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las bicicletas son para el verano

Las bicicletas son para el verano

Dicen que ‘las bicicletas son para el verano’ y como ya es otoño pues no sé qué será de mí ahora. Es mi primer año aquí y desconozco qué harán conmigo.

Se acabó el verano pero aún hace calor. Aunque hablan de la eterna primavera y el buen tiempo, los niños ya no juegan como en las vacaciones. Cuando llegué el verano aún ni se soñaba. Mi niña me sacó de paseo. Había muchos colores vibrantes, gente risueña y luces. Fueron días maravillosos. Pasábamos horas en la calle aunque el sol se iba pronto. Parques y paseos, ida y vuelta. Daba igual el viento a favor o en contra. Yo, rápida como el rayo me dejaba llevar por ella. Luego paró. Me dejó aquí, en este balcón. Para mi fue una eternidad, pero por fin vino a por mí. Me dejó brillando y comenzamos lo que sería la época más feliz de mi vida.

Cambiamos de casa y otros niños se unieron a nosotras en locas carreras. Largos paseos hacia el sol como los aventureros. Calle arriba calle abajo en el pueblo. La diversión estaba asegurada. Sin reloj, sin prisa, todo el día juntas.

Pero sí, las bicicletas son para el verano, ahora lo sé. Volvimos a casa y aquí estoy, nuevamente en el balcón, olvidada. Este no es lugar para una bicicleta. Mi sitio está en la calle, me da igual un parque, o a campo través. Lo que me gusta es sentir el viento en los radios, que los pedales hagan dar mil vueltas a las ruedas.

Ella a veces se asoma y me mira añorando otros tiempos, pero cierra y se va. Se sienta con la cabeza entre libros y nada más. Ayer dejaron la puerta abierta por el calor y les oí algo de un trastero. No sé si será divertido o el nombre de otro lugar en el que disfrutar de nuevas aventuras. Mientras tanto aquí aguardo a otro verano.

No lo recuerdo

No lo recuerdo

Perdona, es posible que cada vez que te vea pregunte tu nombre por lo menos dos veces, pero no lo recuerdo. Tampoco sé que hago aquí ni cómo llegué. La memoria me es esquiva y caprichosa. Sé que ayer tomé pastel, pero también que puede que no fuera ayer sino hace días o semanas. Es difícil concentrarse cuando todo lo que viene a tu mente flota difuso en la línea temporal. Es difícil vivir cuando no sabes si lo que precisas estará ahí en el momento adecuado porque no lo recordarás. Por eso preguntaré tu nombre mientras intente hacerme con esta mente descontrolada.

Posiblemente cuando ya no me importe dejaré de hacerlo. Quizá no recuerde que debería saberlo, o al menos intentarlo. Entonces ya no creo que vuelva más a ser yo y te miraré sin saber quién eres ni qué quieres de mi. Dicen que recuerdas tu infancia con más claridad que el ahora, cosas sueltas que acuden por la presencia de un olor o un sonido muy anclado en la memoria. Los olores tienen ese poder. Siempre que hacía magdalenas su olor me transportaba a la cocina de mi abuela. Una mujer grande a pesar de todos los años que llevaba encima, de tantos hijos paridos, de tantos hijos perdidos. Siempre con una sonrisa cuando preparaba aquellas deliciosas magdalenas. Era como si a ella ese olor la llevara a un momento feliz y se ausentara de su dolor.

Ahora llevo una nota arrugada en el bolsillo con mi nombre y dirección, el número del móvil de mi hija y un aviso de alergia a los antibióticos. Ya me he perdido varias veces y me han tenido que ayudar a volver. No recuerdo quiénes fueron, pero se lo agradezco. En el colegio llevaba una etiqueta cosida en el jersey azul del uniforme. Mi madre se acostumbró a poner etiquetas en mis cosas. Vuelvo a ser un niño.

Por la noche, ya en la cama, cuando elijo un pensamiento para dormir pienso que quizá por la mañana no recuerde que debo despertar y así todo termine. No sé si hoy lo hice o si ya voy de camino a ese más allá que nos prometieron a los que quisimos creerlo.

  • Perdone, no recuerdo su nombre.
  • Es que no nos conocemos, pero sé que me esperaba.
  • Gracias por venir.
Se alquila

Se alquila

Rigoberto es un caracol que ha decidido dejar de serlo. Se cansó de ir con la casa a cuestas. La dejó en un ancho muro, cerca de un árbol para cobijarse en los días de calor. Ahora la alquila. No entiende por qué tiene que continuar con la casa a cuestas. Es una pesada carga sobre sus hombros que pesa más cuando no la quieres. Casa para arriba y casa para abajo. Así cada día durante toda su vida.

