable sentimiento del fin tras un mes que se me antoja infinito.

El sempiterno dolor que habíamos causado lastraba mi alma, que aunque siendo un peón siempre pensé que podría haberme negado, pero no tuve el valor, no era esa mi misión. Mi resiliencia me ha permitido sobrevivir una vez más, aunque no sé si por mucho tiempo ya. En otra época puede que siguiera en la lucha, fuerte, hábil, pero olvido que todo lo vivido deja huella y pesa. Recuerdo con nostalgia tiempo atrás cuando mi mayor preocupación era controlar la efervescencia de mi juventud. Recuerdo a María, aquella preciosa muchacha de larga melena morena e intensa luminiscencia en el rostro cuando tímida me sonreía. Yo al menos la veía así y ahora en la soledad de mi trinchera no puedo sino añorar el melifluo sonido de su voz cuando al despedirse me dio un ósculo como esperando que sirviera de amuleto y protección.

Triste de mí, la melancolía se adueña de mi ser y lloro. Busco en mis bolsillos un pañuelo con algo de consuelo y sale entre mis dedos su colgante de libélula lapislázuli por serendipia. No puede ser sino compasión de los dioses, en los que a estas alturas ya no creo, pero una epifanía como ahora me obliga a dudar.

 

Nota: 40 de las más bellas palabras del castellano
En la orilla

En la orilla

Sus pies casi tocaban el agua. El día amaneció frío y ni con la llegada del mediodía calentó. Llegó la tarde y allí estaba, en la orilla. Lanzó una piedra al mar. Le lanzó una piedra al sol para que se escondiera ya, pero no le hizo caso. Aún le quedaba un rato antes de irse.

Sabía que el fuego era la única salida. Todo debía arder. No podía quedar nada, ni un mínimo rastro de su presencia. No tenía fuerzas para estar allí, no estaba preparado. Llevaba días intentando entrar pero se quedaba al otro lado de la valla. Hace poco vio a alguien rondando por su cabaña, con la oreja pegada a la puerta y no contento con eso intentó forzar la entrada. Gritó y el intruso huyó.

Lo que fue ya pasó, no iba a volver. El recuerdo impregnado en aquellas paredes, duele. Al fin decidido entró y recogió lo que quedaba. Fotos, libros y alcohol… Lo apiló en la barbacoa de la casa, allí donde compartieron tantas puestas de sol sobre el mar y le prendió fuego. Se quedó hasta verlo reducido a cenizas.

Aquel había sido su refugio, su lugar para esconderse juntos, para respirar su peso. Algo le había hecho volver, aún anda averiguando qué. Sabía por qué se fue, se quebró su vida e incapaz de tomar las riendas se dejó llevar por el viento. Se embarcó y a cambio de duro trabajo a bordo, lo llevaban dando tumbos por los puertos. Se hizo a la mar. Se hizo a no tener tierra bajo sus pies más de lo necesario hasta el siguiente embarque. La soledad fue su mejor amiga, la única en realidad. Apreciaba su silencio, su presencia a su ruego.

Las cenizas volaban al viento sobre el mar. Escapaban los fantasmas a través de sus lágrimas. Me alegro de verte de vuelta le susurró ella por la espalda, ¿me has perdonado ya?

2017

2017

Sí, 2017 agota sus días. No se despedirá al igual que no saludó al llegar. Solo está ahí para poner orden en nuestros días. Somos nosotros los que le damos sentido a todo esto.

Haciendo mi resumen del año revisé las fotos que he hecho. Mi primer pensamiento al verlas ha sido, Cris revisa y borra más. Lo siguiente fue un sentimiento de alegría al ver algunas de ellas. Te aseguro que son un montón. En enero me hicieron un regalo, el objeto más grande que podían poner en mis manos: una cámara de fotos. Aún me emociono al recordar cuando abrí el paquete. Menuda ilusión. Ahí empezó una vida más feliz. He recopilado algunas imágenes que podrás ver en el apartado Edana Captura, con 2017 como nombre de la selección. Mirar el mundo con mi cámara es de lo que más feliz me hace, así que intento premiarme con muchos momentos felices.

Me verás con mi fiel compañera, Nuala, cada día a mi lado, siempre esperando y siempre dando cariño o un momento parar reír. Es mi modelo favorita aunque no siempre colabore, lo que me obliga a ser más rápida que ella. Le agradezco que a su modo me ayude a mejorar. Dispuesta a jugar en cualquier momento aunque sea cogiendo piedras para después soltarlas. Con el agua tiene una relación de amor odio que no acaba de decidir, aunque yo creo que le encanta.

