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Día de la madre

Cada vez que llega el primer domingo de mayo no puedo evitar acordarme de ti. El día de la madre resuena por todas partes y me llegan mensajes con ideas para regalarte: perfumes, bolsos, un bonito vestido floral… Pero tú ya sabes que nunca te haría un regalo.

No sé si vives o si, ojalá, te has muerto ya. La suerte de verte cara a cara no la tuve nunca. Muchos me dicen que con dejarme en aquel cubo de basura hiciste lo mejor para mí, aunque había cientos de lugares mejores. No sé si solo querías abandonarme o que muriera.

No, no quiero a la madre que me parió, porque esa no fue jamás mi madre.

Cuando nací era más pequeño, más flaco, más débil de lo que cabría esperar. Es probable que ni siquiera tuviera los nueves meses pero ya no podrías esconderme más, o quizá yo, sabiendo que no me querías simplemente huí de ti en cuanto reuní la fuerza suficiente para alejarme.

El primer domingo de mayo, de hace ya unos años, mis padres me sentaron en casa y me contaron la historia terrible de cómo vine al mundo. Empezaron dando un gran rodeo y titubeaban para elegir las palabras. Entiendo que contarle al que crías y quieres como se debe querer a un hijo, no es fácil decirle algo así. Al final, cuando se quedaron sin palabras, sacaron unos recortes de prensa en los que yo era el protagonista.

Sabía que era adoptado desde siempre, nunca me lo ocultaron y lo entendí sin trauma. Pero esto es más de lo que se puede soportar. Soy incapaz de entenderte, de comprender tu situación para llegar a eso.

Confieso que me quedé en shock, pero al ver dos lágrimas en sus caras, solo pude darles un abrazo interminable. Mis primeras palabras entre sollozos fueron: feliz día de la madre, a ti sí.

viaje

El viaje

Dicen que la vida es un viaje. Uno maravilloso. Comenzamos naciendo, luego crecemos y finalmente, morimos. Lamento el spoiler, aunque creo que no pillaré a nadie por sorpresa. Creo que de todo eso lo más fácil es nacer. Te viene dado. Pasas 9 meses flotando, bien cobijado y a cambio solo tienes que dar unas pataditas indicando que estás ahí. Llega un momento en que se te queda pequeño el hueco y quieres salir. Se abre el túnel y ves la luz. El mundo es frío y seco, ya no flotas. Entonces descubres otros placeres. Eres un niño y eres feliz.

Pero creces.

Entonces todo es cuesta arriba y cada vez que crees alcanzar la cima, se alza ante ti otra montaña a escalar, un nuevo reto. Casi sin saber por qué, te lanzas a por ello. Miras a tu alrededor y todos van como tú, así que sigues, una y otra vez.

Y envejeces.

Tienes la suerte de envejecer pero enfermas, aunque sea de edad o porque te alcanza algún mal. Lo cierto es que toca morir, es el final del viaje. Morir es lo más difícil. No nos enseñan, no nos preparan, vivimos de espalda a lo que tarde o temprano sucede.

Dicen que volvemos a ver la luz, que todo se desvanece y somos felices. Quizá estamos en un útero grande preparados para nacer en otro mundo, en otra dimensión. Sea como fuere no debería ser obligatorio prolongar el dolor y la angustia de saberse a las puertas pero no poder hacer más que esperar, porque eso no es vida.

Siempre, desde que era joven, he defendido el derecho a decidir sobre el final del viaje vital cuando la muerte espera tras la puerta. Ahora, con algunos años más, opino con más fuerza aún que debería permitirse acabar con el sufrimiento de la persona que lo desee. Al igual que cuando nos toca nacer, y no salimos, hay cesáreas, debería existir un protocolo que permita decir hasta aquí.

Solo cambia la fecha del certificado de defunción, porque quizá hacía tiempo que ya no eras tú o deseabas con todo tu ser dejar de serlo… pero te obligan a seguir vivo. Considero absurdo prolongar una vida para no llegar a ningún sitio, para retrasar lo inevitable, para solo sentir y regar dolor.

Al fin, mueres. Fin del viaje.

Tu sufrimiento acabó. A tu alrededor el dolor se disipa y el alivio invade las almas. Alguien se lleva tus zapatos en una bolsa. Tus pies no volverán a pisar el suelo.

De la A a la Z

De la ‘A’ a la ‘Z’

Después de décadas de disputas entre la familia y el pequeño ayuntamiento, el viejo edificio que una vez albergó la primera escuela será demolido. La profesora artífice de que esa pequeña aula fuera mucho más, la señorita Amparo, se ganó el respeto y el cariño de todo el pueblo, y al año de fallecer levantaron una discreta estatua en la plaza junto a su obra. Era menuda, con su pelo recogido en un moño y las gafas colgando al cuello harta de perderlas en cualquier parte. En su mano izquierda, un libro titulado De la ‘A’ a la ‘Z’. Era lectura obligada para todo el que pasaba por su clase. En la derecha un alumno, el primero que tuvo, su hijo.

