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Primera vuelta al sol

Primera vuelta al sol

Llevo un año en la luz. Hoy se completa mi primera vuelta al sol como Edana Cuenta. Soy feliz. Me queda mucho por hacer y me gustaría que estuvieras ahí para verlo.

Este año te presenté a mis padres por sus cumpleaños. Pocas veces regalos tan personales han sido públicos y sin embargo me alegro de haberlo hecho. Sé que mi padre lo leyó mil veces y que cada palabra era una tirita que le aliviaba su maltrecho cuerpo. Soy tan feliz de haberlo escrito que la emoción me puede. Gracias por no sufrir más, ‘pa’.

Sé que mi madre se reconoció en cada palabra escrita y a su modo me lo agradeció. Una mujer que puede estar orgullosa de las cuatro joyas que sacó adelante. Gracias, ‘ma’.

Juntos hemos viajado por el abecedario y visto otros países en bicicleta. Hemos recogido los trozos de corazones rotos viendo cómo el sol se oculta, y hasta hemos muerto. Vimos por otros ojos que pintaban hermosos lienzos o cosían barcos y faros. Soñamos con que nos sacaran del estanque con un beso, yendo felices con un sombrero rojo a chapotear tras la lluvia con nuestras botas de agua.

Nadamos, volamos y hasta fuimos astronautas. Todo en Edana Cuenta. Relatos que alimentan la mente porque al cuerpo bien que te gusta darle dulce. Sí, me confieso también culpable. Pero ahora con las fechas que llegan será difícil no seguir con él, aunque eso sí, cada vez con menos azúcar. También tengo salado y muy rico.

Además has visto a Nuala, el tercer miembro de mi pequeña familia. Una adorable y mimosa labradora. Adoro a ese animal y aún hoy, más de 4 años con ella, digo eso de, ¡quién me ha visto…!

Pero las fotos no han sido solo a ella. El cielo y la naturaleza han posado para mí. Voy por la calle viendo fotos por hacer en todos lados, temas en los que centrarme y que poco a poco voy fotografiando. Es un vicio que me cautiva. Cojo la cámara y me olvido del mundo. Es maravilloso.

Gracias a quien comparte su vida conmigo cada día y pasa de puntillas cuando estoy con mis fotos, o parando sin rechistar cuando necesito captar ese momento durante un paseo. Gracias por ser mi conejillo de indias con mis recetas, por decirme lo bueno y lo malo. Por ser, por estar, por amar.

Todo un año que ha dado para mucho. ¿Vamos a por otro año más?

el globo terráqueo

El globo terráqueo

La pequeña Lucía jugaba huyendo del aburrimiento con el viejo globo terráqueo de su abuelo. No sé cómo aún se mantenía en su pedestal y era capaz de girar sin salirse del eje. El abuelo siempre decía que no era un objeto para la estantería sino un juguete más. Sus ojos brillaban cuando ella le daba vueltas y lo paraba intentando acertar, al menos en tierra, mientras permanecía con los ojos cerrados. A veces él le pedía que parase el globo en un país concreto. Menuda fiesta hacían entonces. Era la niña de 6 años que más sabía de geografía.

Yo estaba en la cocina haciendo unas galletas para celebrar la semana que había pasado y de repente los oí gritar: ¡México! Carcajadas brotaron de sus gargantas y luego nombraban otros países de la zona. Eran dos chiquillos felices, con una gran diferencia de edad; 80, nada menos, pero a veces no sé quién era más adulto. Cuántas buenas tardes, cuántos recuerdos en torno a ese globo. Quizá con algún año más jugué del mismo modo. Me encantaba verlo girar, descubrir países y mares. Pasar mi dedo por las costas y soñar cómo sería ir allí. Mi padre me contaba historias de lugares remotos, de países al otro lado del mundo.

La lluvia cesó y Lucía vino corriendo a pedirme que la dejara salir con sus botas de agua a pisar charcos. Quería estrenarlas desde su cumpleaños pero no había llovido. Un otoño seco. Asentí con la complicidad del abuelo que también había venido en apoyo de la pequeña. Apenas un minuto después ya se había calzado sus botas azules de agua e intentaba ponerse el abrigo mientras un paraguas hacía equilibrio en su otra mano.

