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Esas frases

Esas frases

He hecho una amplia encuesta informal entre personas de mi entorno y todas reconocen haber leído más o menos esas frases positivas y reflexivas sobre la existencia. Seguro que sabes de lo que hablo; esos mensajes que pretenden hacerte pensar sobre la mierda que vida que llevas, y lo fácil que es cambiarla con solo leer un par de frases. Desde ese momento debes vivir en rosa y si no, eres imbécil porque no sabes disfrutar de este valioso regalo que nos ha sido concedido… Amén.

Pido un minuto de reflexión para que pienses en ello.

¿Acaso 30 segundos después recuerdas lo que decía esa gran frase? ¿Acaso alguna vez te ha hecho mejorar como persona, padre, madre, pareja, hijo, hija, compañero de trabajo, vecino o ciudadano? No hace falta que me respondas, puedo leer tu mente: no.

Ay no, por favor. Ya basta.

Yo debo ser una imbécil descomunal. No solo no modifico mi vida sino que voy más allá e intento no leer las dichosas frases o juego a darles la vuelta. Lo mismo con las malditas cadenas que nos llegan por doquier. Esas que, por ejemplo, me condenan a malvivir sola, pobre y sin ángeles que me custodien o sin amor. No entiendo por qué me desean ese mal. He dicho suavemente y borde a morir, que llevo una cizalla en el bolso para cortar todas esas cadenas, así que quien me la envía, me condena en su mundo de arco iris y unicornios. Adorable.

El mundo se acaba por los malos deseos que llevan implícitas: “serás desdichado si no haces caso a esto que te envío”. Cuiden el karma, háganse el favor y de paso me dejan tranquila.

Por favor, no lo hagas más. Ya no por mí, sino por el bien de la humanidad. Debemos dedicar nuestro tiempo a mejores cosas que reenviar manidas cadenas, por no decir mierda.

¡Ay, qué gusto!

Algún día bajaré la persiana

Algún día

Una vez más el sol entraba por las rendijas de la persiana. Otra vez me la dejé sin bajar por completo y llegó a mí más luz de la que hubiera deseado. Me envolví la cabeza entre las almohadas y las sábanas refunfuñando, pero claro, así no se puede respirar. Cabreado ya con el día, me levanté. Algún día tapiaré esa ventana o pondré unas persianas programables que bajen solas.

Me dejé caer en el sofá de camino a la cocina a hacerme un café, pero no podía quedar así y empezó a sonar el despertador al otro lado del pasillo. Primero logras ignorarlo hasta que va subiendo el tono y la exigencia de ser apagado, como si también tuviera un mal despertar. No queda más remedio que ahogar sus gritos con ese simple botón de off.

Elegí el café más fuerte que tenía y sin que apenas terminara de salir empecé a tomarlo. Solo. Nada con tanta personalidad se puede mezclar desvirtuando su sabor con azúcar que lo mata o leche lo diluye hasta dejarlo como aquel café con leche que tomabas de pequeño antes de ir al colegio. Sacrílegos todos los que matan el café, dije en voz alta y reí.

Diría que el día empezaba a enderezarse pero sabía lo que venía un rato después. Un trabajo espantoso al que acudía cada jornada esperando que fuera la última allí. De algo hay que vivir, y mi oficio, la fotografía, no me da para ello. Las fotografías de boda me parecen todas iguales. Ya nadie quiere un fotógrafo más que para las típicas fotos, y discutir con estresados novios intentando que vean la belleza que captan mis ojos más allá de las poses, es agotador.

A veces algunos que han visto mi trabajo me llamaban entusiasmados suplicando porque tenga un hueco en mi agenda para ellos y comienza el baile. Primero les digo que está difícil, que he de consultar la agenda para ver el trabajo que tengo para ese día y que les llamaré al día siguiente. Luego me reblandezco y los llamo al cabo de unas horas porque me han anulado algo y les puedo hacer las fotos, pero que me tienen que dejar hacer a mí. No es fácil.

Me gusta capturar sentimientos puros, sin pose. La gente que ríe sin pensar en sus dientes o si le sale papada. La que se emociona. Me gustaría hacer fotos en un duelo, esas caras rotas, las miradas perdidas navegando en lágrimas y todo envuelto en aparatosas coronas de flores y gente en negro. Todo es real, inesperado, sin programación, sin más artilugios. Algún día, cuando logre la invisibilidad lo haré.

Son las 10:00 a.m., ¡plof! se rompió la burbuja. De hecho hace más de medio año que no cojo la cámara. Vendo ropa a adolescentes que sueñan con unicornios. Peor aún, a sus torpes padres que les compran y chantajean con esas zapatillas último modelo por tener buenas notas. Resignado coloco las prendas mientras sueño despierto. Mañana lo dejo, pienso otra vez. Algún día me armaré del valor para hacerlo. Algún día.

Fin de año

Fin de año

Se acaba otro año. De fondo, el árbol de Navidad nos acompaña y me ilusiona igual que cuando era pequeña. Adoro la noche de fin de año desde que tengo recuerdos. 2016 se despide al tiempo que 2017 asoma la nariz curioso por ver cómo le recibimos. Por mi parte puede estar tranquilo porque siempre les espero con los brazos abiertos, pero mejor que no vea lo que le hago al que se va por si se arrepiente y no viene.

