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las bicicletas son para el verano

Las bicicletas son para el verano

Dicen que ‘las bicicletas son para el verano’ y como ya es otoño pues no sé qué será de mí ahora. Es mi primer año aquí y desconozco qué harán conmigo.

Se acabó el verano pero aún hace calor. Aunque hablan de la eterna primavera y el buen tiempo, los niños ya no juegan como en las vacaciones. Cuando llegué el verano aún ni se soñaba. Mi niña me sacó de paseo. Había muchos colores vibrantes, gente risueña y luces. Fueron días maravillosos. Pasábamos horas en la calle aunque el sol se iba pronto. Parques y paseos, ida y vuelta. Daba igual el viento a favor o en contra. Yo, rápida como el rayo me dejaba llevar por ella. Luego paró. Me dejó aquí, en este balcón. Para mi fue una eternidad, pero por fin vino a por mí. Me dejó brillando y comenzamos lo que sería la época más feliz de mi vida.

Cambiamos de casa y otros niños se unieron a nosotras en locas carreras. Largos paseos hacia el sol como los aventureros. Calle arriba calle abajo en el pueblo. La diversión estaba asegurada. Sin reloj, sin prisa, todo el día juntas.

Pero sí, las bicicletas son para el verano, ahora lo sé. Volvimos a casa y aquí estoy, nuevamente en el balcón, olvidada. Este no es lugar para una bicicleta. Mi sitio está en la calle, me da igual un parque, o a campo través. Lo que me gusta es sentir el viento en los radios, que los pedales hagan dar mil vueltas a las ruedas.

Ella a veces se asoma y me mira añorando otros tiempos, pero cierra y se va. Se sienta con la cabeza entre libros y nada más. Ayer dejaron la puerta abierta por el calor y les oí algo de un trastero. No sé si será divertido o el nombre de otro lugar en el que disfrutar de nuevas aventuras. Mientras tanto aquí aguardo a otro verano.

Cruces

Cruces

La familia Ferrol era rica. Una fortuna amasada con trabajo, salud y suerte. Una gran propiedad albergaba su lujosa mansión asentada en medio de cuidados jardines. Tenía además una hermosa capilla y junto a ella un cementerio. Todos los miembros de la familia habían sido enterrados allí. Labradas cruces de hierro, en honor al tatarabuelo que hizo fortuna con su herrería, nombraban al miembro que yacía en el lugar marcado. Hermosas cruces réplicas de la que otrora forjara el propio Vicente Ferrol para su querido padre. Eran otros tiempos y pasó de ‘Vicente, el herrero’ a ‘Don Vicente, el terrateniente’; dueño, no solo, de buenos cultivos, sino de espléndidas propiedades, y por supuesto, la herrería. Tuvo el oficio apropiado en el momento justo y supo prosperar.

Además de las propias, los Ferrol fabricaron y cedieron varias decenas de cruces para aquellos que murieron sin nombre, o sin nadie que les llorara cuando expiraron. Eran unas cruces sencillas pero para quien muere pobre, eran más de lo que en vida pudieron pagarse. Así al menos tenían la suerte de que, en las afueras de la ciudad donde se les daba sepultura, alguien se ocupara de colocarles una cruz prestada para que dios no se olvide de ellos también muertos, y por lo menos los dejen descansar en paz.

Pero el tiempo pasó y no trajo nada bueno para los Ferrol. La fortuna se fue desvaneciendo en manos de los descendientes. Fueron perdiendo sus riquezas y el dinero hasta que al final todo fue vendido. Hasta los muertos junto a la capilla fueron desalojados. Solo les quedaba el cementerio de los sin nombre y allí los llevaron. Las cruces oxidadas por el salitre se amontonan contra la pared tras varias reformas. Ahora todos juntos en una gran fosa continúan su sueño eterno.

