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De la A a la Z

De la ‘A’ a la ‘Z’

Después de décadas de disputas entre la familia y el pequeño ayuntamiento, el viejo edificio que una vez albergó la primera escuela será demolido. La profesora artífice de que esa pequeña aula fuera mucho más, la señorita Amparo, se ganó el respeto y el cariño de todo el pueblo, y al año de fallecer levantaron una discreta estatua en la plaza junto a su obra. Era menuda, con su pelo recogido en un moño y las gafas colgando al cuello harta de perderlas en cualquier parte. En su mano izquierda, un libro titulado De la ‘A’ a la ‘Z’. Era lectura obligada para todo el que pasaba por su clase. En la derecha un alumno, el primero que tuvo, su hijo.

Ahora que han decidido demolerlo permitieron entrar a verlo. El espacio estaba sucio después de tanto tiempo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad un escalofrío me recorrió la espalda. Todos los pupitres estaban allí, esperando a ser ocupados. En la pizarra aún se adivinaban algunas sumas y restas pendientes de solución. En un rincón el esqueleto con un brazo y la mandíbula en el suelo, cansado de esperar, supongo.

Solo un juguete antiguo medio roto permanecía encima de un pupitre aguardando que su dueño volviera a jugar con él. Era uno de esos cochecitos metálicos: todo un camión de bomberos con su campana, que aún sonaba tras limpiarla un poco, y su escalera. Por debajo, raspado, se leía el nombre de Miguel. Cuánta molestia se había tomado en ponerle su nombre para luego dejarlo allí, pensé. El juguete quedó olvidado aquel día. El día de la excursión. El día en que todo acabó para ellos. El fatídico día que el pueblo enmudeció para luego explotar en llanto. Nadie habla de eso, pero todos se lo ven en los ojos de quiénes lo vivieron.

El autobús que salió pero nunca volvió. Un vuelco en la cuneta y adiós para siempre.

La sonrisa de Olga

La sonrisa de Olga

Salia yo distraída de un centro comercial, cuando la sonrisa de una voluntaria detrás de una hucha me asaltó, sacándome del mundo en el que quedé encerrada días atrás. Las malas noticias, las peores noticias nos encierran en lugares oscuros y sin aire.

Aún el nudo en el estómago me apretaba contra las costillas como si una bola de acero golpeara una y otra vez ahí. Tenía un tapón que bloqueaba cualquier intento de sentir.

Un agresivo cáncer apareció en la familia y aún estábamos por digerirlo. Cuesta verbalizarlo casi tanto como escucharlo, a pesar del esfuerzo de muchos médicos de suavizar el golpe usando palabras menos agresivas. Pero es lo que es.

Así, que en un vano proyecto de distracción paseando entre gente y tiendas, Olga me sacó de mi burbuja oscura. Pedía, sacudiendo la hucha, colaboración por pequeña que fuera. No sé qué cara puse, pero me leyó en la expresión lo que me rondaba. Asentí contenida y me preguntó quién y qué. Ante mi respuesta habló de sus 7 operaciones, que en breve serían 8. Pero ella allí seguía, con una sonrisa sincera como arma, contando su historia. La superación hecha persona, el ánimo en lo alto. Generosa en sus palabras, en su afecto, sin quitar un ápice de dolor o importancia. Afrontando la carga como el que lleva un simple sombrero de paja. Una fortaleza de la que yo carecía en aquellos momentos. Jamás me he alegrado tanto de pararme ante un desconocido.

Desarmada, sentí que el tapón comenzaba a salir. Dejé de ver claro por las lágrimas que brotaban, y ella se emocionaba conmigo. Le pedí un abrazo y dejando la hucha en la mesa me abrazó. No todo el mundo sabe hacerlo. Olga sí. Ojalá Olga siga siendo Olga, y saque de la oscuridad a los perdidos en ella, porque del cáncer se puede salir.

82 años

82 años de Munguía, el cartero

Quisiera ser tan alto como la luna… ¡Cómo se nos queda en la memoria ese cancionero aprendido cuando éramos niños! Llevan impresos olores y sabores únicos. Nunca nos vuelve a saber nada como entonces, aunque pasen muchos años siempre recordaremos eso. Es curiosa la memoria, caprichosa incluso.

Hoy cumple 82 años un hombre. Un hombre que ha dado su vida por sus hijos. Un hombre de sonrisa fácil, con un chiste o una anécdota siempre lista para contar a quien quiera escuchar. Alguien amable con todos que no entendía las cosas mal hechas. Hijo de posguerra disfrutaba ante un buen plato en la mesa y siempre tenía un hueco para más.

Los años pasan, su vida se hace plena y aunque no se hablaba de crisis, con un sueldo no bastaba para alimentar a la prole. Un trabajo de mañana y otro de tarde. Yo corría a darle un beso cuando llegaba. Él era feliz. Yo era feliz. Sin tiempo para dar más. Los deberes eran cosa mía, ni podía ni sabría cómo ayudarme. Su acceso al colegio se limitaba a lo que podía escuchar a través de la pared de su habitación que daba a la escuela, siempre que no tuviera que ir a trabajar al campo. No era esclavitud, era lo que había. Aún así, aprendió a leer, a escribir y con los años hasta hizo algún curso a través de la radio.

De profesión cartero. Dame una dirección y llegaré. Eso lo aprendí de él. Me enseñó a usar un callejero, a ver un mapa. A no perderme si sabía a dónde tenía que llegar.

Ahora soy yo quien le guía. Los años no perdonan. Nunca fue de pedir ayuda, decir te quiero, o de quejarse. Pero su molido cuerpo hoy sí se queja, aunque su alma sigue siendo joven, quizá por ansia de vivir quizá por no reconocerse ante el espejo. Supongo que siempre nos quedan cosas por hacer y nunca queremos pensar que esto se acaba, todavía no, es pronto…

Hoy, ese hombre al que quiero, cumple 82 años. Felicidades papá.