Archivo

Pinta con la aguja

Pinta con la aguja

Cose y cose. Pinta con la aguja diminutos puntos que uno tras otro logran vida. Con aguja e hilo, retales de telas varias, de orígenes tan dispares pero que acaban uniéndose por arte de magia para crear un solo ser. Es más que simple patchwork, son criaturas que al final de un laborioso proceso parecen querer hablar.

Con mimo, Natalia elige las telas, combinando colores y estampados. Siguiendo un patrón que la enamore, paso a paso, punto a punto. No hay prisa, todo lleva su tiempo. Todo bien cosido porque al rellenarlos, las costuras podrían ceder si se hace sin paciencia. Pieza tras pieza, cosidas con la aguja más pequeña que he visto, se ensamblan unas a otras y va surgiendo la magia. El cuerpo va tomando forma, va cobrando vida.

Vendrán luego los detalles. Unos botones salidos de una caja que los atesora por años a la espera del momento de ser usados. Unas florecillas bordadas con esmero, con cariño, con atención milimétrica; todas juntas, todas iguales. Bolsillos en los que apenas entra un céntimo, pero aún así llevan un inmaculado ribete.

Y por fin la cara. Pintada, bordada o cosida, con la expresión imaginada… por el muñeco. Los hay soñadores, melancólicos, alegres, pensativos, coquetos, tímidos… Todos nacen con nombre, con personalidad, con alma. Son algo más que un muñeco.

Natalia pinta con la aguja. Ya están listos para irse contigo. ¿A quién te vas a llevar?

Nota: Del 6 al 8 de octubre 2017, en La Vega de San Mateo, Gran Canaria. Stand Nonna Rosa.

Cruces

Cruces

La familia Ferrol era rica. Una fortuna amasada con trabajo, salud y suerte. Una gran propiedad albergaba su lujosa mansión asentada en medio de cuidados jardines. Tenía además una hermosa capilla y junto a ella un cementerio. Todos los miembros de la familia habían sido enterrados allí. Labradas cruces de hierro, en honor al tatarabuelo que hizo fortuna con su herrería, nombraban al miembro que yacía en el lugar marcado. Hermosas cruces réplicas de la que otrora forjara el propio Vicente Ferrol para su querido padre. Eran otros tiempos y pasó de ‘Vicente, el herrero’ a ‘Don Vicente, el terrateniente’; dueño, no solo, de buenos cultivos, sino de espléndidas propiedades, y por supuesto, la herrería. Tuvo el oficio apropiado en el momento justo y supo prosperar.

Además de las propias, los Ferrol fabricaron y cedieron varias decenas de cruces para aquellos que murieron sin nombre, o sin nadie que les llorara cuando expiraron. Eran unas cruces sencillas pero para quien muere pobre, eran más de lo que en vida pudieron pagarse. Así al menos tenían la suerte de que, en las afueras de la ciudad donde se les daba sepultura, alguien se ocupara de colocarles una cruz prestada para que dios no se olvide de ellos también muertos, y por lo menos los dejen descansar en paz.

Pero el tiempo pasó y no trajo nada bueno para los Ferrol. La fortuna se fue desvaneciendo en manos de los descendientes. Fueron perdiendo sus riquezas y el dinero hasta que al final todo fue vendido. Hasta los muertos junto a la capilla fueron desalojados. Solo les quedaba el cementerio de los sin nombre y allí los llevaron. Las cruces oxidadas por el salitre se amontonan contra la pared tras varias reformas. Ahora todos juntos en una gran fosa continúan su sueño eterno.

Volar, volar libres

Volar, volar libres

Caminaba tranquilo por el sendero marcado. Sabía que no debía salir de él pero estaba tentado. Con mi cuaderno de notas iba registrando las aves de la zona y ellas no entienden de senderos. Volar, volar libres; de eso sí que saben. Desde pequeño me gustaba verlas y con el tiempo aprendí a buscarlas, a esperarlas. Ahora necesito encontrarlas y por eso estoy aquí. Es una zona tranquila, llena de vegetación y con buenos rincones para que aniden. Se han acostumbrado a ver gente y eso facilita mi labor. Son menos esquivas, algo más curiosas y sociables a su modo. A mí me basta así.

Apenas llevo una hora y ya tengo registradas varias zonas con nidos. Es fantástico. Pronto los polluelos romperán el cascarón y tendré muchas oportunidades de capturar el instante, al fin y al cabo, una imagen vale más que mil palabras, ¿no? Bueno, ya sé que todo no se puede fotografiar, pero verlos es indescriptible para mí.

Fui un niño de ciudad, pero de ciudad pequeña. Con poco que te alejaras ya estabas en plena naturaleza, y a veces hasta por mi calle se podían ver golondrinas. Me encantaba verlas volar, tan veloces con sus piruetas. Mientras, en mi cabeza repetía a Bécquer con sus versos de balcones, nidos y oscuras aves. Era mi poema favorito en la escuela. La profesora me puso un diez por mi dibujo recreándolo. Creo que ahí ya dejé el tonteo y me enamoré, de las aves claro.

Así que aquí estoy, de mi pasión hice profesión. Siempre mirando al cielo, pero no arriba del todo sino un poco más abajo, por las copas de los árboles, entre las ramas. Pero hoy la naturaleza me sorprendió. El agua no solo da vida sino que a veces se alía con el sol y nos da color. Un intenso arco iris iba y venía al ritmo del aspersor. Brillan los colores y por una vez estoy donde nace y acaba el arco iris, todo a la vez. Pero no hay oro, o quizá el premio sea poder disfrutar de este instante, de la belleza efímera y casual que se nos brinda. ¿Acaso es que debe valer dinero para ser un tesoro?

El aspersor paró y el arco iris desapareció. Rota mi burbuja, sigo mi camino buscando algunas aves más.