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Faro

Faro

Él me dijo: seré tu faro. La luz que te guíe en el regreso. Aprende a reconocerme y nunca te perderás. Enclavado en lo alto de la colina, al pie de un acantilado, con la mejor vista del mar. Ya quisiera para mí semejantes vistas y no la pared olvidada del pintor a la que da mi casa. Antes al menos no había nada, un espacio vacío que con el tiempo llenaron aprovechando hasta el último rincón quitándome el aire que por derecho me corresponde. Un edificio de seis plantas ahoga mi casa.

Al menos ahora tengo un vecino que escucha jazz no muy alto, pero lo escucho y he descubierto cómo viajar por medio de su música. Nunca suena más tarde de las 10. Cualquier día le pido que me invite para escucharlo juntos, pero aún no tengo certeza de quién será y claro, no me atrevo a ir espiando por las puertas. No quiero ser el vecino loco.

Envidio al faro que así se alzaba y que además conoce a su vecino, el mar. Aire fresco todo el día en su cara. No le envidio la sal, pero dicen que no se puede tener todo. Yo tengo un barco, es pequeño pero no necesito más que el faro que me guía, del que mi abuelo me contaba historias. Recuerdo el día en que le cambiaron la luz y pasó a ser eléctrica. Al principio se quejó porque los cambios nos suelen desconcertar y no los queremos, pero con el tiempo se acostumbró. Se alegraba porque la luz llegaba más lejos o eso le parecía. Con los años veía menos, se movía con torpeza y ya no le dejaron salir solo. Alguna vez sé que es escapaba aunque fuera a la orilla de su mar porque no podía vivir sin sentirlo.

Ahora le llevo a pasear cuando el sol calienta la mañana. El faro, su faro ahí sigue, firme aunque con algún desconchón que no hace sino evidenciar el paso del tiempo y el abandono de aquella figura del farero.