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las bicicletas son para el verano

Las bicicletas son para el verano

Dicen que ‘las bicicletas son para el verano’ y como ya es otoño pues no sé qué será de mí ahora. Es mi primer año aquí y desconozco qué harán conmigo.

Se acabó el verano pero aún hace calor. Aunque hablan de la eterna primavera y el buen tiempo, los niños ya no juegan como en las vacaciones. Cuando llegué el verano aún ni se soñaba. Mi niña me sacó de paseo. Había muchos colores vibrantes, gente risueña y luces. Fueron días maravillosos. Pasábamos horas en la calle aunque el sol se iba pronto. Parques y paseos, ida y vuelta. Daba igual el viento a favor o en contra. Yo, rápida como el rayo me dejaba llevar por ella. Luego paró. Me dejó aquí, en este balcón. Para mi fue una eternidad, pero por fin vino a por mí. Me dejó brillando y comenzamos lo que sería la época más feliz de mi vida.

Cambiamos de casa y otros niños se unieron a nosotras en locas carreras. Largos paseos hacia el sol como los aventureros. Calle arriba calle abajo en el pueblo. La diversión estaba asegurada. Sin reloj, sin prisa, todo el día juntas.

Pero sí, las bicicletas son para el verano, ahora lo sé. Volvimos a casa y aquí estoy, nuevamente en el balcón, olvidada. Este no es lugar para una bicicleta. Mi sitio está en la calle, me da igual un parque, o a campo través. Lo que me gusta es sentir el viento en los radios, que los pedales hagan dar mil vueltas a las ruedas.

Ella a veces se asoma y me mira añorando otros tiempos, pero cierra y se va. Se sienta con la cabeza entre libros y nada más. Ayer dejaron la puerta abierta por el calor y les oí algo de un trastero. No sé si será divertido o el nombre de otro lugar en el que disfrutar de nuevas aventuras. Mientras tanto aquí aguardo a otro verano.

Pinta con la aguja

Pinta con la aguja

Cose y cose. Pinta con la aguja diminutos puntos que uno tras otro logran vida. Con aguja e hilo, retales de telas varias, de orígenes tan dispares pero que acaban uniéndose por arte de magia para crear un solo ser. Es más que simple patchwork, son criaturas que al final de un laborioso proceso parecen querer hablar.

Con mimo, Natalia elige las telas, combinando colores y estampados. Siguiendo un patrón que la enamore, paso a paso, punto a punto. No hay prisa, todo lleva su tiempo. Todo bien cosido porque al rellenarlos, las costuras podrían ceder si se hace sin paciencia. Pieza tras pieza, cosidas con la aguja más pequeña que he visto, se ensamblan unas a otras y va surgiendo la magia. El cuerpo va tomando forma, va cobrando vida.

Vendrán luego los detalles. Unos botones salidos de una caja que los atesora por años a la espera del momento de ser usados. Unas florecillas bordadas con esmero, con cariño, con atención milimétrica; todas juntas, todas iguales. Bolsillos en los que apenas entra un céntimo, pero aún así llevan un inmaculado ribete.

Y por fin la cara. Pintada, bordada o cosida, con la expresión imaginada… por el muñeco. Los hay soñadores, melancólicos, alegres, pensativos, coquetos, tímidos… Todos nacen con nombre, con personalidad, con alma. Son algo más que un muñeco.

Natalia pinta con la aguja. Ya están listos para irse contigo. ¿A quién te vas a llevar?

Nota: Del 6 al 8 de octubre 2017, en La Vega de San Mateo, Gran Canaria. Stand Nonna Rosa.

Se alquila

Se alquila

Rigoberto es un caracol que ha decidido dejar de serlo. Se cansó de ir con la casa a cuestas. La dejó en un ancho muro, cerca de un árbol para cobijarse en los días de calor. Ahora la alquila. No entiende por qué tiene que continuar con la casa a cuestas. Es una pesada carga sobre sus hombros que pesa más cuando no la quieres. Casa para arriba y casa para abajo. Así cada día durante toda su vida.

‘Rigo’ alquila su casa. Es pequeña, sí, pero tiene todo lo necesario y sobretodo unas vistas fantásticas. La casa es estable, bonita e impermeable. Quiere viajar más ligero de equipaje, igual que quien no factura y solo lleva consigo una pequeña mochila para salir pronto a su aventura. Así que se ha hecho un hatillo clásico con tela de cuadros blancos y rojos con algún que otro parche. Con él al hombro se siente imparable.