También he mirado mucho al cielo. Cada día. Muchas salidas y puestas de sol, lo confieso, pero todas son tan bonitas y reconfortantes que me resulta imposible no admirarlas. Su luz tan cálida merece de unos minutos para deleitarse en ella. He visto la lluvia, la luna, las nubes y el sol a través de mi cámara. Hasta un pequeño eclipse solar que señala la mano de quien tanto apoyo me da. Vi cómo llegaba el otoño, seco. Solo han caído las hojas de los árboles, porque la lluvia se ha vuelto tímida.

En el camino descubrí un gran secreto: Papá Noel, cuando acaba con su ajetreada navidad se dedica a vigilar un huerto. La agricultura es su otra gran pasión. Todos tenemos proyectos, hobbies o pasiones que nos mueven y hacen días felices.

Pero todo 2017 no fue feliz. Se me encogió el alma cuando vi una gran columna de humo y luego el fuego que arrasó algunas zonas de mi pequeña isla. Aún no he querido ir a verlo, no quiero porque sé que dolerá y de eso he tenido bastante. Lo que no volverá.

Entró en mi cocina una máquina maravillosa que me ayuda a conseguir mejores mezclas y masas con menos esfuerzo. Así que la repostería es ahora más atractiva de preparar y creo que se ha notado con tanto dulce últimamente. Retornaré a la vida salada, prometido.

El año se acaba. Gracias queridos lectores por la compañía en el trayecto, por hacer recetas, reír o llorar con lo que cuento y a veces vivo. Confío en poder seguir con ustedes en 2018. ¡Feliz año nuevo!

Mira aquí un resumen en imágenes.

Una agenda es más que un objeto

Una agenda es más que un objeto

Este 2017 se va a llevar algo más aún. Cuando acabe, se cerrará la última página de mi agenda.

He tenido muchas agendas en mi vida. No soy capaz de recordarme sin ellas. Comencé siendo una niña con aquella que regalaba unos grandes almacenes. Era pequeña y tenía un mes por página, pero me bastaba para apuntar lo que necesitaba. Con el tiempo se quedó corta y empecé a usar una que como si comiera del pastelito de Alicia, creció y creció, para con los años optimizarse en algo más manejable.

Mi agenda, mi confidente, mi memoria en papel. Exámenes, citas y por supuesto los cumpleaños. Todavía hay quien se sorprende porque me acuerdo, pero es mi aliada la que hace que te llegue puntualmente un abrazo por completar una nueva vuelta al sol. Algunos es verdad que recuerdo, pero ella siempre estuvo ahí apuntalando mi memoria.

Estos últimos años se ha vestido de colores y diseños fantásticos de la mano de mi amiga Mina. Cada día una tortuguita o unas flores merodeaban por mi mesa… pero pasaban los días y la ignoraba. Mi agenda, ese cuaderno que en otro tiempo acababa el año exhausta está aún en noviembre como joven adolescente. La tecnología también se hace con mis días. La comodidad vence a su frialdad, pero es tan práctica que no puedo dejarla a un lado.

Sé que no todo lo de antes era mejor, que las cosas cambian y hay que adaptarse pero también sé que echaré de menos despedirme del año en ella. Sé que añoraré saludar al entrante entre sus hojas y que no podré hacer mi resumen de sus 365 días en apenas una cuartilla. Esa soy yo.

Hay cosas que se van, que un día se acaban. Con el 31 de diciembre este año desaparecerá mi agenda y creo merecido el homenaje a su discreción, a su saber estar, a su omnipresencia.

Gracias por los servicios prestados.

el globo terráqueo

El globo terráqueo

La pequeña Lucía jugaba huyendo del aburrimiento con el viejo globo terráqueo de su abuelo. No sé cómo aún se mantenía en su pedestal y era capaz de girar sin salirse del eje. El abuelo siempre decía que no era un objeto para la estantería sino un juguete más. Sus ojos brillaban cuando ella le daba vueltas y lo paraba intentando acertar, al menos en tierra, mientras permanecía con los ojos cerrados. A veces él le pedía que parase el globo en un país concreto. Menuda fiesta hacían entonces. Era la niña de 6 años que más sabía de geografía.

Yo estaba en la cocina haciendo unas galletas para celebrar la semana que había pasado y de repente los oí gritar: ¡México! Carcajadas brotaron de sus gargantas y luego nombraban otros países de la zona. Eran dos chiquillos felices, con una gran diferencia de edad; 80, nada menos, pero a veces no sé quién era más adulto. Cuántas buenas tardes, cuántos recuerdos en torno a ese globo. Quizá con algún año más jugué del mismo modo. Me encantaba verlo girar, descubrir países y mares. Pasar mi dedo por las costas y soñar cómo sería ir allí. Mi padre me contaba historias de lugares remotos, de países al otro lado del mundo.

