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Algo se había roto

Algo se había roto

Se durmió la noche anterior con los ojos anegados de lágrimas. Habían discutido como tantas otras veces los dos últimos días, pero ahora habían llegado un poco más lejos en sus palabras. Algo se había roto. Algo irrecuperable. Al final el cansancio la venció y durmió hasta el amanecer. No sabía si él se acostó a su lado o no. Lentamente se giró y comprobó que dormía profundo acurrucado de la cama, en el filo mismo del colchón.

No lo pensó más y salió con cuidado de la habitación. Su estómago no admitía comida pero al menos necesitaba un café. No sabía qué pasaría a lo largo del día, ni siquiera qué quería vivir. Su corazón estaba dividido aunque veía venir su futuro inmediato y no estaba segura de tener fuerzas para pasarlo. Por un lado deseaba romper con todo quedando libre del desamor, y por otro, le pesaban los años juntos lastrándola a continuar con él, a no tirar por la borda tanto vivido…

Era sábado y tenían toda la ropa sucia de la semana amontonada junto a la lavadora, así que se decidió a lavarla. Él se levantó una hora después. La tensión se podía cortar al tiempo que se miraban furtivamente para comprobar si el otro diría una palabra amable o si continuaría la guerra.

Jugueteaba con su taza de café vacía sin saber cómo romper el hielo entre ellos y entonces ella preguntó si comería hoy en casa. Los sábados solía quedar con sus amigos para jugar al pádel y luego se quedaban entre cervezas, aceitunas y pinchos de tortilla. Ella aprovechaba para mimarse con masajes y la manicura después de su entrenamiento, acabando a veces con alguna amiga para la hora del almuerzo.

Solo un ‘no’ salió de sus labios mientras salía de la habitación. Ella, lavó y secó la ropa mientras decidía. Ordenar cajones siempre la ayudó a pensar. Dejó la cocina en perfecto orden y al final era más interesante un futuro incierto que un pasado roto. Hay cosas que no se pueden recuperar.

Él jugó peor que nunca y se marchó nada más terminar el partido. No sabía que pasaría al llegar a casa. Estuvo ante la puerta llave en mano unos minutos antes de entrar. La casa estaba en silencio. Faltaban sus plantas en la entrada. En su lugar una nota con unas flores marchitas: mañana me llevo el resto.

Te guardé un atardecer

Te guardé un atardecer

Te guardé un atardecer. Todo un Sol que se esconde poniendo fin al día.

Llegué pronto para asegurarme que todo estaba en su sitio; como si el Sol fuese a faltar a su cita. Estábamos él y yo frente al mar. Elegí un buen banco desde el que ver el espectáculo. Probablemente lo puso allí un romántico, un enamorado de las puestas de Sol como yo. Un montón de estrellas aguardaban para el segundo acto.

Se acercaba la hora y tú, impuntual como sueles, no llegabas. Miraba la hora, el móvil, al Sol, pero seguías sin venir. El tiempo no se detiene, La Tierra gira para que el día llegue a otro lugar.

Pero yo sigo solo.

No entiendo dónde puedes estar. Dónde quieres estar si no es aquí, conmigo. El Sol se esconde sin querer hacerlo. Se esconde porque no quiere verme solo, triste. Se ha ido ya. Apenas quedan unos rayos y no has venido.

Creo que mi error fue citarte diciendo ‘tenemos que hablar’. No sé qué pensaste, nada bueno supongo. Te iba a dar la llave de mi casa, la de mi corazón ya la tenías. Cambiaré de cerradura porque esa puerta ya no abre más para ti. Alguna vez que te insinué que vinieras a vivir conmigo esquivabas el tema, pero no creí que huyeras así de mí.

Te guardé un atardecer, un Sol escondido y lo despreciaste. No apareciste. No hubo una llamada con una disculpa. Nada, ni siquiera respondías a mis llamadas, solo colgabas.