Ahora que han decidido demolerlo permitieron entrar a verlo. El espacio estaba sucio después de tanto tiempo. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad un escalofrío me recorrió la espalda. Todos los pupitres estaban allí, esperando a ser ocupados. En la pizarra aún se adivinaban algunas sumas y restas pendientes de solución. En un rincón el esqueleto con un brazo y la mandíbula en el suelo, cansado de esperar, supongo.

Solo un juguete antiguo medio roto permanecía encima de un pupitre aguardando que su dueño volviera a jugar con él. Era uno de esos cochecitos metálicos: todo un camión de bomberos con su campana, que aún sonaba tras limpiarla un poco, y su escalera. Por debajo, raspado, se leía el nombre de Miguel. Cuánta molestia se había tomado en ponerle su nombre para luego dejarlo allí, pensé. El juguete quedó olvidado aquel día. El día de la excursión. El día en que todo acabó para ellos. El fatídico día que el pueblo enmudeció para luego explotar en llanto. Nadie habla de eso, pero todos se lo ven en los ojos de quiénes lo vivieron.

El autobús que salió pero nunca volvió. Un vuelco en la cuneta y adiós para siempre.

La sonrisa de Olga

La sonrisa de Olga

Salia yo distraída de un centro comercial, cuando la sonrisa de una voluntaria detrás de una hucha me asaltó, sacándome del mundo en el que quedé encerrada días atrás. Las malas noticias, las peores noticias nos encierran en lugares oscuros y sin aire.

Aún el nudo en el estómago me apretaba contra las costillas como si una bola de acero golpeara una y otra vez ahí. Tenía un tapón que bloqueaba cualquier intento de sentir.

Un agresivo cáncer apareció en la familia y aún estábamos por digerirlo. Cuesta verbalizarlo casi tanto como escucharlo, a pesar del esfuerzo de muchos médicos de suavizar el golpe usando palabras menos agresivas. Pero es lo que es.

Así, que en un vano proyecto de distracción paseando entre gente y tiendas, Olga me sacó de mi burbuja oscura. Pedía, sacudiendo la hucha, colaboración por pequeña que fuera. No sé qué cara puse, pero me leyó en la expresión lo que me rondaba. Asentí contenida y me preguntó quién y qué. Ante mi respuesta habló de sus 7 operaciones, que en breve serían 8. Pero ella allí seguía, con una sonrisa sincera como arma, contando su historia. La superación hecha persona, el ánimo en lo alto. Generosa en sus palabras, en su afecto, sin quitar un ápice de dolor o importancia. Afrontando la carga como el que lleva un simple sombrero de paja. Una fortaleza de la que yo carecía en aquellos momentos. Jamás me he alegrado tanto de pararme ante un desconocido.

Desarmada, sentí que el tapón comenzaba a salir. Dejé de ver claro por las lágrimas que brotaban, y ella se emocionaba conmigo. Le pedí un abrazo y dejando la hucha en la mesa me abrazó. No todo el mundo sabe hacerlo. Olga sí. Ojalá Olga siga siendo Olga, y saque de la oscuridad a los perdidos en ella, porque del cáncer se puede salir.

82 años

82 años de Munguía, el cartero

Quisiera ser tan alto como la luna… ¡Cómo se nos queda en la memoria ese cancionero aprendido cuando éramos niños! Llevan impresos olores y sabores únicos. Nunca nos vuelve a saber nada como entonces, aunque pasen muchos años siempre recordaremos eso. Es curiosa la memoria, caprichosa incluso.

Hoy cumple 82 años un hombre. Un hombre que ha dado su vida por sus hijos. Un hombre de sonrisa fácil, con un chiste o una anécdota siempre lista para contar a quien quiera escuchar. Alguien amable con todos que no entendía las cosas mal hechas. Hijo de posguerra disfrutaba ante un buen plato en la mesa y siempre tenía un hueco para más.

Los años pasan, su vida se hace plena y aunque no se hablaba de crisis, con un sueldo no bastaba para alimentar a la prole. Un trabajo de mañana y otro de tarde. Yo corría a darle un beso cuando llegaba. Él era feliz. Yo era feliz. Sin tiempo para dar más. Los deberes eran cosa mía, ni podía ni sabría cómo ayudarme. Su acceso al colegio se limitaba a lo que podía escuchar a través de la pared de su habitación que daba a la escuela, siempre que no tuviera que ir a trabajar al campo. No era esclavitud, era lo que había. Aún así, aprendió a leer, a escribir y con los años hasta hizo algún curso a través de la radio.

De profesión cartero. Dame una dirección y llegaré. Eso lo aprendí de él. Me enseñó a usar un callejero, a ver un mapa. A no perderme si sabía a dónde tenía que llegar.

Ahora soy yo quien le guía. Los años no perdonan. Nunca fue de pedir ayuda, decir te quiero, o de quejarse. Pero su molido cuerpo hoy sí se queja, aunque su alma sigue siendo joven, quizá por ansia de vivir quizá por no reconocerse ante el espejo. Supongo que siempre nos quedan cosas por hacer y nunca queremos pensar que esto se acaba, todavía no, es pronto…

Hoy, ese hombre al que quiero, cumple 82 años. Felicidades papá.