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Esas frases

Esas frases

He hecho una amplia encuesta informal entre personas de mi entorno y todas reconocen haber leído más o menos esas frases positivas y reflexivas sobre la existencia. Seguro que sabes de lo que hablo; esos mensajes que pretenden hacerte pensar sobre la mierda que vida que llevas, y lo fácil que es cambiarla con solo leer un par de frases. Desde ese momento debes vivir en rosa y si no, eres imbécil porque no sabes disfrutar de este valioso regalo que nos ha sido concedido… Amén.

Pido un minuto de reflexión para que pienses en ello.

¿Acaso 30 segundos después recuerdas lo que decía esa gran frase? ¿Acaso alguna vez te ha hecho mejorar como persona, padre, madre, pareja, hijo, hija, compañero de trabajo, vecino o ciudadano? No hace falta que me respondas, puedo leer tu mente: no.

Ay no, por favor. Ya basta.

Yo debo ser una imbécil descomunal. No solo no modifico mi vida sino que voy más allá e intento no leer las dichosas frases o juego a darles la vuelta. Lo mismo con las malditas cadenas que nos llegan por doquier. Esas que, por ejemplo, me condenan a malvivir sola, pobre y sin ángeles que me custodien o sin amor. No entiendo por qué me desean ese mal. He dicho suavemente y borde a morir, que llevo una cizalla en el bolso para cortar todas esas cadenas, así que quien me la envía, me condena en su mundo de arco iris y unicornios. Adorable.

El mundo se acaba por los malos deseos que llevan implícitas: “serás desdichado si no haces caso a esto que te envío”. Cuiden el karma, háganse el favor y de paso me dejan tranquila.

Por favor, no lo hagas más. Ya no por mí, sino por el bien de la humanidad. Debemos dedicar nuestro tiempo a mejores cosas que reenviar manidas cadenas, por no decir mierda.

¡Ay, qué gusto!