Seguí con mi tarea. Me estaba costando más de lo que pensaba porque no tenía el molde que quería para hacer una galleta especial. Una que llevaría un mensaje muy esperado: en unos meses, Lucía tendría un hermanito.

 

 

las bicicletas son para el verano

Las bicicletas son para el verano

Dicen que ‘las bicicletas son para el verano’ y como ya es otoño pues no sé qué será de mí ahora. Es mi primer año aquí y desconozco qué harán conmigo.

Se acabó el verano pero aún hace calor. Aunque hablan de la eterna primavera y el buen tiempo, los niños ya no juegan como en las vacaciones. Cuando llegué el verano aún ni se soñaba. Mi niña me sacó de paseo. Había muchos colores vibrantes, gente risueña y luces. Fueron días maravillosos. Pasábamos horas en la calle aunque el sol se iba pronto. Parques y paseos, ida y vuelta. Daba igual el viento a favor o en contra. Yo, rápida como el rayo me dejaba llevar por ella. Luego paró. Me dejó aquí, en este balcón. Para mi fue una eternidad, pero por fin vino a por mí. Me dejó brillando y comenzamos lo que sería la época más feliz de mi vida.

Cambiamos de casa y otros niños se unieron a nosotras en locas carreras. Largos paseos hacia el sol como los aventureros. Calle arriba calle abajo en el pueblo. La diversión estaba asegurada. Sin reloj, sin prisa, todo el día juntas.

Pero sí, las bicicletas son para el verano, ahora lo sé. Volvimos a casa y aquí estoy, nuevamente en el balcón, olvidada. Este no es lugar para una bicicleta. Mi sitio está en la calle, me da igual un parque, o a campo través. Lo que me gusta es sentir el viento en los radios, que los pedales hagan dar mil vueltas a las ruedas.

Ella a veces se asoma y me mira añorando otros tiempos, pero cierra y se va. Se sienta con la cabeza entre libros y nada más. Ayer dejaron la puerta abierta por el calor y les oí algo de un trastero. No sé si será divertido o el nombre de otro lugar en el que disfrutar de nuevas aventuras. Mientras tanto aquí aguardo a otro verano.

La escalera de Noelia

La escalera de Noelia

La primera vez que, Javier, el agente inmobiliario me enseñó la casa, eché un vistazo rápido mientras él atendía una llamada. De entrada, todo estaba correcto pero me llamó la atención el que hubiera más puertas que estancias de las anunciadas. Me inquietaba porque una habitación con dos puertas supondría más obras por hacer para cerrar una. Me imaginé las puertas numeradas como en los concursos y tuviera que elegir cuál quería y cual desechaba.

Poco a poco me fue mostrando la vivienda, no era ni muy grande ni pequeña. Tenía el tamaño justo para mi hija, mi gata y yo. Más espacio era más trabajo y no cuento con tiempo extra para dedicarle a una casa, por muy mía que fuera. Al fin me iba a comprar un techo.

Ya habíamos visto todo lo esperado y aún quedaba una puerta por abrir. Tenía llave y pestillo. ¿Pero, por favor, es que hay bestias ahí? ¿Da a un foso? Mi cara debió mostrar mis pensamientos y Javier me dijo riendo: no tengas miedo, es un extra de la casa. Tras la misteriosa puerta se escondía una escalera de madera estrecha y tan empinada que me hizo recordar a la de los barcos. Era fascinante. Allí, encajada entre dos paredes, con una huella minúscula, una contrahuella más alta de lo habitual y sin apenas rellano al subir. La altura a salvar era mucha para tan poco espacio. Ascendimos cuidando de no golpear nuestras cabezas con el saliente del piso superior.

Arriba esperaba lo que imagino fue antaño la azotea. Sus anteriores dueños la habían cerrado dejando un pequeño balcón con vistas al mar. No podía creerlo. Sin dudarlo un segundo le dije: es mía. La quiero. Había tanto por hacer que tardaría algún tiempo en decidir qué pondría en aquel lugar. Para mí era especial, allí escondido y con aquellas vistas. Era como la casa del árbol en la que los niños se reunían para imaginar grandes historias.