‘Rigo’ alquila su casa. Es pequeña, sí, pero tiene todo lo necesario y sobretodo unas vistas fantásticas. La casa es estable, bonita e impermeable. Quiere viajar más ligero de equipaje, igual que quien no factura y solo lleva consigo una pequeña mochila para salir pronto a su aventura. Así que se ha hecho un hatillo clásico con tela de cuadros blancos y rojos con algún que otro parche. Con él al hombro se siente imparable.

Siempre ha visto el mundo como su parcela. Ha trepado a los árboles para elegir su camino del siguiente día. Ha cruzado ríos sobre una rama que aburrida de ser una más se soltó de su árbol, precipitándose aprovechando que el río llevaba un buen caudal porque también quería vivir más. Hicieron buenas migas en el viaje, pero al final él siguió su camino y ella encontró a otras en la orilla con las que compartir recuerdos. Siempre les quedará el río o un ave que las escoja para su nido y vuelta a empezar.

Sin mirar atrás prosiguió su viaje. Lejos queda su casa de la que ya no se acuerda sino cuando llueve y añora sus secos rincones, aunque pensándolo bien la dejó con una gotera. Se la hizo una mañana que se despertó tras una mala noche y no recordaba dónde se había quedado. Cayó y rodó dándose un golpe con una diminuta piedra, de esas que te molestan en el zapato y con zarandear el pie te dejan en paz. Para un caracol puede ser un tropiezo mortal. Entonces no le dio importancia hasta que llegó la lluvia. Ese fue el día en el que se hartó. No era un manitas, precisamente, y enfrentarse a una gotera le superó.

Rigoberto alquila su casa, si sabes de goteras quizá sea una oportunidad para ti… si eres caracol.

La botella siempre medio llena

La botella siempre medio llena

Vivir con dolor, con una sombra que acecha a cada paso. Cuando abres los ojos y tomas conciencia de tu cuerpo temiendo la punzada que marcará el día, pero te levantas cogiendo aire fuerte e incorporas tu molido cuerpo. Agradeces la voluntad, la fuerza y la ilusión por todo lo que tienes, por ser feliz. La limitación no debe ser el freno sino la base para ver el mundo desde ella y saber lo que sí puedes hacer. La botella siempre medio llena. No es fácil, no, no lo es, pero es la mejor forma de respirar y que el aire que llena los pulmones no duela, o que cada latido no sea una prolongación de una condena.

Pasas el día con la consigna de hacer todo lo que te indiquen para que poco a poco mejores y ves comprensión y apoyo en sus ojos. No tiene precio sentirse arropado. Incluso cuando no puedes más y callas, haces por ellos, por no defraudar, por mostrar agradecimiento, por no dejarte vencer que en el fondo es lo fácil. El mundo es de los luchadores. Eres constante y tienes más fuerza de voluntad que otros muchos juntos; no hay otra forma, no necesitas reconocimiento, nadie gana más que tú. Solo tú recibes el premio: el alivio.

Cuando llega la noche nuevamente temes. Primero no poder dormir. Luego despertarte por dolor durante la noche o simplemente que los fantasmas perturben tu descanso. Giras en la cama como la lavadora al centrifugar, solo que tú no sacas nada en claro como ella. Lo mejor es levantarse. Piensas que no durará siempre y te convences. Buscas un pensamiento agradable, un lugar al que evadirte o un momento que te dé paz. Los tuyos vuelven a tu cabeza y por fin sonríes. Una vez más te han salvado sin saberlo.

Vivir con dolor sabe lo que es quien lo ha vivido. Aprendes a ver con otros ojos, a vivir de otra manera, a sentir el sol en la piel con más gratitud. Miras a los demás y te preguntas cuáles serán sus fantasmas. Sabes que con tiempo, los tuyos se disiparán. Otros no tienen esa suerte.

Copa de un árbol viejo

Federico, el árbol de las preguntas

Un longevo árbol en el fondo de un barranco vivía. No porque se mudara sino porque nació allí y los árboles donde nacen, morirán. Toda la vida con las mismas vistas, aunque aquellos que crezcan alto podrán ver un poco más lejos cada vez.

