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Arde mi isla. Incendio en Gran Canaria.

Arde mi isla

Arde mi isla. Gran Canaria pasa la noche coronada en fuego. A mí se me encoge el alma. El fuego avanza aún imparable.

Dos mil hectáreas hablan en las noticias. Imágenes sobrecogedoras. Familias que abandonan temblorosas sus casas. Otros preparan las maletas y recogen lo necesario por si en la noche deben huir. No creo que duerman. Yo no podría.

Los optimistas dicen que lloverá, que el frío viene para amedrentar las llamas. Llamas de un fuego gigantes como molinos. Llamas que solo desde el aire pueden ser combatidas pero habrá que esperar al día. La noche será larga, será lenta.

El humo, visible ya desde la isla de enfrente e incluso algún satélite ya lo registró. Humo que ya por la tarde teñía de rojo al sol. No daba crédito al verlo.

Cae la noche y el naranja intenso del fuego se hace más visible, más grande, más temible. Llegan fotos de varios puntos, varios focos. Frentes agresivos. Más me encojo. Fotos de zonas quemadas y ya lloro. Arde mi isla. Algo bueno en esto y que me conmueve: gente que abre sus casas para que las familias desalojadas tengan un sitio o quien ofrece espacio en su finca para albergar a los animales hasta que esto pase. Gracias.

Arde mi isla. No por mía, sino yo de ella. Gran Canaria arde, otra vez.

Algo se había roto

Algo se había roto

Se durmió la noche anterior con los ojos anegados de lágrimas. Habían discutido como tantas otras veces los dos últimos días, pero ahora habían llegado un poco más lejos en sus palabras. Algo se había roto. Algo irrecuperable. Al final el cansancio la venció y durmió hasta el amanecer. No sabía si él se acostó a su lado o no. Lentamente se giró y comprobó que dormía profundo acurrucado de la cama, en el filo mismo del colchón.

No lo pensó más y salió con cuidado de la habitación. Su estómago no admitía comida pero al menos necesitaba un café. No sabía qué pasaría a lo largo del día, ni siquiera qué quería vivir. Su corazón estaba dividido aunque veía venir su futuro inmediato y no estaba segura de tener fuerzas para pasarlo. Por un lado deseaba romper con todo quedando libre del desamor, y por otro, le pesaban los años juntos lastrándola a continuar con él, a no tirar por la borda tanto vivido…

Era sábado y tenían toda la ropa sucia de la semana amontonada junto a la lavadora, así que se decidió a lavarla. Él se levantó una hora después. La tensión se podía cortar al tiempo que se miraban furtivamente para comprobar si el otro diría una palabra amable o si continuaría la guerra.

Jugueteaba con su taza de café vacía sin saber cómo romper el hielo entre ellos y entonces ella preguntó si comería hoy en casa. Los sábados solía quedar con sus amigos para jugar al pádel y luego se quedaban entre cervezas, aceitunas y pinchos de tortilla. Ella aprovechaba para mimarse con masajes y la manicura después de su entrenamiento, acabando a veces con alguna amiga para la hora del almuerzo.

Solo un ‘no’ salió de sus labios mientras salía de la habitación. Ella, lavó y secó la ropa mientras decidía. Ordenar cajones siempre la ayudó a pensar. Dejó la cocina en perfecto orden y al final era más interesante un futuro incierto que un pasado roto. Hay cosas que no se pueden recuperar.

Él jugó peor que nunca y se marchó nada más terminar el partido. No sabía que pasaría al llegar a casa. Estuvo ante la puerta llave en mano unos minutos antes de entrar. La casa estaba en silencio. Faltaban sus plantas en la entrada. En su lugar una nota con unas flores marchitas: mañana me llevo el resto.

La botella siempre medio llena

La botella siempre medio llena

Vivir con dolor, con una sombra que acecha a cada paso. Cuando abres los ojos y tomas conciencia de tu cuerpo temiendo la punzada que marcará el día, pero te levantas cogiendo aire fuerte e incorporas tu molido cuerpo. Agradeces la voluntad, la fuerza y la ilusión por todo lo que tienes, por ser feliz. La limitación no debe ser el freno sino la base para ver el mundo desde ella y saber lo que sí puedes hacer. La botella siempre medio llena. No es fácil, no, no lo es, pero es la mejor forma de respirar y que el aire que llena los pulmones no duela, o que cada latido no sea una prolongación de una condena.

Pasas el día con la consigna de hacer todo lo que te indiquen para que poco a poco mejores y ves comprensión y apoyo en sus ojos. No tiene precio sentirse arropado. Incluso cuando no puedes más y callas, haces por ellos, por no defraudar, por mostrar agradecimiento, por no dejarte vencer que en el fondo es lo fácil. El mundo es de los luchadores. Eres constante y tienes más fuerza de voluntad que otros muchos juntos; no hay otra forma, no necesitas reconocimiento, nadie gana más que tú. Solo tú recibes el premio: el alivio.

Cuando llega la noche nuevamente temes. Primero no poder dormir. Luego despertarte por dolor durante la noche o simplemente que los fantasmas perturben tu descanso. Giras en la cama como la lavadora al centrifugar, solo que tú no sacas nada en claro como ella. Lo mejor es levantarse. Piensas que no durará siempre y te convences. Buscas un pensamiento agradable, un lugar al que evadirte o un momento que te dé paz. Los tuyos vuelven a tu cabeza y por fin sonríes. Una vez más te han salvado sin saberlo.

Vivir con dolor sabe lo que es quien lo ha vivido. Aprendes a ver con otros ojos, a vivir de otra manera, a sentir el sol en la piel con más gratitud. Miras a los demás y te preguntas cuáles serán sus fantasmas. Sabes que con tiempo, los tuyos se disiparán. Otros no tienen esa suerte.