el cactus en flor

Cactus

Viajo a un lugar no muy lejano, a una ciudad que siempre me acoge con los brazos abiertos y un cálido lugar donde reposar mis doloridos huesos. La vida me ha resultado larga. Hace frío y eso atormenta más mi cuerpo. Por eso he vuelto aquí. Oí en una canción que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Yo lo he hecho y me alegro de que sea aún mejor de como recordaba. Paseo por sus calles como siempre hice, como un espectador, como alguien ajeno e invisible para el resto. Me hacía gracia pensarlo. Es ridículo, lo sé, pero era divertido. Era más joven y me negaba a dejar de pensar en lo divertido de las cosas.

Miro a la gente cómo van envueltas en un halo de preocupación del que no se liberan. Los veo con tanto peso sobre sus hombros que parecían encorvados incapaces de llevar tan pesada carga e incapaces de sacudirse y correr. Muchas veces yo quise correr y dejar todo atrás; correr tan rápido que ni mi sombra me siguiera. No pude, pero lo intenté. He viajado por el mundo por placer y por trabajo. Vi lugares que no podría haber soñado, pero también creí haber muerto y haber bajado al infierno.

Intenté tantas cosas que a veces creí volverme loco, pero no, la cordura ha sido fiel compañera de vida. Gracias. La rutina no se hizo para mí. Borré esa palabra de mi vocabulario, quizá demasiado tarde. También viví con peso sobre mis hombros, resignado. Ya no más. Como soy viejo piensan que he perdido la cabeza y sin embargo creo que jamás he estado más en mis cabales. Los locos son otros.

Nací en una ciudad sin mar. Tierra adentro, con aire seco y sin gaviotas. Crecí viendo el mar solo unos días al año, cuando podíamos ir a la costa. Me encantaba el mar. Entraba y no quería salir. Fui de esos niños sin profesión futura deseada, no quería ser bombero, médico o maestro. Quería ser feliz y eso no es profesional, pero yo he puesto todo mi empeño por lograrlo. Ahora pienso en ello para saber si por fin lo logré o fracasé.

Cuando fui mayor para volar del hogar familiar me fui a la costa. No más vida en tierra seca. Me traje una maceta de mi abuela con un cactus que echaba una curiosa flor una vez al año. Me la regaló para que recordara que cada vez que floreciera, más me echaría de menos y así volviera alguna vez a casa al verla. Lo hice cada año hasta que falleció.

Como muchas abuelas mimaba a sus nietos. A mí siempre me daba un caramelo a escondidas de mi madre guiñándome un ojo. Los abrazos con más ternura fueron de ella. Yo creo que tenía miedo de romperme porque era un niño menudo. Cuando cocinaba alguno de mis postres favoritos, de esos con mucho chocolate, me guardaba un trozo que devoraba con leche fría. Se me hace la boca agua ahora que mi desdentada boca hace tiempo que no prueba el chocolate; para qué si ya no me sabe a premio.

El cactus sigue conmigo. Siempre que lo he tenido que trasplantar lo hacía con tierra del huerto de ella que me traía en la maleta. Es lo más antiguo que conservo y no sé qué será de él cuando yo falte.

Quizá mi hija cuide del cactus.

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