Las estrellas lucen perplejas al verme llorar en medio de la calle. Ahora sé que no hay futuro juntos, pero hubiera preferido no enterarme así. Estaba preparado para un ‘todavía no’, un ‘quizá más adelante’, pero no para esto. Hasta un ‘no’ lo habría podido encajar, pero este vacío que me dejas sin tan siquiera hacer la pregunta me mata.

Cada puesta de Sol será amarga, pero cada vez un poco menos. Y así un día tras otro hasta que no recuerde tu ausencia. Un día sé que volveré y el Sol se pondrá para mí sin pena. Las estrellas danzarán felices porque alguien me habrá guardado un atardecer.

Querido decepcionado, el amor te espera

Querido decepcionado:

Siento que otro año estés solo por San Valentín. De nada sirvió tu ropa interior roja para dar la bienvenida al año nuevo. Por nada pusiste tu vida en peligro mientras comías las uvas con el pie derecho adelantado y calzando tus mejores zapatos. Y todo mientras tras pedir salud con la primera campanada, pedías amor con la segunda. Pero amor del bueno, del correspondido, del que mariposea en tu estómago cuando la vieras. Amor del de toda la vida, para envejecer a su lado mientras cada vez es más hermosa. Suspiras por ello.

Una vez fuiste dichoso y llegaste a rozar tu deseo, pero se deshizo la magia como humo. Lo ves y ya no lo ves. Apenado has pasado tu luto por el amor que pudo haber sido.

Ahora quieres amar, decir te quiero amor. Lo sé. Te escucho. Veo cómo buscas ese encuentro casual, ese tropiezo fortuito de anuncio que te descubra esos ojos de los que ya estás enamorado.

Puedo decirte que estás cerca de lograrlo, pero te ciega tu sueño y no la ves. Ella a ti tampoco. Ya no sé qué más flechas lanzar. Creo que te clavaré al suelo para que estés allí cuando ella pase y así tenga que verte. Será mi última flecha, espero que esta vez sea la buena.

Atentamente, Cupido.

su risa

Su risa

Recuerdo con tal nitidez su risa en nuestra primera cita que miro a los lados buscándola. Cuando nos sentamos y el camarero se acercó, le pregunté si quería vino. Dijo un tímido no que en realidad descubrió un sí, cuando trajeron solo una copa. Entonces dijo, solo una que se me suelta la risa. Menuda risa.

Si su sonrisa era preciosa, la risa que salía de aquella mujer podría alegrar el mundo entero. Solo con eso me enamoró. Inocente, limpia y sincera, la más alegre que en mi vida he escuchado y dudo que otra suene igual. Cómo no amarla. Por suerte para mí, tras unos años juntos, me respondió sí apostillando, ¡cuánto has tardado! Y rió.

De esa primera cita a hoy han pasado 30 años. La vida nos ha tratado bien. Hasta hoy. Anoche volvíamos de celebrarlo. Una cena con velas, una delicia de platos y una copa de vino como aquella vez. Su risa estaba desbordada por la emoción y recordaba cada instante aún con más detalle que yo. Paseamos abrigados y agarrados como dos jovenzuelos besuqueándonos en un portal. Maravilloso. Más feliz que la primera vez porque ahora sabía que mi amor era para ella y el suyo para mí, para siempre.

No sabía que siempre fuera tan breve. Volvíamos en el coche y por el retrovisor vi luces de varios vehículos que se acercaban deprisa, demasiado. El segundo no pudo esquivarnos cuando trató de adelantarnos y tras un golpe salimos disparados de la carretera sin que pudiera hacer nada.

Ahora me siento flotar, supongo que serán los calmantes porque a veces me duele todo el cuerpo mucho y al poco desaparece todo recuerdo del dolor. En medio de sonidos que no reconozco la oigo, pero no ríe. Llora ahogadamente. Al menos sé que está bien, aunque creo que no opinaría lo mismo. Una lágrima sale de mis ojos, yo lo que quiero es oírla reír y marcharme en paz. Entonces la oigo sonreír.

Todo se apaga y lo que soy se desvanece, me voy.