Este árbol al que llamaban Federico está solo en tierra de nadie. Aprendí que por la forma de sus ramas, que ya no señalan al cielo sino que se abren a los lados, es un árbol viejo. La tierra le llama. Lo de Federico es porque según cuentan los mayores, una vez un hombre así llamado fue hasta el árbol y allí murió. A partir de ese día, se fue quedando tan desgarbado como él. Algunos decían ver su cara en la corteza. A mí me daba miedo esa historia, pero dicen que quien a él acude porque tiene un quebradero de cabeza vuelve con preguntas sobre su vida que al responderlas le permiten avanzar. Mi abuela decía que era el árbol de las respuestas, porque para ella te respondía en forma de preguntas como Federico, que era de madre gallega.

A mi abuela, la historia se la contó su abuelo; hace muchos años que la gente va. Yo aún no he ido hasta él. Me he acercado a hurtadillas cuando alguien lo visita, pero no he visto nada más que un árbol. Quizá porque no tengo nada de qué hablar. Federico es más grande de lo que parece. Harían falta varios hombres para rodearlo con sus brazos. De lejos no parece tanto.

El otro día vi a tío Tomás. Se sentó entre sus raíces y apoyó su espalda en el tronco tapando su cara con las manos, como si llorara. Me sentí mal por espiarlo y como la noche se acercaba ya, volví a casa. El lucero me acompañaba mientras mis pensamientos divagaban en cómo iba un árbol a decir nada. Cosas de mayores, concluí.

la botella de gel

La botella de gel

Ayer de madrugada la botella de gel decidió poner fin a su vida y se dejó caer en la bañera vacía. No podía haber elegido peor momento. El reloj marcaba las 3:27 am y nos despertó a todos. Si su intención era irse haciendo ruido desde luego que lo consiguió; nunca la veré igual. Su vida se había acabado y sabía que el reciclaje le esperaba. No es mala vida. Podría acabar en un tiesto con grandes vistas desde un balcón o quién sabe.

Entiendo que hasta ahora su vida ha sido triste, casi insignificante. Ahora que lo pienso cuando aún estaba llena quiso llamar mi atención y se precipitó sobre mi pie. La maldije por el dolor causado y no volvió a intentarlo. Pasó el resto de su tiempo entre nosotros allí, en el borde de la bañera con su compañero el champú y la crema para rizos que es la más longeva. A saber qué historia le habría contado de sus antecesoras.

Quizá si supiera la de vídeos que hay en YouTube con reciclajes para botes como ella se sentiría más feliz. O Pinterest que es una locura de ideas de lo más variopintas. Es curioso cómo conocer más mundo nos puede hacer más felices, o quizá más desdichados por no alcanzarlo. Una vez más el optimismo se hace paso. Sin duda mi gel no era optimista. No se le pegó de mí en el tiempo que vivimos juntas. No me escuchó cantar en la ducha según mi estado de ánimo y aprender que hay días buenos y malos.

Ahora voy de camino al contenedor amarillo a darle otra oportunidad. Espero que sea más feliz y no vuelva a causar semejante estrépito en mitad de la noche. Un gel de avena ayer se lanzó al vacío. Adiós y gracias por los servicios prestados.

Letra H en busca de sus amigas la c y la a para ir a bailar

La frustración de la H

La h muda, ignorada, ni siquiera cuenta para acentuar. Frustrada esta octava letra de nuestro alfabeto porque alguien decidió que ningún sonido acompañara su presencia. La podemos ver al principio de algunas palabras o escondida en medio de sus compañeras las letras sonoras, pasando por completo desapercibida. Triste está la h. A nadie le importa si va despeinada o si repite el mismo vestido dos días. No se da cuenta de su poder, o me dirán que nunca tuvieron la curiosidad de ser invisibles y entrar donde quisieran sin ser vistos.

La h se frustra al creer ella que no cuenta solo porque no suena y sin embargo eso la hace única. Mira una h.

Qué seríamos sin la escalera del alfabeto. Naufragaríamos cada día entre tanta ‘ola’. El hombre se sentiría desnudo, el huérfano más abandonado y no tendríamos hermosura. Qué haríamos sin ella, la necesitamos para hablar y no ahogarnos solos en nuestras historias, echando mano del humor y al llegar al hogar holgazanear hasta el siguiente día hábil. Ay h, te necesitamos.

A veces para no sentirse tan sola salta a la tercera posición del alfabeto para ver a su amiga la c porque juntas tienen ese peculiar sonido y van en busca de la a para salir a bailar… cha cha cha.