La bajada por aquella angosta escalera fue más difícil de lo que esperaba y acabé con los tacones en una mano. Con cuidado y de lado me agarré al pasamanos para no terminar de bruces en el suelo. Era cuestión de práctica, pero lo mejor es que por fin la había encontrado. Ya tengo mi casa.

Ser rana

Ser rana

Soy un príncipe camuflado. Esperaba algunos besos más. Quizá esto de ser rana no sea tan divertido como pensaba. Como humano no me comía una rosca, aunque mi madre cuando era pequeño decía eso de, ¡ay qué niño tan lindo! El resto al verme se quedaban en un, qué simpático, qué ojazos… Me explico, ¿verdad? Sí, la belleza no pasó por mi cara. Así que pensé que siendo rana tendría más suerte de ser besado. Leí muchos cuentos de pequeño porque ni los niños querían jugar conmigo. Mi madre decía que eran tontos porque no veían más allá. Yo no lo entendía.

Descubrí todo un mundo de aventuras. Me pasaba las horas leyendo. En mis cuentos había princesas que besaban ranas y vivían felices para siempre, así que creí que si era una rana alguna princesa se fijaría en mí. Iluso, ahora lo sé. Pero estaba tan desesperado que acudí al hada de los cuentos y supliqué ser rana aunque solo fuera por probar la experiencia.

Así que ahora vivo en una pequeña charca. Soy el rey del lugar, un rey sin corona, un príncipe sin beso. Los cuentos son historias bobas. ¿Será que saben que no soy de la realeza y por eso no me quieren besar? ¿Seré acaso una rana fea?

Es difícil ser rana, sobre todo aburrido. Croac croac es toda la conversación que puedo tener, ¿se imaginan? Ser rana con mente humana es horrible. Prefiero seguir con mi vida de humano sin reino pero con algo más de charla. Ya sé que las princesas de los cuentos no existen. El hada me lo advirtió, por suerte la magia es temporal y volveré a mi ser.

Adiós charca, adiós. No más moscas. Me vuelvo a la vida fuera del agua, que no digan que no lo intenté. Ahora sé que no es verdad lo que cuentan los cuentos: no hay princesas que besen ranas. Nadie besa ranas.

Te guardé un atardecer

Te guardé un atardecer

Te guardé un atardecer. Todo un Sol que se esconde poniendo fin al día.

Llegué pronto para asegurarme que todo estaba en su sitio; como si el Sol fuese a faltar a su cita. Estábamos él y yo frente al mar. Elegí un buen banco desde el que ver el espectáculo. Probablemente lo puso allí un romántico, un enamorado de las puestas de Sol como yo. Un montón de estrellas aguardaban para el segundo acto.

Se acercaba la hora y tú, impuntual como sueles, no llegabas. Miraba la hora, el móvil, al Sol, pero seguías sin venir. El tiempo no se detiene, La Tierra gira para que el día llegue a otro lugar.

Pero yo sigo solo.

No entiendo dónde puedes estar. Dónde quieres estar si no es aquí, conmigo. El Sol se esconde sin querer hacerlo. Se esconde porque no quiere verme solo, triste. Se ha ido ya. Apenas quedan unos rayos y no has venido.

Creo que mi error fue citarte diciendo ‘tenemos que hablar’. No sé qué pensaste, nada bueno supongo. Te iba a dar la llave de mi casa, la de mi corazón ya la tenías. Cambiaré de cerradura porque esa puerta ya no abre más para ti. Alguna vez que te insinué que vinieras a vivir conmigo esquivabas el tema, pero no creí que huyeras así de mí.

Te guardé un atardecer, un Sol escondido y lo despreciaste. No apareciste. No hubo una llamada con una disculpa. Nada, ni siquiera respondías a mis llamadas, solo colgabas.

