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Se alquila

Se alquila

Rigoberto es un caracol que ha decidido dejar de serlo. Se cansó de ir con la casa a cuestas. La dejó en un ancho muro, cerca de un árbol para cobijarse en los días de calor. Ahora la alquila. No entiende por qué tiene que continuar con la casa a cuestas. Es una pesada carga sobre sus hombros que pesa más cuando no la quieres. Casa para arriba y casa para abajo. Así cada día durante toda su vida.

‘Rigo’ alquila su casa. Es pequeña, sí, pero tiene todo lo necesario y sobretodo unas vistas fantásticas. La casa es estable, bonita e impermeable. Quiere viajar más ligero de equipaje, igual que quien no factura y solo lleva consigo una pequeña mochila para salir pronto a su aventura. Así que se ha hecho un hatillo clásico con tela de cuadros blancos y rojos con algún que otro parche. Con él al hombro se siente imparable.

Siempre ha visto el mundo como su parcela. Ha trepado a los árboles para elegir su camino del siguiente día. Ha cruzado ríos sobre una rama que aburrida de ser una más se soltó de su árbol, precipitándose aprovechando que el río llevaba un buen caudal porque también quería vivir más. Hicieron buenas migas en el viaje, pero al final él siguió su camino y ella encontró a otras en la orilla con las que compartir recuerdos. Siempre les quedará el río o un ave que las escoja para su nido y vuelta a empezar.

Sin mirar atrás prosiguió su viaje. Lejos queda su casa de la que ya no se acuerda sino cuando llueve y añora sus secos rincones, aunque pensándolo bien la dejó con una gotera. Se la hizo una mañana que se despertó tras una mala noche y no recordaba dónde se había quedado. Cayó y rodó dándose un golpe con una diminuta piedra, de esas que te molestan en el zapato y con zarandear el pie te dejan en paz. Para un caracol puede ser un tropiezo mortal. Entonces no le dio importancia hasta que llegó la lluvia. Ese fue el día en el que se hartó. No era un manitas, precisamente, y enfrentarse a una gotera le superó.

Rigoberto alquila su casa, si sabes de goteras quizá sea una oportunidad para ti… si eres caracol.

Te guardé un atardecer

Te guardé un atardecer

Te guardé un atardecer. Todo un Sol que se esconde poniendo fin al día.

Llegué pronto para asegurarme que todo estaba en su sitio; como si el Sol fuese a faltar a su cita. Estábamos él y yo frente al mar. Elegí un buen banco desde el que ver el espectáculo. Probablemente lo puso allí un romántico, un enamorado de las puestas de Sol como yo. Un montón de estrellas aguardaban para el segundo acto.

Se acercaba la hora y tú, impuntual como sueles, no llegabas. Miraba la hora, el móvil, al Sol, pero seguías sin venir. El tiempo no se detiene, La Tierra gira para que el día llegue a otro lugar.

Pero yo sigo solo.

No entiendo dónde puedes estar. Dónde quieres estar si no es aquí, conmigo. El Sol se esconde sin querer hacerlo. Se esconde porque no quiere verme solo, triste. Se ha ido ya. Apenas quedan unos rayos y no has venido.

Creo que mi error fue citarte diciendo ‘tenemos que hablar’. No sé qué pensaste, nada bueno supongo. Te iba a dar la llave de mi casa, la de mi corazón ya la tenías. Cambiaré de cerradura porque esa puerta ya no abre más para ti. Alguna vez que te insinué que vinieras a vivir conmigo esquivabas el tema, pero no creí que huyeras así de mí.

Te guardé un atardecer, un Sol escondido y lo despreciaste. No apareciste. No hubo una llamada con una disculpa. Nada, ni siquiera respondías a mis llamadas, solo colgabas.