No lo recuerdo

No lo recuerdo

Perdona, es posible que cada vez que te vea pregunte tu nombre por lo menos dos veces, pero no lo recuerdo. Tampoco sé que hago aquí ni cómo llegué. La memoria me es esquiva y caprichosa. Sé que ayer tomé pastel, pero también que puede que no fuera ayer sino hace días o semanas. Es difícil concentrarse cuando todo lo que viene a tu mente flota difuso en la línea temporal. Es difícil vivir cuando no sabes si lo que precisas estará ahí en el momento adecuado porque no lo recordarás. Por eso preguntaré tu nombre mientras intente hacerme con esta mente descontrolada.

Posiblemente cuando ya no me importe dejaré de hacerlo. Quizá no recuerde que debería saberlo, o al menos intentarlo. Entonces ya no creo que vuelva más a ser yo y te miraré sin saber quién eres ni qué quieres de mi. Dicen que recuerdas tu infancia con más claridad que el ahora, cosas sueltas que acuden por la presencia de un olor o un sonido muy anclado en la memoria. Los olores tienen ese poder. Siempre que hacía magdalenas su olor me transportaba a la cocina de mi abuela. Una mujer grande a pesar de todos los años que llevaba encima, de tantos hijos paridos, de tantos hijos perdidos. Siempre con una sonrisa cuando preparaba aquellas deliciosas magdalenas. Era como si a ella ese olor la llevara a un momento feliz y se ausentara de su dolor.

Ahora llevo una nota arrugada en el bolsillo con mi nombre y dirección, el número del móvil de mi hija y un aviso de alergia a los antibióticos. Ya me he perdido varias veces y me han tenido que ayudar a volver. No recuerdo quiénes fueron, pero se lo agradezco. En el colegio llevaba una etiqueta cosida en el jersey azul del uniforme. Mi madre se acostumbró a poner etiquetas en mis cosas. Vuelvo a ser un niño.

Por la noche, ya en la cama, cuando elijo un pensamiento para dormir pienso que quizá por la mañana no recuerde que debo despertar y así todo termine. No sé si hoy lo hice o si ya voy de camino a ese más allá que nos prometieron a los que quisimos creerlo.

  • Perdone, no recuerdo su nombre.
  • Es que no nos conocemos, pero sé que me esperaba.
  • Gracias por venir.
Su piano

Su piano

Hubo un tiempo en el que la dulce Beatriz le dedicaba al menos una hora cada tarde. El resto, casi ni lo miraban, pero a él no le importaba porque solo esperaba a Beatriz. Él se sentía su piano, solo de ella.

Cuando empezó era tan pequeña que sus pies colgaban del banco, pero aún así era capaz de conseguir algunas melodías que le hicieran vibrar. Su profesora no tenía que enfadarse con ella ni marcarle trabajo para la próxima clase porque ella haría mucho más.

Esa niña aplicada y apasionada por la música creció. Poco a poco la fue dejando a un lado y con ella el piano. Cuando estaba triste se sentaba en el mismo banco que antaño; sus pies ya llegaban a los pedales con holgura. Tocaba entonces canciones tristes.

Con el tiempo el piano llegó a molestar en la casa. Beatriz se había marchado a estudiar al extranjero y no volvía sino unos días para Navidad. La familia se deshizo de él y vagó por varios locales de música en directo, sonando ahora con otros acordes. Descubrió un nuevo mundo. Un mundo que tenía los días contados.

Acabó enmudecido, en un rincón, olvidado. Habían intentado hacerle recuperar su buena cara para que llenara aquel espacio. Un piano como él y solo era objeto de decoración. Se olvidó de cómo sonaba. Sus recuerdos de mejores tiempos se habían desdibujado hasta parecer un sueño. Le quedaban marcas de algún vaso que alguien dejó mientras acariciaba sus teclas y el hielo se derretía por el calor del local. Algún cigarrillo había llegado a su fin contra su madera negra ahora desgastada. Solo servía ya para acumular polvo.

No supo más de Beatriz pero la recordaba y le quedaba la esperanza de volver a sentir sus manos, de volver a ser su piano.