Las estrellas lucen perplejas al verme llorar en medio de la calle. Ahora sé que no hay futuro juntos, pero hubiera preferido no enterarme así. Estaba preparado para un ‘todavía no’, un ‘quizá más adelante’, pero no para esto. Hasta un ‘no’ lo habría podido encajar, pero este vacío que me dejas sin tan siquiera hacer la pregunta me mata.

Cada puesta de Sol será amarga, pero cada vez un poco menos. Y así un día tras otro hasta que no recuerde tu ausencia. Un día sé que volveré y el Sol se pondrá para mí sin pena. Las estrellas danzarán felices porque alguien me habrá guardado un atardecer.

Lluvia

Lluvia

Y llegó la lluvia. Imperdonablemente tarde, sin educación, pero estoy contento.

Cumpliendo otra vuelta más al sol he visto mi deseo envuelto en una caja con un gran lazo. Qué ilusión. Me he emocionado al recibirla. Mis manos temblaban mientras despacio abría mi presente. Mil recuerdos han venido a mi mente, supongo que con la edad se atesoran más momentos. Toda la emoción junta me ha empañado la vista y he tenido que parar unos segundos para tomar aire y secar mis ojos.

Mis hijos se rieron de mí cuando las pedí por mi cumpleaños, pero siempre quise tener unas. A ellos se las comprábamos casi todos los años por su tendencia a meterse en todos los charcos. Yo las miraba con el desconsuelo de un niño ante un bote de chucherías, pero no las compraba porque yo no chapoteaba. Ahora que ya tengo de todo, incluida toda una vida a la espalda, lo único que añoro son unas botas de agua. Por fin en mis manos y con la agilidad que mi cuerpo me permite me las calzo. Quiero salir a la calle.

Torpemente me abrigo. Me calo la gorra y salgo. Me miran y ríen como hacía yo cuando sus caritas se iluminaban con la primera bicicleta, con aquella muñeca y sus complementos, el barco pirata… cuánta ilusión vivimos.

Por fin al aire libre y el cielo gris amenaza. No hay grandes charcos pero todo está mojado, alguno encontraré. Camino animado y ligero por mi paseo habitual. Sé que al pie de un viejo laurel de indias, allí donde sus raíces han deformado el suelo, el agua queda atrapada. Chapoteo y río, mi perro extrañado me imita, pero él no tiene botas de agua como yo. Se aparta de mí y se sacude mirándome aún sin entenderlo. Una carcajada explota de mi pecho por la emoción contenida.

Cansado voy a mi banco a sentarme… está empapado. La lluvia no respeta nada. Vuelvo a casa, hoy no me importa. Llevo mis botas de agua.

Querido decepcionado, el amor te espera

Querido decepcionado:

Siento que otro año estés solo por San Valentín. De nada sirvió tu ropa interior roja para dar la bienvenida al año nuevo. Por nada pusiste tu vida en peligro mientras comías las uvas con el pie derecho adelantado y calzando tus mejores zapatos. Y todo mientras tras pedir salud con la primera campanada, pedías amor con la segunda. Pero amor del bueno, del correspondido, del que mariposea en tu estómago cuando la vieras. Amor del de toda la vida, para envejecer a su lado mientras cada vez es más hermosa. Suspiras por ello.

Una vez fuiste dichoso y llegaste a rozar tu deseo, pero se deshizo la magia como humo. Lo ves y ya no lo ves. Apenado has pasado tu luto por el amor que pudo haber sido.

Ahora quieres amar, decir te quiero amor. Lo sé. Te escucho. Veo cómo buscas ese encuentro casual, ese tropiezo fortuito de anuncio que te descubra esos ojos de los que ya estás enamorado.

Puedo decirte que estás cerca de lograrlo, pero te ciega tu sueño y no la ves. Ella a ti tampoco. Ya no sé qué más flechas lanzar. Creo que te clavaré al suelo para que estés allí cuando ella pase y así tenga que verte. Será mi última flecha, espero que esta vez sea la buena.