Las estrellas lucen perplejas al verme llorar en medio de la calle. Ahora sé que no hay futuro juntos, pero hubiera preferido no enterarme así. Estaba preparado para un ‘todavía no’, un ‘quizá más adelante’, pero no para esto. Hasta un ‘no’ lo habría podido encajar, pero este vacío que me dejas sin tan siquiera hacer la pregunta me mata.

Cada puesta de Sol será amarga, pero cada vez un poco menos. Y así un día tras otro hasta que no recuerde tu ausencia. Un día sé que volveré y el Sol se pondrá para mí sin pena. Las estrellas danzarán felices porque alguien me habrá guardado un atardecer.

Lluvia

Lluvia

Y llegó la lluvia. Imperdonablemente tarde, sin educación, pero estoy contento.

Cumpliendo otra vuelta más al sol he visto mi deseo envuelto en una caja con un gran lazo. Qué ilusión. Me he emocionado al recibirla. Mis manos temblaban mientras despacio abría mi presente. Mil recuerdos han venido a mi mente, supongo que con la edad se atesoran más momentos. Toda la emoción junta me ha empañado la vista y he tenido que parar unos segundos para tomar aire y secar mis ojos.

Mis hijos se rieron de mí cuando las pedí por mi cumpleaños, pero siempre quise tener unas. A ellos se las comprábamos casi todos los años por su tendencia a meterse en todos los charcos. Yo las miraba con el desconsuelo de un niño ante un bote de chucherías, pero no las compraba porque yo no chapoteaba. Ahora que ya tengo de todo, incluida toda una vida a la espalda, lo único que añoro son unas botas de agua. Por fin en mis manos y con la agilidad que mi cuerpo me permite me las calzo. Quiero salir a la calle.

Torpemente me abrigo. Me calo la gorra y salgo. Me miran y ríen como hacía yo cuando sus caritas se iluminaban con la primera bicicleta, con aquella muñeca y sus complementos, el barco pirata… cuánta ilusión vivimos.

Por fin al aire libre y el cielo gris amenaza. No hay grandes charcos pero todo está mojado, alguno encontraré. Camino animado y ligero por mi paseo habitual. Sé que al pie de un viejo laurel de indias, allí donde sus raíces han deformado el suelo, el agua queda atrapada. Chapoteo y río, mi perro extrañado me imita, pero él no tiene botas de agua como yo. Se aparta de mí y se sacude mirándome aún sin entenderlo. Una carcajada explota de mi pecho por la emoción contenida.

Cansado voy a mi banco a sentarme… está empapado. La lluvia no respeta nada. Vuelvo a casa, hoy no me importa. Llevo mis botas de agua.

Querido decepcionado, el amor te espera

Querido decepcionado:

Siento que otro año estés solo por San Valentín. De nada sirvió tu ropa interior roja para dar la bienvenida al año nuevo. Por nada pusiste tu vida en peligro mientras comías las uvas con el pie derecho adelantado y calzando tus mejores zapatos. Y todo mientras tras pedir salud con la primera campanada, pedías amor con la segunda. Pero amor del bueno, del correspondido, del que mariposea en tu estómago cuando la vieras. Amor del de toda la vida, para envejecer a su lado mientras cada vez es más hermosa. Suspiras por ello.

Una vez fuiste dichoso y llegaste a rozar tu deseo, pero se deshizo la magia como humo. Lo ves y ya no lo ves. Apenado has pasado tu luto por el amor que pudo haber sido.

Ahora quieres amar, decir te quiero amor. Lo sé. Te escucho. Veo cómo buscas ese encuentro casual, ese tropiezo fortuito de anuncio que te descubra esos ojos de los que ya estás enamorado.

Puedo decirte que estás cerca de lograrlo, pero te ciega tu sueño y no la ves. Ella a ti tampoco. Ya no sé qué más flechas lanzar. Creo que te clavaré al suelo para que estés allí cuando ella pase y así tenga que verte. Será mi última flecha, espero que esta vez sea la buena.

Atentamente, Cupido.