La lluvia cesó y Lucía vino corriendo a pedirme que la dejara salir con sus botas de agua a pisar charcos. Quería estrenarlas desde su cumpleaños pero no había llovido. Un otoño seco. Asentí con la complicidad del abuelo que también había venido en apoyo de la pequeña. Apenas un minuto después ya se había calzado sus botas azules de agua e intentaba ponerse el abrigo mientras un paraguas hacía equilibrio en su otra mano.

Seguí con mi tarea. Me estaba costando más de lo que pensaba porque no tenía el molde que quería para hacer una galleta especial. Una que llevaría un mensaje muy esperado: en unos meses, Lucía tendría un hermanito.

 

 

ochenta años

Ochenta años

Mi madre, una mujer que cumple ya ochenta años. Hija en plena guerra, educada para ser mujer de la casa: coser, cocinar, parir, criar… Una vida para otros, por otros, poco para sí.

Sin embargo y a pesar de su breves conocimientos de esos que se aprenden en la escuela, me enseñó muchas cosas, posiblemente sin saberlo. Mi madre me enseñó a comer sano y de todo. Me hizo un hueco en su cocina como pinche cuando hacía postres. Me encantaba ayudarla porque al final podía rebañar el bol donde hacía el queque o aquellas tartas de crema y piña con las que todos hemos crecido. Las tartas de manzana me las dejaba decorar porque yo las hacía más bonitas. Aprendí que cualquiera puede enseñarte algo, que de todo se aprende. Siempre la admiré por cómo conocía las piezas de carne; sabía más que nadie.

Aprendí que ser madre es una opción para la mujer, no una obligación. Todo un regalo, sin duda. Es algo que se puede elegir sin que eso merme lo que eres, y aunque ella hubiera sido feliz con algunos nietos más, su frase para todo siempre ha sido: si eres feliz, eso es lo que me importa. Después que tuvo hijos solo vive para ellos, por ellos y si pudiera en lugar de ellos para evitarles sufrimiento.

Descubrí que no hay que poner la otra mejilla, que no hay por qué creer en la Iglesia, que a dios se le puede seguir de varias maneras, o de ninguna. Que el respeto a los otros es importante y la imagen que damos de nosotros es nuestra carta de presentación en todos los campos. Siempre me llevó de punta en blanco, incluso con ropa que hacía para mí con los patrones del ‘Burda‘. De ellos salieron muchas prendas, pero recuerdo un vestido de fiesta, con el cuerpo rojo y la falda larga de fondo oscuro con unas florecillas blancas y rojas alineadas que me encantaba. Tejía por la noche, cuando tenía un hueco, a una o dos agujas. Aún hoy lo hace, y alguna manta y patucos para calentarme los pies en invierno atesoro en mis cajones.

Ahora es ella la que se sorprende por lo que cocino, por lo que intento hacer y logro. Se alegra por lo que he vivido, por la vida que decidí llevar para ser feliz. Entonces sonríe por entender que después de todo no lo hizo nada mal.

Felicidades por esos ochenta años, mamá.

No lo recuerdo

No lo recuerdo

Perdona, es posible que cada vez que te vea pregunte tu nombre por lo menos dos veces, pero no lo recuerdo. Tampoco sé que hago aquí ni cómo llegué. La memoria me es esquiva y caprichosa. Sé que ayer tomé pastel, pero también que puede que no fuera ayer sino hace días o semanas. Es difícil concentrarse cuando todo lo que viene a tu mente flota difuso en la línea temporal. Es difícil vivir cuando no sabes si lo que precisas estará ahí en el momento adecuado porque no lo recordarás. Por eso preguntaré tu nombre mientras intente hacerme con esta mente descontrolada.

Posiblemente cuando ya no me importe dejaré de hacerlo. Quizá no recuerde que debería saberlo, o al menos intentarlo. Entonces ya no creo que vuelva más a ser yo y te miraré sin saber quién eres ni qué quieres de mi. Dicen que recuerdas tu infancia con más claridad que el ahora, cosas sueltas que acuden por la presencia de un olor o un sonido muy anclado en la memoria. Los olores tienen ese poder. Siempre que hacía magdalenas su olor me transportaba a la cocina de mi abuela. Una mujer grande a pesar de todos los años que llevaba encima, de tantos hijos paridos, de tantos hijos perdidos. Siempre con una sonrisa cuando preparaba aquellas deliciosas magdalenas. Era como si a ella ese olor la llevara a un momento feliz y se ausentara de su dolor.