Siempre ha visto el mundo como su parcela. Ha trepado a los árboles para elegir su camino del siguiente día. Ha cruzado ríos sobre una rama que aburrida de ser una más se soltó de su árbol, precipitándose aprovechando que el río llevaba un buen caudal porque también quería vivir más. Hicieron buenas migas en el viaje, pero al final él siguió su camino y ella encontró a otras en la orilla con las que compartir recuerdos. Siempre les quedará el río o un ave que las escoja para su nido y vuelta a empezar.

Sin mirar atrás prosiguió su viaje. Lejos queda su casa de la que ya no se acuerda sino cuando llueve y añora sus secos rincones, aunque pensándolo bien la dejó con una gotera. Se la hizo una mañana que se despertó tras una mala noche y no recordaba dónde se había quedado. Cayó y rodó dándose un golpe con una diminuta piedra, de esas que te molestan en el zapato y con zarandear el pie te dejan en paz. Para un caracol puede ser un tropiezo mortal. Entonces no le dio importancia hasta que llegó la lluvia. Ese fue el día en el que se hartó. No era un manitas, precisamente, y enfrentarse a una gotera le superó.

Rigoberto alquila su casa, si sabes de goteras quizá sea una oportunidad para ti… si eres caracol.

Algún día bajaré la persiana

Algún día

Una vez más el sol entraba por las rendijas de la persiana. Otra vez me la dejé sin bajar por completo y llegó a mí más luz de la que hubiera deseado. Me envolví la cabeza entre las almohadas y las sábanas refunfuñando, pero claro, así no se puede respirar. Cabreado ya con el día, me levanté. Algún día tapiaré esa ventana o pondré unas persianas programables que bajen solas.

Me dejé caer en el sofá de camino a la cocina a hacerme un café, pero no podía quedar así y empezó a sonar el despertador al otro lado del pasillo. Primero logras ignorarlo hasta que va subiendo el tono y la exigencia de ser apagado, como si también tuviera un mal despertar. No queda más remedio que ahogar sus gritos con ese simple botón de off.

Elegí el café más fuerte que tenía y sin que apenas terminara de salir empecé a tomarlo. Solo. Nada con tanta personalidad se puede mezclar desvirtuando su sabor con azúcar que lo mata o leche lo diluye hasta dejarlo como aquel café con leche que tomabas de pequeño antes de ir al colegio. Sacrílegos todos los que matan el café, dije en voz alta y reí.

Diría que el día empezaba a enderezarse pero sabía lo que venía un rato después. Un trabajo espantoso al que acudía cada jornada esperando que fuera la última allí. De algo hay que vivir, y mi oficio, la fotografía, no me da para ello. Las fotografías de boda me parecen todas iguales. Ya nadie quiere un fotógrafo más que para las típicas fotos, y discutir con estresados novios intentando que vean la belleza que captan mis ojos más allá de las poses, es agotador.

A veces algunos que han visto mi trabajo me llamaban entusiasmados suplicando porque tenga un hueco en mi agenda para ellos y comienza el baile. Primero les digo que está difícil, que he de consultar la agenda para ver el trabajo que tengo para ese día y que les llamaré al día siguiente. Luego me reblandezco y los llamo al cabo de unas horas porque me han anulado algo y les puedo hacer las fotos, pero que me tienen que dejar hacer a mí. No es fácil.

Me gusta capturar sentimientos puros, sin pose. La gente que ríe sin pensar en sus dientes o si le sale papada. La que se emociona. Me gustaría hacer fotos en un duelo, esas caras rotas, las miradas perdidas navegando en lágrimas y todo envuelto en aparatosas coronas de flores y gente en negro. Todo es real, inesperado, sin programación, sin más artilugios. Algún día, cuando logre la invisibilidad lo haré.

Son las 10:00 a.m., ¡plof! se rompió la burbuja. De hecho hace más de medio año que no cojo la cámara. Vendo ropa a adolescentes que sueñan con unicornios. Peor aún, a sus torpes padres que les compran y chantajean con esas zapatillas último modelo por tener buenas notas. Resignado coloco las prendas mientras sueño despierto. Mañana lo dejo, pienso otra vez. Algún día me armaré del valor para hacerlo. Algún día.