Atentamente, Cupido.

su risa

Su risa

Recuerdo con tal nitidez su risa en nuestra primera cita que miro a los lados buscándola. Cuando nos sentamos y el camarero se acercó, le pregunté si quería vino. Dijo un tímido no que en realidad descubrió un sí, cuando trajeron solo una copa. Entonces dijo, solo una que se me suelta la risa. Menuda risa.

Si su sonrisa era preciosa, la risa que salía de aquella mujer podría alegrar el mundo entero. Solo con eso me enamoró. Inocente, limpia y sincera, la más alegre que en mi vida he escuchado y dudo que otra suene igual. Cómo no amarla. Por suerte para mí, tras unos años juntos, me respondió sí apostillando, ¡cuánto has tardado! Y rió.

De esa primera cita a hoy han pasado 30 años. La vida nos ha tratado bien. Hasta hoy. Anoche volvíamos de celebrarlo. Una cena con velas, una delicia de platos y una copa de vino como aquella vez. Su risa estaba desbordada por la emoción y recordaba cada instante aún con más detalle que yo. Paseamos abrigados y agarrados como dos jovenzuelos besuqueándonos en un portal. Maravilloso. Más feliz que la primera vez porque ahora sabía que mi amor era para ella y el suyo para mí, para siempre.

No sabía que siempre fuera tan breve. Volvíamos en el coche y por el retrovisor vi luces de varios vehículos que se acercaban deprisa, demasiado. El segundo no pudo esquivarnos cuando trató de adelantarnos y tras un golpe salimos disparados de la carretera sin que pudiera hacer nada.

Ahora me siento flotar, supongo que serán los calmantes porque a veces me duele todo el cuerpo mucho y al poco desaparece todo recuerdo del dolor. En medio de sonidos que no reconozco la oigo, pero no ríe. Llora ahogadamente. Al menos sé que está bien, aunque creo que no opinaría lo mismo. Una lágrima sale de mis ojos, yo lo que quiero es oírla reír y marcharme en paz. Entonces la oigo sonreír.

Todo se apaga y lo que soy se desvanece, me voy.

taller de pintura

Taller de pintura

Era una mañana fría y lluviosa. Caminaba ligera de vuelta a casa cuando llamó mi atención un local social de piedra vista que con la puerta abierta mostraba un taller de pintura.

Una señora de espaldas a la puerta pintaba un cuadro. Ya le quedaba poco para terminarlo, al menos a mis inexpertos ojos. Estaba entregada a su tarea. Otra mujer envuelta en una bata blanca chispeada con el recuerdo de decenas de obras anteriores estaba casi bajo el dintel. Me miró con una mirada interrogante porque me había parado a observarlas. Viéndome descubierta en mi curiosidad la felicité por su hobby alabándole la actividad de entretenimiento. A su obra aún le faltaba bastante, pero se perfilaba un paisaje.

La primera mujer que llamó mi atención se giró entonces acercándose a mí con curiosidad. Sobre su ropa llevaba una bata negra de lunares blancos salpicada también por el uso. Era aún más longeva. No confesó su edad pero sí que pasaba de los 80. Lúcida, alegre. Admirada por su entusiasmo y para dejarme aún más feliz, me contó su agenda de actividades semanal y lo fastidiada que se había quedado cuando por tener la tensión a 19 tuvo que quedarse en casa varios días.

Me contó que el secreto está en que la cabeza se mantenga activa. Si la cabeza dice no, el resto del cuerpo entrará en caída libre en un despropósito continuo. Y lo dice con una sonrisa de quien se sabe descubridora en su vida de mucha sabiduría. Su pequeño pincel con pintura azul se sostenía con firmeza en su delgada mano. Sus ojos tras unas grandes gafas brillaban felices.

No pude más que decirle alabanzas y felicitaciones. Admiración sincera que le trasmití desde el cariño que aquella menuda y amable mujer me despertaba. Su pasión, su entereza, su firme línea de acción. Feliz se despidió de mi y continuó en su obra.

Yo de mayor quiero ser así, aunque por favor no me pongan un pincel en la mano que me bloqueo. Con que el pulso me dé para sostener una cámara está bien. Así, mi amiga Laura y yo nos podremos ir a capturar y mostrar el mundo tal como lo vemos.