Al principio están los cacareados propósitos de año nuevo, que muchos se plantean más por imposición que por intención. No sé tú pero para mí es cansino ya. Para el 2016 me planteé proyectos y lo mejor es que los he cumplido. Estoy tan contenta que ya estoy pensando en nuevos retos para el próximo.

En realidad no deberíamos esperar a que llegue un año para proponernos metas, ni poner el veloz paso del tiempo como excusa para no empezar algo. No todo está en nuestra mano pero hay mucho que sí; tenemos que ser conscientes y actuar. Mañana es otro día perdido si no hemos empezado hoy.

Tocan también los balances, pasar páginas de la agenda revisando hechos o echar la vista atrás recordando momentos, añorando al que no está. Es entonces cuando recuerdo el ritual del calendario que ya es tradición familiar y voy corriendo a por él para que no se me quede atrás. Tras las campanadas y los achuchones llega su momento: eliges el mes que más rabia te da y lo lanzas por la ventana en añicos. Es mi serpentina particular. Al final cae todo el año, pero el primero, ¡ah! ese va con auténtica rabia. No es por suerte, es por justicia.

Elige y disfruta del 2017 logrando tu nuevo reto. Feliz Nochevieja.

semana

Semana

Sirva esta descripción de semana para muchos, pero sé que existen otros tantos en los que su trabajo no les permite saber a veces ni en qué día viven. Un abrazo para todos ellos. Para el resto esto que cuento les sonará.

Por definición los lunes deben ser asquerosos, pesados y antipáticos, y sobre todo hay que exteriorizarlo. No se te ocurra sonreír o dar los buenos días con energía porque te arriesgas a que te miren mal y te respondan con un gruñido. No, socialmente alguien estableció que los lunes son un asco y es el sambenito que le colgaron al pobre día. Debes ir arrastrándote, con desgana hasta en el habla y suplicando un café. Así en lunes, siempre, cada uno sin faltar, incluso aunque la suegra haya pasado el fin de semana en casa y solo desearas volver a la oficina para librarte de ella. Pues no, disimula tu alegría no seas loco.

Ya el martes no pasa nada, es un día anodino y no importa cómo vengas. Lo bueno del lunes es que no deja resaca para su siguiente amanecer y ya puedes soltar tus músculos faciales y sonreír.

Miércoles. Bien. Es un día en medio de la semana que algunos plantan su isla de descanso a mitad de semana entre la pesadumbre del lunes y la euforia del viernes. Es menos alegre que el viernes pero mucho más que el lunes, eso sin duda. Está ahí lejos de todo, lo bueno y lo malo. Es neutro y aquí cada uno ve el día como el borracho y bodeguero ven la botella.

¡Uy!, cómo pasa la semana que ya es jueves o eso que ya se ha extendido de ‘juernes’. Los más optimistas ya huelen el fin de semana y sólo hablan de sus planes para esos gloriosos días que se esperan como si no hubiera mañana… ilusos. Aún deben sobrevivir al día y superar otro más, pero el ánimo es tanto que pueden con todo y no les pesa el cansancio de la semana. Mañana es viernes, ‘San Viernes’, piensan y repiten como mantra.

Pi pi pi… Suena el despertador. Estás realmente cansado pero en ese momento en el que lanzarías el despertador contra la pared, una neurona reacciona y recuerdas que es viernes. Al fin es viernes. Ya el ánimo cambia. A este quinto día le tocó el lado bueno de la moneda y vive glorioso y espléndido cada vez que llega. Muchos lo celebran y cada dos frases ‘es viernes’ se cuela entre sus palabras. Bla bla bla es viernes bla bla viernes bla…

Y por fin ¡sábado! Quizá ni tengas planes, pero no tienes que ir a trabajar y ya eso es todo un regalo. Disfruta del día y la noche que es toda tuya.

Amaneces el domingo. Cantan los pájaros, quizá no los oigas pero en algún sitio cantan alabanzas al domingo mientras tú silbas al preparar tu desayuno especial. El día transcurre feliz hasta que tras el almuerzo y la siesta acude un terrible pensamiento: mañana es lunes. El domingo se convierte entonces en un pre-lunes. Un horror. Odias las tardes de domingo.

Entonces comienza la siguiente semana. El hámster sigue en su rueda…

Este es mi plan B.

El lunes como la oportunidad de otra semana para empezar nuevas tareas, planes, actividades, pensamientos. Empezar. Es un verbo maravilloso para un lunes. Es un buen día. Tienes sueño, lo sé, pero es más una actitud. Ya, ya sé que es difícil verlo así cuando tu labor diaria es un asco, pero la vida debería ser algo más que eso. Si no, apaga y vámonos.

No podemos vivir con las miras puestas en que el tiempo pase para que llegue el viernes porque esos días en medio también forman parte de nuestra vida y hay que vivirlos todos. No se trata de hacer una fiesta cada jornada sino de ser conscientes de nuestro devenir. Echar días atrás no es una opción. No al menos una buena. La propuesta es sencilla y gratificante llevada a la práctica.

Y el viernes, sí, es genial, pero es el momento de mirar la agenda, ver qué se nos ha quedado por hacer y pasarlo al lunes, cerrarla y coger aire. Comienza el fin de semana. Que lo disfrutes. A ver qué plan haces para el lunes. Empieza una nueva semana.