Ahora llevo una nota arrugada en el bolsillo con mi nombre y dirección, el número del móvil de mi hija y un aviso de alergia a los antibióticos. Ya me he perdido varias veces y me han tenido que ayudar a volver. No recuerdo quiénes fueron, pero se lo agradezco. En el colegio llevaba una etiqueta cosida en el jersey azul del uniforme. Mi madre se acostumbró a poner etiquetas en mis cosas. Vuelvo a ser un niño.

Por la noche, ya en la cama, cuando elijo un pensamiento para dormir pienso que quizá por la mañana no recuerde que debo despertar y así todo termine. No sé si hoy lo hice o si ya voy de camino a ese más allá que nos prometieron a los que quisimos creerlo.

  • Perdone, no recuerdo su nombre.
  • Es que no nos conocemos, pero sé que me esperaba.
  • Gracias por venir.
Su piano

Su piano

Hubo un tiempo en el que la dulce Beatriz le dedicaba al menos una hora cada tarde. El resto, casi ni lo miraban, pero a él no le importaba porque solo esperaba a Beatriz. Él se sentía su piano, solo de ella.

Cuando empezó era tan pequeña que sus pies colgaban del banco, pero aún así era capaz de conseguir algunas melodías que le hicieran vibrar. Su profesora no tenía que enfadarse con ella ni marcarle trabajo para la próxima clase porque ella haría mucho más.

Esa niña aplicada y apasionada por la música creció. Poco a poco la fue dejando a un lado y con ella el piano. Cuando estaba triste se sentaba en el mismo banco que antaño; sus pies ya llegaban a los pedales con holgura. Tocaba entonces canciones tristes.

Con el tiempo el piano llegó a molestar en la casa. Beatriz se había marchado a estudiar al extranjero y no volvía sino unos días para Navidad. La familia se deshizo de él y vagó por varios locales de música en directo, sonando ahora con otros acordes. Descubrió un nuevo mundo. Un mundo que tenía los días contados.

Acabó enmudecido, en un rincón, olvidado. Habían intentado hacerle recuperar su buena cara para que llenara aquel espacio. Un piano como él y solo era objeto de decoración. Se olvidó de cómo sonaba. Sus recuerdos de mejores tiempos se habían desdibujado hasta parecer un sueño. Le quedaban marcas de algún vaso que alguien dejó mientras acariciaba sus teclas y el hielo se derretía por el calor del local. Algún cigarrillo había llegado a su fin contra su madera negra ahora desgastada. Solo servía ya para acumular polvo.

No supo más de Beatriz pero la recordaba y le quedaba la esperanza de volver a sentir sus manos, de volver a ser su piano.

82 años

82 años de Munguía, el cartero

Quisiera ser tan alto como la luna… ¡Cómo se nos queda en la memoria ese cancionero aprendido cuando éramos niños! Llevan impresos olores y sabores únicos. Nunca nos vuelve a saber nada como entonces, aunque pasen muchos años siempre recordaremos eso. Es curiosa la memoria, caprichosa incluso.

Hoy cumple 82 años un hombre. Un hombre que ha dado su vida por sus hijos. Un hombre de sonrisa fácil, con un chiste o una anécdota siempre lista para contar a quien quiera escuchar. Alguien amable con todos que no entendía las cosas mal hechas. Hijo de posguerra disfrutaba ante un buen plato en la mesa y siempre tenía un hueco para más.

Los años pasan, su vida se hace plena y aunque no se hablaba de crisis, con un sueldo no bastaba para alimentar a la prole. Un trabajo de mañana y otro de tarde. Yo corría a darle un beso cuando llegaba. Él era feliz. Yo era feliz. Sin tiempo para dar más. Los deberes eran cosa mía, ni podía ni sabría cómo ayudarme. Su acceso al colegio se limitaba a lo que podía escuchar a través de la pared de su habitación que daba a la escuela, siempre que no tuviera que ir a trabajar al campo. No era esclavitud, era lo que había. Aún así, aprendió a leer, a escribir y con los años hasta hizo algún curso a través de la radio.

De profesión cartero. Dame una dirección y llegaré. Eso lo aprendí de él. Me enseñó a usar un callejero, a ver un mapa. A no perderme si sabía a dónde tenía que llegar.

Ahora soy yo quien le guía. Los años no perdonan. Nunca fue de pedir ayuda, decir te quiero, o de quejarse. Pero su molido cuerpo hoy sí se queja, aunque su alma sigue siendo joven, quizá por ansia de vivir quizá por no reconocerse ante el espejo. Supongo que siempre nos quedan cosas por hacer y nunca queremos pensar que esto se acaba, todavía no, es pronto…

Hoy, ese hombre al que quiero, cumple 82 años. Felicidades papá.